La 'otra' radiactividad

Nuestro cuerpo recibe a diario una radiación natural. Del cosmos, de algunos materiales y del subsuelo. De la tierra emana el gas radón, peligroso en grandes dosis

SOFÍA MENÉNDEZ 21 MAY 2011 - 13:12 CET

Los accidentes de Chernóbil y Fukushima son sinónimo de radiactividad y de peligro para la opinión pública, pero en la naturaleza existen también otras radiaciones, desconocidas y menos preocupantes pero que hay que tener en cuenta, como la cósmica, originada por las estrellas y otros cuerpos celestes, y las procedentes de la tierra. Estas vienen de los suelos donde construimos, así como de algunos de los materiales con los que están levantadas las casas. Hay que tener en cuenta que cuando se adquiere una vivienda, nadie garantiza al comprador que no se superen en ella los límites permitidos de contaminación radiactiva ocasionada por el radón, un gas natural que emana de la tierra y que es el segundo causante de cáncer de pulmón, después del tabaco, según la Agencia Ambiental de Estados Unidos (EPA). Por este motivo, los científicos piden que se apruebe una legislación que regule en España esta situación.

El radón es un indicador para saber si se va a producir un terremoto

También los alimentos contienen elementos de los que una parte ínfima es radiactiva, como, por ejemplo, el potasio de los plátanos. "Sin embargo, para que nos afectara habría que ingerir tal cantidad que antes morirías de indigestión", afirma sonriendo Luis Santiago Quindós, de la cátedra de Física Médica de la Universidad de Cantabria, uno de los principales expertos de este país en radiactividad natural.

Nuestro cuerpo se ha adaptado a recibir una cantidad mínima de radiación del entorno al año. Se denomina fondo natural y en España es de unos 2,8 milisie­verts (mSv) (el sievert es la unidad que mide la dosis equivalente, es decir, la cantidad de energía absorbida por los tejidos humanos relacionada con el daño biológico que produce). Para las emisiones artificiales sí existe una normativa muy estricta. "La población normal no puede recibir más de 1 mSv/año, mientras que el límite máximo para los trabajadores es de 20 mSv/año", explica Quindós. Además aclara: "Si acompañas a una persona enferma de cáncer a una sesión de radioterapia, ella podría recibir 40 mSv para curarse, pero tú, en la sala de espera, no podrás estar expuesta a más de 1 mSv. En el caso de las radiografías, si te haces una con un aparato en perfecto estado, recibes 0,1 mSv, así que con 10 será de 1 mSv, todo ello en beneficio del diagnóstico".

El accidente de la central nuclear de Chernóbil marcó un antes y un después, que se reflejó en una preocupación mayor de los Gobiernos. La Unión Europea exige desde entonces a sus miembros la elaboración de un mapa del fondo natural radiológico de su territorio (MARNA). En España es responsable de llevarlo a cabo el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) desde 1991. Para ello, según comenta José Luis Martín Matarranz, coordinador de los proyectos de radiactividad natural, se han utilizado datos y estudios de prospecciones de uranio ya existentes. Además, se han realizado más de dos millones de medidas gamma terrestre por todo el territorio peninsular en colaboración con las universidades.

Martín indica que las zonas geológicas con uranio y torio, ubicadas en lugares graníticos, son las que dan niveles más altos de radiactividad. En cambio, los entornos de origen marino son los que presentan menos (áreas costeras de Valencia, Murcia, Andalucía y una parte de Cataluña). "Aunque los trabajos están casi acabados, faltan todavía por publicarse los mapas de Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla. También se ha realizado un mapa específico sobre Galicia en colaboración con la Xunta, debido a su geología y a unos niveles de radiación más altos que la media nacional", puntualiza.

Como dice Quindós, el hecho de vivir en una zona uranífera, donde el fondo natural puede alcanzar dosis de hasta 15 mSv/año -comparables con los límites establecidos para los profesionales expuestos-, no garantiza ser inmune a la radiactividad. Así, según los estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el radón, presente en estas zonas graníticas, incrementa el riesgo por su incidencia en la aparición del cáncer de pulmón.

El radón es un gas noble, pero contiene radioisótopos procedentes de la cadena de desintegración del uranio (238U): 222Rn86, y del torio (228Th): 230Rn86, que podemos considerar sus "cabezas de familia", si bien el que nos interesa es el procedente del uranio. Este gas es capaz de viajar entre los poros del terreno hasta alcanzar la superficie, donde se puede diluir entre los gases de la atmósfera o colarse por el subsuelo a distintos lugares de nuestras casas. La Agencia Ambiental de Estados Unidos (EPA) lo considera la segunda causa del cáncer de pulmón, después del tabaco, y la International Agency for Research on Cancer lo clasifica como elemento cancerígeno.

Por este motivo, la Comisión Europea, siguiendo los dictámenes de la OMS, recomienda que en las casas ya construidas la concentración media anual de radón no supere los 400 becquerelios (bq) (el becquerel es la unidad que indica la actividad del radón) por metro cúbico, mientras que para las de nueva construcción este nivel no ha de sobrepasar los 200 bq/m3. España sigue sin contar con legislación sobre los límites de la contaminación por radón, una situación de desidia que denuncian todos los expertos consultados. Quindós afirma que se dan casos de casas recién compradas en las que hay concentraciones muy superiores a la normativa europea.

