Pienso, y luego me comen

Los estantes de los supermercados rebosan de carne, verduras y frutas de aspecto similar por dentro y por fuera. Son el resultado de una alimentación y cultivo industrializados

ESTHER SÁNCHEZ 19 SEP 2011 - 09:36 CET

Pienso. La mayor parte de la carne que nos comemos procede de animales que se alimentan con pienso elaborado a base de cereales (60%-70%) y soja transgénica (20%-25%), grasas animales y vegetales (3%-5%) y otros productos como sales, vitaminas, aditivos para mejorar el sabor, espesantes, entre otros (3%-17%)", contesta Jorge de Saja, director de la Confederación Española de Fabricantes de Alimentos Compuestos para Animales (Cesfac), a la pregunta de qué come lo que comemos. El pescado de piscifactoría sigue la misma dieta.

Las 700 fábricas que existen en España producen alrededor de 20 millones de toneladas de pienso que engulle la cabaña ganadera española, compuesta por 300 millones de animales -la quinta en producción de la Unión Europea-. Con sus variaciones. "Cada especie tiene unas necesidades nutricionales distintas y requiere una composición específica. No es lo mismo alimentar a un pollo o a un cerdo, en los que se usan cereales y soja, que a un rumiante, en el que entran además alimentos fibrosos como henos o pastos", aclara Joaquim Brufau, coordinador del programa de nutrición animal del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias de Cataluña (IRTA).

Los ecologistas piden que se etiquete la carne que se consume como transgénica

Los productores dicen que ese modelo permite atender la demanda actual

La crisis de las vacas locas marcó un punto y aparte en la alimentación animal. "Ahora estamos completamente vigilados", asegura Adolfo Alcalde, técnico de ganadería de Asaja, patronal agraria. Aunque de tanto en tanto se declara una alerta alimentaria. "En Alemania y Holanda han tenido un problema reciente por dioxinas en grasas destinadas a alimentación de cerdos, que se detectó por el buen funcionamiento del sistema de controles de la calidad y seguridad europeos", informan desde la Cesfac. Otras sustancias como los antibióticos solo están permitidas en el caso de que se produzca alguna enfermedad, y el animal tiene que cumplir unos plazos antes de ser sacrificado.

La uniformidad también se ha instalado en la agricultura. Tomates, manzanas, lechugas, melones..., de aspecto inmaculado, se amontonan en los puestos de los supermercados sin rastro de esos bichitos tan molestos de antaño. La industria agroquímica se encarga de ello de forma muy eficaz.

Son los efectos de la industrialización del sector, aunque hay productores que se salen de la rueda y abogan por un cultivo más cercano al consumidor y más ecológico. Pero no es habitual encontrar sus productos en los estantes y, en caso de localizarlos, el precio suele ser más elevado.

Los defensores del sistema actual mantienen que es el consumidor el que marca la pauta. "Le damos lo que demanda", puntualiza José Ramón Díaz, responsable de agricultura de Asaja. "La gente no quiere fruta con manchas ni motitas negras, aunque sea natural, como pasa con los plátanos o las manzanas golden. Al mismo tiempo, se piden todo el año variedades que son estacionales, lo que obliga a introducir las piezas en cámaras o a importarlas de otros lugares", aclara.

Pero hay un precio. Hortalizas, frutas y cereales van aderezados con restos de plaguicidas (herbicidas, que atacan a las malas hierbas; insecticidas, que fulminan a las plagas, y fungicidas, para acabar con los hongos). "Quedan restos de estas sustancias tanto en lo que nos comemos como en el suelo", explica Antonio Abad, científico del Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

El último informe de la Agencia de Seguridad Alimentaria Europea (EFSA) de 2008 presenta los resultados de los análisis realizados a 70.000 muestras de 200 tipos diferentes de alimentos para vigilar los residuos de pesticidas. Se hallaron vestigios de plaguicidas en el 35,7% de 11.610 muestras de nueve tipos de frutas y verduras de gran consumo. De estos, entre el 2% y el 3% excedían los límites máximos permitidos; en el resto no se detectaron residuos. El mayor número de sustancias apareció en espinacas, naranjas, arroz, pepinos, mandarinas, zanahorias, peras, judías sin vaina y patatas. La gran variedad de pesticidas que se utilizan complica los análisis. Los países de la UE emplearon un total de 862 sustancias diferentes y en total se localizaron restos de 365 pesticidas; en los cereales la cantidad bajó a los 76.

¿Poco o mucho? "Depende cómo se mire. Para mí, el mayor problema es que del 45% de muestras, alrededor del 25% contiene dos o más residuos. Cada plaguicida no supera los límites de forma individual, pero si se suma todo, el resultado es que te estás tragando un cóctel, y hay un vacío legal que no contempla el conjunto. Por ejemplo, en fresas y uvas la mezcla es explosiva", opina Abad.

