Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Y España era celtiberia

La unión de lo bárbaro con lo pintoresco y de machismo con la gazmoñería de abundantes expresiones populares durante el franquismo, recogidas por el autor en la revista 'Triunfo', forjaron la noción de lo celtibérico

Una de las secuelas del largo periodo del franquismo, no la más grave desde luego, fue que España se convirtió en Celtiberia. No es que todo el país y, como decía Unamuno, todo el paisaje y todo el paisanaje se hicieran celtibéricos. Pero sí se puede afirmar que, no sólo en los años cuarenta y cincuenta, sino también en los sesenta y setenta, se producían aquí abundantes y cómicas, si no trágicas, expresiones populares y no tan populares de lo que se llamó celtiberismo.

Tantas se producían que yo pude completar sin mucho esfuerzo una sección en el semanario Triunfo bajo el título de Celtiberia Show. El término provenía de Ortega, quien, en alguno de sus artículos, atribuye a esta noción de lo celtibérico un origen muy antiguo, quizá de la época en que el poeta Marcial, natural de Bilbilis, la actual Calatayud, en plena Celtiberia, hablaba en la Roma imperial de la rusticidad de su patria de origen. Era, por tanto, la palabra ideal para calificar una serie de manifestaciones que iban desde lo bárbaro a lo pintoresco.

Recuerdo muy bien que lo que me ayudó a delimitar el alcance de la sección que me había encargado el director, José Ángel Ezcurra, fue el hallazgo fortuito en un pueblo por el que pasé viajando por España, durante el verano de 1968, de un gran cartel que decía: "Prohibido atropellar niños bajo multa de 50 pesetas". Fue una revelación. Pensé que en un país donde un alcalde era capaz de dictar tal norma de seguridad vial podía ocurrir de todo. En mi trabajo para reunir perlas de este género fui descubriendo que en todos los aspectos de la vida bajo el régimen de Franco se podían encontrar muestras de celtiberismo. La política oficial, la religión, la industria, el comercio, las costumbres, la vida social, que entonces no se refería a toda la sociedad, sino sólo a una parte de ella, obsequiaban con generosidad al buscador de estas pequeñas joyas tan expresivas del tiempo que vivíamos.

Se puede decir que todas ellas tenían un cierto contenido político, más que por sí mismas porque los lectores de la revista, y he de decir que también el compilador de la sección, las interpretaban en clave política. No se podía ver de otra manera en aquel entonces, ahora pasaría tal vez inadvertida, una fotografía que publiqué de unos niños vestidos de primera comunión entre los cuales había uno que llevaba el uniforme de la Guardia Civil.

Eran tiempos difíciles o, mejor dicho, imposibles para el ejercicio de cualquier política que no fuese la del ordeno y mando. En varios bares había visto yo carteles que decían "Prohibido blasfemar y hablar de política", un resto ya casi rancio de los tiempos del nacionalcatolicismo. Más me impresionó leer en una esquela de aquellas de gruesos trazos negros y grandes cruces el título que seguía al nombre de la difunta: "Exfusilada por las hordas marxistas".

La oposición al franquismo no podía manifestarse o corría peligro si lo hacía. Se ocultaban incluso las discrepancias que se producían entre los mismos partidarios del régimen. Los procuradores de las Cortes apenas tenían otra forma de expresión que el aplauso. Se contaba que una delegación del Parlamento británico había visitado el palacio de la carrera de San Jerónimo y uno de sus miembros había preguntado: "Y aquí, ¿dónde se sitúa la oposición?". El preguntado respondió: "Está un poco dispersa por todo el salón de sesiones".

La burocracia de la época era aún del estilo del "vuelva usted mañana". De un diario de Alicante recorté una noticia, cuyo título trataba de ocultar el mal funcionamiento y la falta de recursos de la administración municipal. Decía así: "Asombrosa serenidad de los bomberos de Orihuela. Cuando reciben una llamada, acude uno en bicicleta para confirmar la noticia".

Se podía atribuir al aislamiento en que vivía el país en aquella época la persistencia de tantos tesoros con derecho a formar parte del museillo del celtiberismo. ¿Será creíble hoy que en un ayuntamiento asturiano se impusiera una multa a un señor "por carraspear al paso del señor alcalde"? No me lo inventé yo, ni creo que nadie fuera capaz de inventarse la razón que, para imponer la sanción, esgrimía el documento municipal que reproduje en Triunfo.

