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Tribuna:

20 'lágrimas' de agua de mar

Una veintena de gotas del océano contiene cerca de 100 millones de virus, un millón de bacterias, 1.000 protozoos y unas 200 algas diatomeas

Longyearbyen (Noruega)
Carlos Duarte es coordinador del experimento ATP-2010

Los mesocosmos experimentales, consistentes en muestras replicadas de 20 litros de agua del Océano Glaciar Ártico, con los que intentamos comprobar predicciones de cómo el calentamiento global puede afectar al ecosistema del Océano Polar Ártico, continúan su evolución a las temperaturas experimentales. El experimento incluye siete temperaturas, desde 1 a 9 grados centígrados, mantenidas cada una de ellas por termostatos capaces de mantener esta temperatura con un margen de precisión de 0.3 grados en tanques de 300 litros que contienen dos botellas de 20 litros cada uno. Cada mililitro de estos recipientes de 20 litros es un bien preciado con el que los once investigadores del CSIC participantes en esta actividad del proyecto ATP hemos de tomar el pulso a la respuesta de la temperatura del plancton Antártico.

Con estos 20 litros hemos de medir cambios en una veintena de propiedades relevantes del plancton (desde mortalidad de bacterias a producción de CO2), evaluadas a intervalos regulares durante los cerca de 10 días que dura cada experimento. Una de las primeras tareas es consensuar el uso de esta agua de forma que todos podamos medir con la mayor frecuencia posible y dejar aún suficiente agua para poder finalizar el experimento. No es una tarea fácil y requiere la negociación entre todos los investigadores participantes, cada uno convencido de la importancia crítica de las medidas que ella o él van a aportar. El volumen de agua oscila entre los dos litros de agua necesarios para evaluar la concentración de sílice en las valvas de las diatomeas hasta los escasos 10 mililitros necesarios para evaluar la abundancia y producción bacteriana o la abundancia de virus en el plancton. Hemos de ponernos de acuerdo para poder realizar todas nuestras medidas sin agotar esas preciosas muestras de agua del Océano Glaciar Ártico.

Pero, ¿Qué podemos aprender de unos mililitros de agua de mar?, ¿cómo puede la observación de unos pocos mililitros de agua de mar ofrecer alguna respuesta sobre la respuesta del océano a fenómenos de escala planetaria como el cambio climático?

Un mililitro de agua es equivalente a 20 gotas o, si así lo preferimos, 20 lágrimas, pues nuestras lágrimas tienen una composición de sales similar a la del agua de mar. De hecho, como recogió Federico García Lorca en su poema La Balada del Agua de Mar (1919), lloramos agua de mar:

"...

Esas lágrimas salobres

¿de dónde vienen, madre?

Lloro, señor, el agua

de los mares.

...."

Una veintena de lágrimas humanas pueden contener tanta carga de sentimientos, de emociones y de pensamientos, como información pueden contener 20 gotas de agua de mar, un mililitro.

Veinte lágrimas de agua de mar contienen cerca de 100 millones de virus, un millón de bacterias, 1000 protozoos y unas 200 algas diatomeas, embebidas en un medio que, a la escala de estos organismos microscópicos, es viscoso y contiene partículas, polímeros y geles. Cada una de nuestras garrafas de 20 litros contienen una población de bacterias cuatro veces superior al número total de seres humanos que pueblan la Tierra.

Sin embargo, son necesarios microscopios con lentes capaces de aumentar 400 o 1.000 veces las imágenes para poder observar estos organismos y darnos cuenta de lo pobladas que están las lágrimas del océano. Sin embargo, diminutos como son, estos organismos siguen encerrando en buena medida la clave del funcionamiento de la biosfera y su respuesta a las presiones que la actividad humana genera. Las diatomeas y otras algas fotosintéticas, que en el agua del Océano Glaciar Ártico oscilan entre una milésima y una décima de milímetro en tamaño, pueden, a través de su actividad fotosintética, producir materia orgánica y a la vez capturar CO2 de la atmósfera. De hecho, el crecimiento de estos organismos al inicio del verano es capaz de rebajar la presión parcial de CO2 en el agua del Océano Glaciar Ártico hasta cuatro veces por debajo del valor en equilibrio con la atmósfera, forzando un enorme flujo de CO2 de la atmósfera al Océano Glaciar Ártico -mayor que en el del resto de los océanos- que contribuye a aliviar la carga de CO2 que la actividad humana introduce en la atmósfera. Las bacterias, junto con los protozoos, realizan el papel contrario, descomponiendo, a través de su respiración, la materia orgánica, liberando CO2 y consumiendo oxígeno.

Los cambios relativos en la abundancia y actividad del plancton fotosintético frente a las bacterias y protozoos en respuesta al aumento de la temperatura en nuestros experimentos permitirán verificar si, tal como predicen los modelos, la liberación de CO2 por las bacterias y protozoos aumenta más rápidamente al aumentar la temperatura que su captación por la fotosíntesis del plancton. De los delicados equilibrios entre estos diminutos organismos depende en buena parte la capacidad de un Océano Glaciar Ártico menos gélido que el actual para seguir capturando CO2 de la atmósfera o, por el contrario, convertirse en una fuente de CO2 a la atmósfera. En las lágrimas del océanos reside, en gran medida, la capacidad de regular la composición del aire que nosotros respiramos.