Entrevista:

El mejor especialista del mundo

ALBERTO FERRERAS 5 MAR 2008 - 02:10 CET
Alain Petit es el único hombre que ha sobrevivido a 12.408 accidentes de tráfico. No le queda un hueso sano, pero es feliz. Volvería a hacerlo. Es el mejor.

Treinta años han tenido que pasar para conocer a aquel señor orondo con semblante siempre sonriente, al que yo veía siendo un niño después del telediario de la primera cadena dejando su Jaguar con matrícula M-1111-SO para el tinte un día sí y otro también, después de estrellarse a 145 kms/h contra una piedra de 16 toneladas. Y todo para que don Paco Costas nos diera unas lecciones magistrales de seguridad vial con La segunda oportunidad que aún hoy siguen teniendo plena vigencia. Ésa no fue la edad de piedra, sino la época de la piedra. Y allí me quedé.

No conseguía encontrar al gran Petit, al mito Petit, a Alain Petit. Llevaba años tras su pista, pero no había forma de dar con él. Unos decían que vivía en su Francia

Tiene el récord mundial de vuelo con un autobús: 35 metros de altura

natal; otros, que se había afincado en un país remoto; los más pesimistas, que había pasado tiempo atrás a otro estado de la materia. Pero le hallo en un espectáculo

de acrobacias automovilísticas en Oviedo. En la parte izquierda de su mono aparecían las palabras mágicas: Alain Petit. ¿Sería el mismo? Diez llamadas después, y varios teléfonos fallidos, un móvil definitivo. Pruebo, y alguien contesta con acento francés: "¿Aló? Sí, yo soy Alain Petit, el cascadeur".

Treinta años y un mes después llega la cita. Aparco el coche y, sin soltar el teléfono ("salgo del bar para que me veas", me dice con su inconfundible acento francés), doblo la esquina del cuartel de la Guardia Civil. Allí, en medio de la calle, el mismo hombre, aquel que veía en la tele salir gateando del Seat 124 boca abajo después de una toma fallida, sigue sonriendo bajo una gorra pasados los años: el gran Alain Petit existe.

Infancia difícil

Nació en Pas de Calais, una población situada al norte de Francia, y confiesa enseguida: "He pasado hambre". Recuerda su infancia. "Tenía que ser el primero de todo. Si era segundo, mi padre me daba palizas. Eso era en todo, en el colegio, en las competiciones. Si hacía una carrera de bicis y quedaba segundo, tenía que volver solo hasta casa, porque me dejaba en el sitio y se volvía sin mí".

Con 14 años decide escaparse de casa y se mete de polizón en el maletero de un coche del equipo Firestone que se dirigía de Marsella a Canadá. En Quebec vivirá clandestinamente durante dos años, hasta que le extraditan.

Tras su forzada vuelta, y con tal de estar fuera del ambiente familiar, ingresa voluntariamente con 16 años en los Bérets Verts (Boinas Verdes). Tras nueve de servicio, el oficial Petit abandona el mando de sus tropas para viajar a Angola, donde vivirá como mercenario durante cinco años. Ya con un cuarto de siglo de vida a sus espaldas, decide volver a Francia a no se sabe muy bien qué. Conserva una excelente forma física heredada de sus andanzas. Se acerca a los rodajes y comienza a

codearse con algunas personas de la profesión que le inician en el mundo de los especialistas de cine. Entre ellos conoce al que sería su gran maestro: Gilles Delamarre, el más célebre especialista francés de los sesenta, fallecido en 1966 durante un rodaje. Con Delamarre no sólo da sus primeros pasos como cascadeur, sino que también aprende algo muy importante: pasar el casco por el público después de cada acrobacia automovilística para sacar unas monedas que le permitan ir sobreviviendo.

Recuerda a la perfección la fecha de su primera visita a España: el 20 de diciembre de 1973. "Madrid estaba tomado; habían matado a Carrero Blanco". Con la experiencia suficiente adquirida en Francia comienza a ensayar sus primeros espectáculos en España.