El pesticida que más se detecta son los fungicidas. "Es lógico, porque son sustancias que se echan al final de la cosecha o después para evitar los hongos y que la fruta no se pudra inmediatamente. No les da tiempo a degradarse. Los insecticidas se van, porque se usan antes", comenta Abad. No existen estudios que constaten cuáles son los efectos del consumo de estos restos a largo plazo. Abad aclara que "los informes de toxicidad son a corto y de forma individual para cada producto". Opina que son productos necesarios, pero el número de análisis es mejorable, porque no tiene sentido buscar cientos de compuestos, sino los que se usan más. También se deberían involucrar los grandes productores de frutas y hortalizas, porque ellos saben lo que han utilizado.

Los defensores del sistema actual de producción agraria y ganadera sostienen que los precios serían inasumibles para la mayor parte de la población en el caso de optar por métodos más tradicionales. Además del encarecimiento de la materia prima, el responsable de ganadería de Asaja apunta a problemas de espacio y de tiempo. "A un animal no se le puede alimentar solo con hierba, no tiene los nutrientes necesarios, además de que el crecimiento sería lentísimo y no habría espacio suficiente para la cabaña actual", añade.

La falta de pasto es otro de los motivos que empujan al consumo de pienso. Sería imposible, dicen, alimentar a 255 millones de aves de corral, 27,8 millones de cerdos, 18,5 de ovejas, 6 de vacas y 2,9 de cabras. Nada más lejos de la realidad para la ONG Amigos de la Tierra, que considera que en Europa se ha desarrollado un modelo en el que los animales están totalmente desvinculados de la tierra. "No salen a pastar jamás y la ley permite que se les alimente con transgénicos, porque tenemos 70.000 hectáreas de maíz modificado genéticamente que está destinado fundamentalmente a su alimentación. Y no existe una limitación, puedes utilizar tanto pienso transgénico como quieras", sostiene Blanca González, de la ONG Amigos de la Tierra.

"La soja, que es la fuente de proteínas, es 100% transgénica y se importa porque aquí no se produce. Otra fuente de transgénicos es el maíz. Pero somos la única industria a la que se le exige que aparezca en su etiquetado que lleva organismos modificados genéticamente (OMG)", indica el presidente de la confederación de piensos. González replica que la carne no está etiquetada como transgénica y el consumidor tiene derecho a saberlo. "Porque nos alimentamos de lo que se les da a los animales, y ahora puedes saber dónde ha nacido una vaca por el sistema de trazabilidad que existe, pero no lo que ha comido". Asaja está a favor de los OMG, porque consideran que están autorizados y, por tanto, se deben utilizar. ¿Qué ocurre si comemos carne de animales alimentados con transgénicos? "Tenemos dudas con respecto a si son nocivos para la salud, su cultivo está acabando con la selva amazónica y contaminan explotaciones cercanas que se esfuerzan en producir de forma más ecológica", aclara González.

No solo los ecologistas ponen en cuarentena la forma actual de explotación. La COAG, Coordinadora de Agricultores y Ganaderos, considera que es necesario analizar el modelo productivo intensivo a gran escala, ya que "destruye la agricultura social a escala humana y no ha demostrado que sea más seguro para prevenir riesgos sanitarios, pese a la multitud de normas que hay que cumplir". En cuanto a los transgénicos, piden a Europa que impida la llegada de OMG o productos contaminados por ellos. "Debe imperar el principio de precaución".

Andrés Góngora, que produce tomates en invernadero en Almería y es responsable de frutas y hortalizas de la COAG, mientras pasea entre las tomateras explica cómo han cambiado las cosas. "Estamos gastando en productos agroquímicos la mitad que hace unos años. No porque cuesten menos, sino porque las fórmulas han mejorado". Ahora se aprovechan todos los desechos, ramas y hojas que se desprenden de las plantas incluidas, para elaborar compost y han introducido predadores para controlar determinadas plagas.

"Tenemos un control exhaustivo por parte de Europa, se toman muestras de la tierra y del producto que estemos cultivando", describe. En ocasiones, la vigilancia le parece excesiva. Se pregunta si se mide por el mismo rasero a los tomates de Marruecos o a las judías verdes de Kenia. "Por ejemplo, un producto que aquí se erradicó hará 30 años, como el bromuro de metilo para desinfectar el suelo, se sigue usando en África y Sudamérica. Es muy dañino para el medio ambiente, pero no se detecta en el producto final".

Desde Amigos de la Tierra aseguran que es un mito que con los métodos tradicionales no se produzca lo mismo. "Los ganaderos cultivan su propio maíz y compran alfalfa para los animales. Sin transgénicos. Creemos que es posible otro tipo de agricultura y ganadería, más cercanas y más fáciles de controlar en el caso de que se produzca alguna enfermedad".

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