La religión, en sus manifestaciones externas de entonces, daba también suculentas muestras a la antología. Y nunca mejor dicho porque, en una ocasión, hice una lista de productos de comer y beber con nombres católicos y anoté entre otros los siguientes: "Barquitas El Beatito de Porres", "Dulces de Jesuitas", "Mantecados Juan XXIII", "Torta de la Virgen", "Vino de Jesucristo", "Polvorones Santo Cristo amarrado a la columna" y no sé cuántos más.

Hasta el dinero se había vuelto confesional. Como en el anuncio de un periódico, que decía: "Capitalista católico colaboraría con personas serias". Uno de los descubrimientos más sensacionales y polémicos que hice fue hallar, en un santuario dedicado a San Miguel, la más original de las reliquias: una pluma del Arcángel. Negaron los reverendos padres su existencia, pero a mí me da que la retiraron de la vista del público después de que se hablara de ella en la revista.

Son cosas que ahora hacen reír. No da risa, en cambio, recordar que en una fecha tan avanzada como en 1970, un obispo condenó públicamente en una carta dirigida al diario Arriba a don Benito Pérez Galdós como "uno de los personajes más nefastos de España en los últimos tiempos". No mucho antes, este mismo obispo, en una pastoral, había anatematizado a Unamuno llamándole "hereje máximo".

En un periódico de Málaga leí por la misma época la crónica de la inauguración de una fábrica de ascensores. Había un representante del obispado para bendecir las instalaciones. Y el consejero delegado de la empresa, en su discurso, se dirigió a él para decirle: "Le ruego transmita al señor obispo que ya que su misión es llevar a las almas al cielo, aquí está esta empresa de ascensores dispuesta a no dejar a ningún malagueño en tierra y a hacerle subir hasta el último piso del cielo".

El comercio estaba entonces impregnado de celtiberismo. Véase la muestra: "Granja Ramos. Huevos frescos. Del culo a la boca". En el escaparate de un bar un letrero decía: "Se habla idiomas por señas". Más pintoresco, por su extraña redacción, era el que había a la puerta de una discoteca: "No se admitirán devoluciones de entradas a quien no teniendo 18 años la saque". El optimismo español brillaba a gran altura en el anuncio de un persianista: "¿Todavía no se ha estropeado su persiana? ¡Ya se estropeará!".

Mucho juego daban en esa época los anuncios de demanda y oferta de trabajo. "Se necesitan dos botones, preferible de baja estatura", "Urge muchacha de servicio. Se le concederá un trato excepcional, salvadas las naturales distancias", "Se necesita asistenta que se llame Rufina y sea de Sigüenza". Uno muy dramático: "Niña simpática de seis años se ofrece para publicidad para pagar colegio". Y este otro: "Necesito chico para bar, preferible de pueblo". Tampoco estaba mal uno que leí en un diario castellano: "Vendo rebaño de cabras con cabrero o sin él".

Las costumbres estaban cambiando en los sesenta y setenta, pero todavía quedaban huellas de la tradicional gazmoñería. Por aquellos años hubo un motín de mujeres en una piscina de Zaragoza porque la dirección se negaba a admitir que las bañistas fueran en biquini. En otras instalaciones, no recuerdo dónde, se regulaba el baño de las mujeres y el de los hombres a horas diferentes. El Ayuntamiento de Sagunto publicaba un bando ofreciendo un servicio de revisión cardiológica y neumológica gratuito para todos los habitantes de la ciudad. Su redactor se sintió obligado a añadir: "No es necesario desnudarse".

El machismo no se recataba. Un diario publicaba el anuncio de una película de Marcelo Mastroianni titulada El asesino. El anunciante había añadido debajo del título: "Asesino, sí, pero no de personas; sólo se dedica a las mujeres".

Muchos lectores me escribían para contarme casos que les habían ocurrido o enviarme perlas de que tenían noticia. El celtiberismo llegaba a la Universidad. Recuerdo haber publicado un saluda que un catedrático se había mandado imprimir para contestar a los que le escribían cartas de recomendación. Decía: "Don... comunica a su distinguido amigo don... que su recomendado D... ha sido aprobado en la asignatura de...".

También recibí una fotografía que era un verdadero compendio de los absurdos celtibéricos. Aparecía en ella una fuente que había en tierras de Salamanca. Y en la piedra se leía: "Fuente de la Salud. Agua no potable". Todavía a mediados de los años setenta menudeaba el "surrealismo celtibérico". Con motivo de la colocación, y ya termino con éste, "se cuenta y no se acaba" de una placa conmemorativa en la casa del músico del siglo XVI Antonio de Cabezón. En el pueblo burgalés de Castrillo, el gobernador civil de la provincia terminó su discurso gritando: "Antonio de Cabezón, ¡presente!".

Artículo publicado en EL PAÍS, con motivo del 25º aniversario de la muerte de Franco.