Borja Frutos, arquitecto del Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (perteneciente al CSIC), explica: "el CSN instó a nuestro instituto a redactar un documento que sirviera de base para incluir un capítulo de protección frente al gas radón en el código técnico de la edificación (CTE)". El instituto elaboró un documento que se presentó al Ministerio de Fomento en 2003. "El área de vivienda y arquitectura del citado Ministerio nos remitió una carta en la que reconoce el trabajo realizado, aunque no se dice nada de cuándo el radón se tendrá en cuenta en el CTE".

Con el fin de profundizar en el conocimiento de sistemas constructivos que puedan frenar la entrada de radón en los edificios y seguir aportando datos al Ministerio, el instituto Eduardo Torroja llevó a cabo en 2007 un proyecto de investigación, en colaboración con la Universidad de Cantabria y subvencionado por el CSN, en el que se prueban distintas medidas de actuación en un prototipo de vivienda. El informe se presentó al CSN y al equipo redactor del CTE, según Frutos. Desde esa fecha, no se ha modificado nada. Un portavoz de la Secretaría de Estado de Vivienda asegura que "el Ministerio está decidido a regular en el código técnico de edificación este gas nocivo". Entre tanto, por mandato de la UE, el CSN coordina los trabajos para contar con un mapa de España con medidas reales de radón en el interior de viviendas, afirma Matarranz, que también ve indispensable que el CTE tenga en cuenta al radón.

Pero no todo es negativo, este gas también sirve como indicador para conocer si se va a producir un terremoto o una erupción volcánica. Todas las rocas del planeta contienen una determinada cantidad de uranio y, por tanto, emiten cierta cantidad de radón. Al igual que un globo se mueve en el aire a merced del viento, los átomos de radón pueden moverse por el subsuelo arrastrados por movimientos de agua o gas, como los que se producen antes y durante las reactivaciones volcánicas o los terremotos, afirma Antonio Eff-Darwich, profesor de física de la Universidad de La Laguna (Tenerife). Él, junto a otros investigadores de la Estación Vulcanológica de Canarias (CSIC) y el Instituto Tecnológico y de Energías Renovables del Cabildo de Tenerife, ha llevado a cabo una investigación donde el radón sirve para conocer la actividad geológica.

De ella se desprende que una medición elevada de radón puede alertar y proporcionar un plazo de días o semanas que puede ser clave para amortiguar una catástrofe y permitir apagar una central nuclear o evacuar a una población. Esta aparición anormal de radón en el subsuelo indica que ahí abajo se están produciendo movimientos y deformaciones del terreno. Dentro de esta investigación, Ronaldo Viñas, científico de la Universidad de La Laguna, trata de encontrar la mejor forma de medir concentraciones de gas radón en el subsuelo de Tenerife ante una posible erupción del Teide, que es un volcán dormido.

A Tindaya, con traje protector

En Canarias, varios grupos estudian la radiactividad natural. Jesús García Rubiano, director del departamento de física de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ha coordinado el mapa de radiactividad ambiental de las islas Canarias orientales. Destaca las altos niveles detectados en dos puntos de Fuerteventura: Betancuria y la montaña de Tindaya, en La Oliva. La causa: las rocas plutónicas, que contienen trazas de diversos elementos radiactivos. Una situación que puede complicar la intención del Gobierno de Canarias de construir en la montaña de Tindaya una obra del escultor Eduardo Chillida, que consistiría en excavar un espacio cúbico de 50 metros de lado. El presupuesto es de 76 millones de euros. Al proyecto también se oponen ecologistas y una gran parte de la comunidad científica canaria.

Antonio Eff-Darwich, profesor de física de la Universidad de La Laguna, advierte que, en caso de hacerse la obra, la contaminación radiactiva podría ser similar a la de algunas galerías de agua subterráneas de Tenerife, que superan con mucho los límites permitidos. Como anécdota, este científico comenta que en un congreso internacional donde mostraron los datos de las mediciones, un colega francés les preguntó si entraban a las cuevas con trajes especiales.

Otra de las preocupaciones de Luis Santiago Quindós, de la cátedra de física médica de la Universidad de Cantabria, es el control de la dosis de radiación que reciben los trabajadores turísticos de las cuevas subterráneas. Por lo que han elaborado protocolos para controlar la radiactividad de radón en cuevas y balnearios, "aunque en este sí existe una normativa que regula las radiaciones naturales que reciben los trabajadores".

Aviones y rayos cósmicos

La atmósfera actúa como un escudo que mitiga las radiaciones del sol; por tanto, cuanto más alto se sube, menos protección. Lo saben bien las tripulaciones de los aviones, que se ven expuestas a dosis superiores a las permitidas para la población normal (1 mSv/año). En mil horas de vuelo anuales pueden recibir 5 mSv, según las rutas, la latitud por las que pasen y la altura del vuelo.

Julio Martínez Escudero, responsable de salud laboral del sector aéreo de Comisiones Obreras (CC OO), considera que pilotos y auxiliares de vuelo deben contar con un dosímetro permanente en los aviones para controlar las radiaciones ionizantes. Martínez afirma que solo Iberia se ha tomado en serio estas cuestiones y ha llevado a cabo un estudio con el Ciemat y la Fundación Biomédica del hospital Gregorio Marañón. En el estudio se han medido los niveles que presentaban los trabajadores de tierra y los de las tripulaciones aéreas para hacer un seguimiento que se pudiera comparar.

El representante de CC OO denuncia la opacidad de otras empresas aéreas, que carecen de programas de protección radiológica e incumplen las ocho recomendaciones basadas en el código EPCARD (European Program Package for the Calculation Aviation Route Doses) que el Consejo de Seguridad Nuclear elaboró en 2004.

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