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vida&artes

Cuidado con el rebrote del rencor entre europeos

Crecie la desconfianza entre países y hacia las instituciones comunitarias.

Los analistas alertan de que estos sentimientos obstaculizarán las soluciones a la crisis

Una activista griega protesta en Berlín con una bandera que incluye el nombre de una empresa alemana.
Una activista griega protesta en Berlín con una bandera que incluye el nombre de una empresa alemana. AFP

La célebre libra de carne que exigió el prestamista Shylock —en El mercader de Venecia de Shakespeare— como indemnización por el impago de una deuda ofrece muchos motivos de reflexión en estos agitados días europeos. La carne en cuestión era la del cuerpo del deudor. Siglos de prejuicios, antisemitismo y desconfianza entre pueblos se cristalizan en la terrible historia de ese préstamo, un relato que 400 años después sigue dejando la puerta abierta a muchas interpretaciones. Todos los protagonistas —acreedor y deudores— tenían alguna legítima razón para reclamar e incubar rencor.

Hoy, nuevas deudas parecen soplar sobre los rescoldos de viejos recelos entre europeos. Muchos griegos, portugueses e irlandeses —¿pronto acompañados por españoles, italianos y chipriotas?— tienen la sensación de que sus deudas acabarán costándole casi la sangre por las condiciones impuestas por los prestamistas. A la vez, muchos europeos del norte sienten un profundo rechazo moral ante la idea de tener que salvar con sus bolsillos los excesos de aquellos que vivieron irresponsablemente por encima de sus posibilidades.

Como casi siempre en la vida, la verdad se halla probablemente en algún lugar intermedio y lleno de matices. Pero, esté donde esté la verdad, el riesgo de un posible rebrote de la desconfianza, del recelo y hasta del rencor entre pueblos europeos adquiere cada vez mayor consistencia.

El grado de aprecio de Alemania sigue alto, pero sufre un claro deterioro

Es esta una lacra que no puede medirse con la precisión de la prima de riesgo o de las deudas pendientes; no tiene la dramática visibilidad del paro y la pobreza que avanzan; pero es un peligro que cada mes de crisis —y, sobre todo, cada rescate, con su reguero de tensiones y condiciones— hace más agudo. La historia europea reclama a gritos que se la tenga bien en cuenta y que se suministren en amplias dosis los anticuerpos frente a los populismos que probablemente vendrán.

La relación greco-alemana es una señal de alerta de lo que puede pasar. Titulares periodísticos, sondeos de opinión y, desgraciadamente, las declaraciones de algunos políticos, evidencian el arraigo de sentimientos poco halagüeños entre ambas naciones. Por un lado, cunde la desconfianza de muchos alemanes hacia un país que se endeudó hasta las cejas y falseó sus cuentas; por el otro, se extiende el recelo de muchos griegos hacia el país considerado el suministrador de la cuasi-letal receta de austeridad que se están tragando los helenos.

Un reciente estudio del Pew Research Center (un centro independiente de investigación social de Estados Unidos) indica que tan solo un 21% de los ciudadanos griegos tiene una opinión favorable de Alemania; y tan solo un 27% de los alemanes la tiene de Grecia.

Los ciudadanos
con opinión positiva
de la UE pasan del 52
al 31% en cinco años

La buena noticia es que este es el caso más extremo de malestar recíproco entre opiniones públicas europeas; la mala es que, según el mismo estudio, otras relaciones están sufriendo un marcado deterioro. Y a medida que se hacen necesarios más rescates financieros los motivos de reproche y fricción entre naciones aumentan.

A primera vista, los rescates podrían interpretarse como gestos solidarios y por tanto unificadores. Los ricos prestan dinero a los endeudados a un tipo de interés más aceptable que los del mercado para que estos no entren en bancarrota. Pero las condiciones que inevitablemente llevan consigo los rescates tienden a poner en la sombra sus aspectos positivos, y tienden a convertir los préstamos más bien en un casus belli.

Según el estudio del Pew, Alemania mantiene los niveles de apreciación más altos entre las ciudadanías europeas. Sin embargo, en el último año —en coincidencia con la agudización de la crisis y de su papel de sargento de hierro— el porcentaje de quienes la ven con ojos favorables ha caído significativamente en algunos países clave: del 85% al 75% en España; del 90% al 84% en Francia; del 75% (en 2007) al 67% en Italia. Un sondeo de Metroscopia publicado el pasado domingo por EL PAÍS indica que un 74% de los españoles opina que la actitud del Gobierno de Berlín hacia España no es la adecuada.

El festín de los estereotipos

Existen desde la noche de los tiempos y, en épocas oscuras como esta, vuelven a brotar como flores en primavera. Los estereotipos son muy resistentes. El reciente estudio del Pew Center European unity on the rocks dedica un apartado a comprobar cómo anda la cosa. El resultado, obviamente, no es ninguna sorpresa.

Los europeos consideran que los más trabajadores del continente son los alemanes; que los más corruptos son los italianos; que los menos trabajadores son los griegos; y los menos corruptos... los alemanes, naturalmente.

Pero las estadísticas cuentan otra historia. Según un estudio publicado el pasado mes de diciembre por el Office for National Statistics británico, el pueblo que trabaja más horas por semana es... ¡el griego!

Según esa estadística, los griegos trabajan más de 42 horas por semana, frente a las 35 de los alemanes. La productividad alemana es superior, pero tampoco son los primeros en este apartado, sino tan solo los sextos.

