El cielo que perdimos

La luz artificial de las ciudades oculta el espectáculo nocturno del firmamento. Pero esta contaminación lumínica puede paliarse iluminando solo lo necesario

SERGIO C. FANJUL 21 MAY 2011 - 14:00 CET

S i usted vive en una ciudad y de noche levanta el rostro hacia el cielo, en vez de admirar los miles de estrellas que nos acompañan si­lenciosas desde que el hombre es hombre, alimentando nuestra imaginación, lo que verá será un cielo turbio en el que apenas resplandecen la luna, algún planeta y un puñado de las estrellas más brillantes.

Esta contaminación del cielo, tal vez menos conocida que la polución o la contaminación acústica, es la contaminación lumínica. Y además de robarnos el espectáculo del firmamento, puede afectar a nuestra salud y a los ecosistemas. Para colmo, supone un gran derroche de energía (es decir, dinero) enviada hacia el cielo sin ninguna finalidad.

Evitarla no es muy complicado. Basta con seguir ciertas directrices sencillas: "Sobre todo, no iluminar hacia el cielo", explica el físico Carlos Herranz, presidente de la Asociación Cielo Oscuro, dedicada a la lucha contra este fenómeno. "También hay que iluminar el suelo de forma adecuada, nunca en exceso, y apagar las luces innecesarias a partir de cierta hora de la noche. No tiene sentido tener encendidos los anuncios luminosos toda la noche ni las farolas de los aparcamientos de los centros comerciales. Hay ermitas perdidas en la cima de montes iluminadas a altas horas de la madrugada en pleno invierno".

Se debe alumbrar con luces amarillas o anaranjadas, no blancas

También se debe evitar la luz blanca e iluminar con luces anaranjadas o amarillas (las lámparas de sodio de alta y baja presión). Actualmente, en pos del ahorro energético, está en boga la instalación de lámparas led (diodos emisores de luz) cuya luz blanca es altamente contaminante en este sentido.

La iluminación es competencia de las comunidades autónomas, y solo seis han legislado en esta dirección: Cataluña, Cantabria, Navarra, Islas Baleares, Andalucía y Castilla y León. Además existe legislación estatal: un real decreto sobre eficiencia energética en el alumbrado de 2008. "El problema es que estas normativas siguen un modelo de 2001. Desde entonces ha habido muchos estudios sobre cómo se difunde la luz en la atmósfera. Antes se pensaba que a cinco kilómetros de la ciudad ya te habías quedado sin luz, y se ha visto que algo queda hasta 200 kilómetros", comenta Herranz.

Un ejemplo de buenas prácticas es Puente la Reina (3.000 habitantes), en Navarra, que ha sido asesorado por Cielo Oscuro para renovar completamente el alumbrado. "Hemos obtenido mejores niveles de iluminación ahorrando un 50%. Utilizamos bombillas menos potentes, pero mejor dirigidas, y alumbramos solo donde hace falta. A media noche reducimos la potencia a la mitad. Al final resulta que es más barato iluminar bien que mal", explica Fernando Jáuregui, astrónomo del Planetario de Pamplona y miembro de Cielo Oscuro. Para premiar la buena calidad del firmamento, la Unesco y el Instituto Astrofísico de Canarias, entre otras instituciones, han creado el certificado Starlight, que se otorga a zonas que mantengan su cielo libre de contaminación lumínica. Una suerte de "reservas de estrellas", similares a las playas con bandera azul. Cipriano Marín, delegado de Starlight en España, indica que La Palma hace tiempo que tiene certificado Starlight y "están prácticamente aprobados los de Monfragüe, Doñana, la costa norte de Fuerteventura y la reserva de la biosfera de La Rioja".

"Si se hicieran bien las cosas, te subirías a una azotea en medio de una gran ciudad y se verían todas las estrellas y hasta la Vía Láctea, mientras que abajo las calles estarían bien iluminadas", concluye el físico Carlos Herranz.

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