La tragedia de resultar divertidos

Peligra la subsistencia de tortugas y tarseros en Filipinas por el tráfico ilegal que promueve el turismo y el maltrato al que someten los visitantes a estos animales

A primera vista resulta un plan bastante atractivo: "Pueden visitar varios islotes, darse un baño en aguas cristalinas, descansar al sol en una playa desierta y visitar un centro de acogida y rehabilitación de tortugas", detalla el guía. El último punto entusiasma a los más pequeños del grupo turístico que ha viajado a la pequeña isla de Guimaras para disfrutar de los encantos naturales de las Visayas filipinas, un archipiélago que vertebra la ex colonia española y guarda tesoros de un ecosistema privilegiado. "¿Podremos tocarlas?", pregunta en­tusiasmada una británica de 10 años a su madre. "¡Claro que sí! Para eso están ahí los animales", le contesta el guía.

Sin embargo, después de un día descubriendo el mágico mundo de colores que se esconde bajo la superficie marina, algunos turistas son incapaces de disimular su sorpresa cuando en un recoveco hace su aparición una pequeña construcción flotante de madera en la que, asegura el guía, se encuentra el centro de tortugas marinas. El lugar no parece nada oficial. Los jóvenes filipinos que están al cargo reciben a los visitantes con una sonrisa y apuntan a tres jaulas semisumergidas en las que se hacinan varios ejemplares de esta especie clasificada en el apéndice primero de la Convención Internacional sobre el Comercio de Especies en Peligro de Extinción (CITES).

La reticencia inicial de quienes tuercen el morro al ver las condiciones en las que están las tortugas se disipa en cuanto los cuidadores les ofrecen sujetar uno de los animales por unos pocos pesos. Evidentemente atemorizadas, las tortugas se esconden en sus caparazones, pero uno de los responsables del lugar no duda en estirarles de la cabeza para que salga bien en la foto. A uno de los niños se le cae al suelo uno de los animales porque "pesa mucho", pero el guía le consuela: "No importa, fíjate lo dura que es".

Los responsables del garito no tienen inconveniente en reconocer a este periodista que lo suyo no es un centro de acogida de tortugas, sino uno de los muchos negocios que se lucran con este animal. "Los turistas quieren verlas y tocarlas, así que mantenemos unas cuantas aquí para ganar algo de dinero. Pero el verdadero negocio está en vendérselas a los chinos para que hagan sopa. Los huevos también son muy apreciados y se cotizan mucho", cuenta Peter Santaromana. El suyo es un comercio ilegal, "pero aquí a nadie le importa porque todos se benefician". Según la ONG WWF, cada año se matan en el sureste asiático 50.000 tortugas marinas, de las que tres especies están en peligro crítico.

A poco más de cien kilómetros al sureste de Guimaras, saltando las islas de Negros y Cebú, otro animal en peligro de extinción hace las delicias de los turistas que llegan a Bohol. Es el tarsero, el primate más pequeño del mundo. Una especie que, en gran medida, debe su tragedia al hecho de resultar divertido. Su diminuto cuerpo no mide más de 15 centímetros, a los que hay que sumar otros 20 o 25 de la cola. Así, no es de extrañar que sus ojos, de unos 16 milímetros de diámetro, resulten desproporcionadamente grandes y le otorguen una mirada única, de eterna sorpresa o de profunda tristeza, según se mire, que se ve exacerbada por su capacidad para girar la cabeza 270 grados.

No obstante, los tarseros podrían desaparecer en los próximos 20 años. La deforestación lo ha llevado al borde de la extinción, y la puntilla podría dársela su éxito entre los seres humanos. "Muchos los quieren como mascotas, pero no entienden que es un animal nocturno y solitario que necesita un espacio muy amplio para sentirse a gusto, y que si las condiciones del hábitat no son las idóneas, el estrés puede llevarlo al suicidio. Sí, como suena: se golpea la cabeza hasta morir". Carlito Pizarras es el responsable del programa de recuperación de la Fundación Filipina del Tarsero, un verdadero centro de acogida que lucha por su protección legal. Menos suerte tienen con los chiringuitos de oportunistas que buscan llamar la atención de turistas que llegan a esta pequeña isla para el encuentro con una criatura "tan mona".

Porque vaya si lo consiguen. Turoperadores sin escrúpulos paran en los márgenes de la carretera para que los viajeros puedan acariciar a los tarseros. "Esos animales suelen morir al cabo de una o dos semanas de ser capturados", asegura Pizarras, que muestra su decepción ante el flagrante incumplimiento de las ordenanzas dictadas para protegerlos. "Basta una suma ridícula para comprar a las autoridades y conseguir las licencias", denuncia el responsable de mantener en buen estado las 8,4 hectáreas en las que la fundación cuida a un centenar de tarseros.

De hecho, en el mercado de la localidad de Loboc es posible adquirir un ejemplar a partir de 500 pesos (unos 10 euros). Enjaulados en condiciones lamentables, estos diminutos primates se venden sin ningún tipo de impedimento y tienen muy buena aceptación también entre la población local, que, como apunta Pizarras, "no cuenta con la información suficiente al respecto". Los niños se encaprichan y, "como sucede con las tortugas", pronto se cansan de ellos. "Afortunadamente, aquí no se comen como en Indonesia, y los chinos no les han encontrado propiedades medicinales", ironiza.

Curiosamente, la creciente urbanización de la isla ha causado un nuevo drama para el tarsero. "Muchos tienen gatos como mascotas. Como los tarseros duermen durante el día, son víctimas fáciles para estos depredadores", a los que tienen orden de matar siempre que crucen el perímetro de seguridad de la organización. "Es una medida drástica, pero no hemos encontrado otra para salvar a esta especie", se lamenta el ecologista filipino. Pizarras ha dedicado 12 años de su vida a proteger a unos animales que "desafortunadamente, podría ver desaparecer en lo que me queda de vida", afirma.

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