CIENCIA

Vida al límite bajo el fondo del Pacífico

Descubierto el rastro de microbios en arcillas de hace 86 millones de años

Que los organismos vivos necesitan energía es obvio. Pero ¿cuál es la cantidad mínima requerida para subsistir? Los científicos no lo pueden precisar y acaban de llevarse una sorpresa al encontrar el rastro de microbios viviendo a unas pocas decenas de metros bajo el fondo oceánico con un consumo tan bajo de energía, tan al límite, que casi ni es vida. El truco de estos microorganismos es vivir despacio, muy despacio, con un metabolismo bajísimo, como profundamente aletargados. El hallazgo, presentado en la revista Science, no es una mera curiosidad, sino un paso adelante en la comprensión de los límites de la vida. Además, animará a los especialistas que trabajan con la hipótesis de que haya alguna forma de vida en otros lugares, sobre todo en Marte, capaces de desenvolverse en condiciones de habitabilidad que en la Tierra se consideran extremas.

Sondeo en el fondo del Pacífico desde el buque 'RV Knorr'. / hans roy / science / aaas

Se conoce a muchas comunidades de organismos que se desarrollan a temperaturas altísimas, en medios hipersalinos, alcalinos o de alta acidez, que resisten alta radiación, bajas presiones, etcétera. Recientemente, un equipo hispano-chileno ha descubierto un auténtico oasis microbiano en un sustrato hipersalino a dos metros bajo el suelo en el desierto de Atacama (Chile).

Ahora, Hans Hans Roy (Universidad de Aarhus, Dinamarca) y sus colegas, han analizado sedimentos en el fondo del Pacífico y, en concreto en unas arcillas de hace 86 millones de años, han encontrados el rastro, según explican en la revista Science, de una comunidad de microorganismos que utilizan oxígeno en cantidades mínimas y viviendo extremadamente despacio. Esas arcillas son de cuando todavía señoreaban los dinosaurios en la Tierra y están a una treintena de metros bajo el fondo oceánico. 

Localización de los sondeos realizados en el océano Pacífico en la campaña del buque 'RV Knorr'. / SCIENCE / AAAS

Es como si esos microorganismos vivieran en otra escala de tiempo, profundamente aletargados, en esas “condiciones extremas de alta presión, mínimo oxígeno y un lentísimo suministro de nutrientes y energía, que los científicos consideraban no aptas para ninguna forma de vida”, señala Leigh Phillips en la revista Nature al hacerse eco del descubrimiento.

“Los microbios necesitan energía para mantener un potencial eléctrico en sus membranas y para que funcionen sus encimas y su ADN”, explica Science. Y advierte: “Roy y sus colegas sospechan que estas comunidades microbianas pueden estar viviendo con el mínimo de energía requerido para subsistir, pero no tienen aún una evidencia específica”.

Durante la campaña, a bordo del buque RV Knorr, los investigadores han hecho sondeos en varios puntos en el ecuador para dirigirse luego hacia el llamado giro del Pacífico Norte, una zona oceánica prácticamente aislada de influencia externa por las corrientes y extremadamente pobres en nutrientes. Allí es donde han encontrado el rastro de esas colonias microbianas. Estos científicos han medido el oxígeno en los sedimentos y han calculado la velocidad de metabolismo de estos microorganismos, que respiran oxígeno 10.000 veces más despacio que las bacterias de los cultivos de laboratorio.

Estos organismos viven con un metabolismo muy bajo

“Las pruebas de existencia de estos microorganismos son indirectas, por lo que hay que ser un poco cautos hasta que se excluyan otras explicaciones alternativas”, comenta el científico español Miguel Vicente, del Centro Nacional de Biotecnología (CSIC). Ya en 1976, este biólogo publicó en Nature un trabajo (con William Donachie) en el que se demostró que las bacterias que crecen muy lentamente son mucho más pequeñas que las que lo hacen a velocidad mayor, por lo que esos microorganismos del subsuelo del Pacífico, “completamente aletargadas, estarían reducidas a la mínima expresión en todos sus parámetros, tanto metabólicos como de tamaño”, añade Vicente.

Los límites de la vida y de la demanda biológica de energía interesan a los científicos “y están mucho más allá de lo que habíamos imaginado”, comenta en Nature Bo Jorgensen, uno de los organizadores del congreso celebrado este mes en Aarhus precisamente sobre microenergía.

Si hay organismos capaces de vivir en la Tierra en entornos extremadamente pobres en nutrientes, sin apenas oxígeno... ¿No podrían igualmente proliferar formas de vida en las inhóspitas condiciones similares que ofrecen otros lugares del universo?

El hallazgo animará a los estudiosos que buscan vida fuera de la Tierra

Marte es el mejor candidato entre los lugares accesibles para estudiar el asunto y la posibilidad de vivir protegido bajo el suelo allí resulta especialmente atractiva. En el planeta rojo la atmósfera, mucho más tenue que la terrestre, apenas ofrece protección frente a la nociva radiación solar, por lo que cualquier forma de vida buscaría refugio en el subsuelo. Además, si hubo agua en el pasado en Marte y ahora no la hay en la superficie (excepto en forma de hielo en los casquetes polares), podría conservarse algo bajo el suelo. El entorno marciano, para los estándares de vida terrestres, es extremo, así que los descubrimientos en los últimos años de organismos extremófilos aquí han expandido las hipótesis de formas de vida en Marte.

Un nuevo vehículo robot de la NASA, el Curiosity, se acerca al planeta rojo; llegará el próximo agosto y su objetivo es precisamente averiguar si aquel entorno ofrece o pudo ofrecer en el pasado, condiciones aptas para alguna forma de vida.

 

Animales en una cueva profunda

“Desde que Julio Verne escribió su Viaje al fondo de la Tierra, (1864), el objetivo de descubrir y alcanzar el lugar más profundo bajo la superficie ha sido un reto para generaciones de exploradores”. Así presentan unos investigadores su hallazgo de una comunidad biológica subterránea precisamente en la cueva más profunda que se conoce, en el Cáucaso, a 2.191 metros bajo la superficie. Allí se han identificado 12 especies de artrópodos “incluidas varias nuevas para la ciencia”, escriben Alberto Sendra y Ana Sofía P. S. Reboleira en la revista International Journal of Speleology.

Es la comunidad subterránea de artrópodos —insectos arácnidos, crustáceos, etcétera— de mayor profundidad hallada hasta ahora. Fue descubierta en la cueva de Krubera-Voronja, en Abjasia, durante una expedición espeleológica hispano-rusa desarrollada en el verano de 2010. La peculiar fauna descrita por los científicos vive a diferentes profundidades en toda la cueva, desde 60 metros bajo la superficie, hasta 2.141 metros (tres especies en este límite).

La temperatura de la cueva Krubera-Voronja es muy constante a lo largo del año, explican los dos investigadores, y aumenta a medida que la profundidad es mayor, desde unos 2 grados centígrados hasta 7,5 grados en el último sifón de la cueva, a 2.141 metros de la superficie. La caída de agua a las profundidades es constante, lo que permite el desplazamiento de materia orgánica hacia el fondo en poco tiempo.

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