"Compraba coches y practicaba con ellos en un polígono industrial. Se competía con los propios especialistas. Era peligroso, nos acercábamos mucho al límite", confiesa. Había que ser el mejor. Destruía coches de manera rauda, eficaz y permanente: ¡12.408!, un récord no batido hoy día.

¿Tendrá miedo Alain o ya lo ha agotado? Respuesta: "El miedo se tiene siempre. El que dice que no tiene miedo, miente. Hay que intentar dominarlo". Y añade: "He

tenido mucha suerte". No hace falta que me lo repita dos veces, hay cosas evidentes. Recuerda la escena en el puerto de Denia, en Alicante, allá por 1989. Estaba rodando la producción norteamericana Un espía en mi alcoba y los especialistas británicos se negaban a hacer la toma: hay que lanzar un autobús por el aire desde

el puerto hasta el mar, impactando contra un barco de pesca. Imposible. De locos. Llaman a Alain y acepta. Echa un vistazo al entorno, calcula metros y velocidades

a ojo de buen cubero, acelera el autobús y el resultado final de la toma: 110 metros de vuelo libre y 35 de altura máxima en el salto, caída al mar… ¡justo encima del

pesquero! Toma perfecta y un récord aún no superado por ningún especialista en el mundo. ¿Muchos huesos rotos? "Unos cuantos, tengo más platino que hueso, pero una fractura no es una enfermedad. Además, me cuido mucho".

¿Qué parte de su cuerpo no se ha fracturado nunca? "Lo más sagrado". Se parte de risa.

En los años setenta compagina sus espectáculos en España con las producciones cinematográficas a ambos lados del Atlántico. Estados Unidos y Latinoamérica son

sus lugares habituales para sus exhibiciones y vacaciones. "Antes vivía sólo para viajar. Cogía la recaudación, decidía dónde quería ir, compraba un billete de ida y vuelta, y cuando se acababa el dinero, por lo menos me quedaba el billete de vuelta".

Íñigo, Geller y Lola Flores

Para que nos hagamos una idea. En España realizaba hasta tres espectáculos semanales, por 500.000 pesetas de los años setenta cada uno. Precisamente en una de esas exhibiciones, en el campo de fútbol del Ávila, conoce a Paco Costas, por entonces director de la Seat de aquella población. Él le lleva a Directísimo -¿recuerdan a Uri Geller doblando cucharas a diestro y siniestro?-, programa que se estrenó en 1975 en TVE para la noche del sábado, presentado por José María Íñigo y realizado por Fernando Navarrete. Tras el programa, -en el que también están el mismo día Lola Flores- Navarrete, Costas, Tomás Zardoya y el propio Petit, comienzan a fraguar la idea de un programa para la televisión. Así nació mi añorada La segunda oportunidad. El resto es conocido.

El ordenador que todo lo cambia

Han sido 25 segundas oportunidades, 604 películas para cine (Marines para matar, Thunder II, Mad hunt, Deprisa, deprisa,El sueño del mono loco…), nuncios (Citroën, Seat, Renault) e innumerables escenas para televisión (las rodadas más recientemente han sido para la serie El comisario). "He tenido olfato rofesional, pero además he sido un enamorado de mi trabajo", afirma modestamente. Cuando se le pregunta si ha hecho escuela, responde de forma seria. "No, porque no se puede vivir de ello. Sería engañar a la gente. No se les puede ofrecer garantías de continuar en la profesión. Además, el ordenador ha cambiado mucho este mundo". Hoy, este especialista es un hombre recordado e idolatrado por muchos aficionados. ¿Se siente recordado? "Me siento bien conmigo mismo. Estoy orgulloso". ¿Y si tuviera una segunda oportunidad? "Haría lo mismo, pero con más experiencia". Sus huesos se lo agradecerían. Seguro.

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