Tribuna:

Palabras desiguales

ANTONIO SKÁRMETA 22 JUL 2010 - 17:39 CET

Son tantos los apremios que sufre la población del mundo, tan reiteradas las injusticias y abusos de quienes están más desvalidos y expuestos, que hablar desde un punto de vista literario de la herencia de la desigualdad puede resultar para algunos lectores de esta nota algo muy secundario, carente de urgencia y dramatismo.

Aun previendo esta observación no puedo dejar de abrir el tema en esta ocasión de concentrado y amplio interés sobre el tema de la desigualdad. Me refiero a las deficiencias en la expresividad y en el uso de la lengua que fatalmente en circuitos reiterativos educacionales van condenando a seres de inspiración, ansias creativas y talento. A ghettos de prejuicios.

"Hablar mal reduce las posibilidades de crecimiento"

La manera de expresar, de expresarse, define con abrupta inmediatez la posibilidad que tiene un ser humano de funcionar en tareas que supuestamente son de élite y aparta a aquellos con deficiencias expresivas de trabajos en esferas sofisticadas de decisión. A las personas incapaces de un manejo eficaz del lenguaje se los ubica en roles secundarios de la escala social.

El lenguaje en América Latina es un modo de ejercer el poder. Los humoristas han acertado a definir esta situación, que no por graciosa, es menos dramática. Los que hablan bien, aun cuando lo que digan sean ensaladas de lugares comunes o frases de desinspirada retórica, tienen una ventaja sobre aquellos que emplean la lengua casi como un castigo sumiso.

La petulancia patronal, los códigos de un hablar engolado, los pasaportes sociales tácitos de comunidades forjadas en colegios de elite se agrupan fluidamente en Latinoamérica para formar clanes de poder.

El pobre, aquel hombre o mujer, que va a colegios de escasos recursos, siente el lenguaje no como un instrumento que le permitirá lograr sus anhelos y mejorar su situación económica, sino como un barrera cuyos códigos de seducción no domina.

Es cierto que los mensajes escuetos que circulan en la red fomentan y propician el mal uso de la lengua: la formulación de sentimientos e ideas complejas aparecen trituradas en la emisión de fórmulas escuetas. Estas, casi inevitablemente, conducen al lugar común.

Los pobres, hablando en internet y sus variados géneros, se hacen la ilusión de que están accediendo a una sociedad democrática. La potencia del lenguaje se adelgaza en festivales de lugares comunes. Nos entretenemos hablando mientras las eficientes estructuras unidas en modos de decir distinguido ocupan los grandes espacios del poder económico y comunicacional.

Las personas de lenguaje escueto y formulaciones inexpresivas suelen se satirizadas y rehumilladas en los medios de comunicación. Puesto que se está educando a los sectores vulnerables y desposeídos para que cumplan funciones menores de fuerza de trabajo en la sociedad nadie, salvo profesores mártires, se abocan al tema de enseñar a hablar y de hacer que el lenguaje posea fuerza expresiva y poder de comunicación.

Es muy difícil salir del círculo fatídico de la inexpresividad una vez que te aturden en la escuela con el pragmatismo reductor que quiere de ti sólo un sirviente. Por ningún lado se ve una acción imaginativa, ni en los gobiernos más progresistas, por abordar este asunto. La desinspiración y el desinterés es casi total. Son muy pocos los milagros aislados de los que aquí y allá tengo noticias.

Hablar mal, comunicarse sin expresión ni convicción, con temor al lenguaje, cuyo poder siente que está en otros, en estratos inalcanzables, reduce las posibilidades de crecimiento de los individuos los hace víctima de la desigualdad. Hay que aportar ideas para rescatar a los niños más vulnerables de esta situación. Es tradicional que los artistas, los escritores, los actores, por su especial sensibilidad sientan gran afecto hacia la gente más desposeída. Ellos son los seres más dotados para la comunicación. Ejercen el lenguaje con belleza y credibilidad.

Es la hora de una alianza práctica entre los artistas y la gente. No basta con animarlos y entretenerlos desde las pantallas de cine, los libros y la televisión. Propongo que orgánicamente los artistas, los estudiantes de Bellas Artes, de Teatro, entren en los programas de educación primaria. Desde la más tierna edad tiene que haber un cátedra de expresividad que ayude de una vez por todas a romper la sagrada alianza entre el poder económico y la educación de élite.

Por cierto, dirán que dadas las urgencias, esto es superfluo. Yo pienso que no. Que la verdadera capacidad de comunicar no es un lujo sino una necesidad. Pero para llegar a esto los ministros de cultura no sólo deberían ser funcionarios sino activistas. La educación sin habla, el lenguaje mudo, le sirve a los grupos de poder que deshumanizan a sus pueblos limitándolos a la afasia.

Por una alianza entre la bella locuacidad de los artistas y los niños de América Latina: a decirlo todo. Viva la complicidad entre la marginalidad de los artistas y los pobres. Renovemos los planes de educación desde la escuela primaria. Que el lenguaje rompa al menos una de las mecánicas de la desigualdad.

Antonio Skármeta, escritor chileno

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