Por supuesto, estos datos deben ser sometidos a muchas matizaciones. Se puede observar que la oficina de estadística griega quizá no sea tan fiable como la alemana (¿otro estereotipo?). U, objetivamente, que la masiva destrucción de empleo de los últimos años fuerza a aquellos griegos que mantienen su puesto a trabajar a destajo. Aun así, hay materia para poner en discusión certidumbres sin cimientos.

Y, para desmentir otro mito, los datos del número de horas trabajadas muestran que varios países católicos superan a otros protestantes, por muy celebrada que sea su tradicional ética del trabajo.

La Francia de Sarkozy también perdió crédito entre los italianos (de un 73% a un 53%) y los españoles (de un 77% a un 68%). Al contrario, y no es sorprendente dada la sintonía de Sarkozy con el Gobierno de Berlín, el aprecio de los alemanes subió de un 74% a un 80%.

Respecto a la opinión en los países deudores, los datos muestran el derrumbe generalizado de la confianza en Grecia, y una clara caída del aprecio a Italia (aunque, es de notar, no de parte de los alemanes); para España, el Pew solo posee datos de este año. Pese a la crisis, son bastante buenos, pero no se pueden comparar.

Este retrato de las relaciones bilaterales va acompañado de una contundente y generalizada caída de la confianza de los ciudadanos europeos en la UE que atestiguan varios estudios, entre ellos los informes del Eurobarómetro. En 2007, un 52% de los europeos tenía una visión favorable de la UE. Hoy, solo un 31%. Y la opinión negativa ha subido de 15% a 26% en los últimos dos años. Es más, en muchos países, crece notablemente el porcentajes de personas que creen que la pertenencia a la Unión no es algo positivo.

¿Hay que temer la tendencia que esos datos ilustran? ¿Qué consecuencias puede tener en la construcción europea?

Bruce Stokes, director del departamento Global Economic Attitudes del Pew, sí cree que hay motivos para estar preocupados. “Hay razones para ello”, dice, en una conversación telefónica. “Los datos muestran que en Europa se debilita la convicción de que la integración económica es ventajosa y se deteriora el aprecio entre ciertos países. Esta situación puede generar varios problemas. Si en una sociedad se extiende una visión crítica de un país en dificultad, por ejemplo, será más complicado para sus líderes convencer a los conciudadanos de que es justo ayudar al país en apuros”.

Los datos del Pew muestran que, pese al deterioro, el grado de aprecio entre europeos se mantiene todavía en buenos niveles. “Pero es importante no descuidar lo que indica la tendencia”, dice Stokes. Los datos griegos muestran que no hace falta mucho tiempo para que cunda la rabia. “De hecho, cuando presenté el estudio en Bruselas, algunos funcionarios de la Comisión me dijeron: ‘ya no nos queda mucho tiempo”.

“Si estas ideas calan,
será difícil impulsar
la integración”, afirma
un experto

Frenar el fenómeno no es fácil. “En este asunto”, prosigue Stokes, “no sabemos exactamente si ciertos puntos de vista se abren paso en las opiniones públicas porque los alientan los políticos, o si estos últimos cabalgan los sentimientos que perciben en la sociedad; en cualquier caso, es una espiral que se retroalimenta y que puede ser difícil de cortar”.

László Bruszt, director del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales del Instituto Universitario Europeo, coincide en que esos sentimientos están recorriendo las entrañas de Europa. “Pero lo que a mí me preocupa no es la opinión pública, sino los factores que generan esas opiniones”, comenta Bruszt, que es sociólogo, desde Florencia. “Para resumir, yo creo que se alimentan de un sistema, como el europeo, en el que hay un claro déficit de representación. No hay representación política a escala europea. En esta situación, es perfectamente racional que se alimenten sentimientos nacionalistas”.

“Si Estados Unidos no fuese una entidad federal”, prosigue el profesor, “también los californianos estarían molestos con tener que rescatar a Nevada. Pero es un país, con una representación política democrática y unitaria. Los políticos de la nación pueden actuar por el bien de la federación. En cambio, en la actual estructura europea, los políticos no tienen incentivos para representar y defender los intereses del colectivo europeo. Quienes los eligen son electorados nacionales. La opinión pública es el reflejo de este sistema. Y los políticos populistas son un síntoma extremo de ese mismo problema”.

“Ahora hasta los grandes partidos son populistas”, dice una académica

Montserrat Guibernau, profesora del departamento de Política de la Universidad de Londres, considera que la tendencia es “preocupante”. “Lo que ocurre”, argumenta desde Reino Unido, “es que la UE ha ofrecido prosperidad, desarrollo democrático, promoción de los derechos humanos y del Estado de bienestar… pero todo esto no ha construido una identidad europea, un sentimiento de pertenecer a una misma unidad política. Lo que ha traído es sobre todo una perspectiva de prosperidad económica. En el momento en el que el principal atractivo del proyecto falla, surgen problemas y la desconfianza. Y cuando las cosas van mal, la tendencia es buscar a algún culpable. Preferiblemente, fuera, en el exterior. Este cambio de actitud es importante. Estamos regresando a la construcción de estereotipos”, comenta la académica, especializada en el estudio de las identidades nacionales.

Guibernau cree que política y sociedad avanzan juntos en esta senda. “Política y sociedad comparten, en Europa, un marco ético que se ha debilitado. El deterioro de ciertos valores hace que la demagogia no sea censurada. Es más, el populismo ya no es una exclusiva de partidos extremistas, sino que cala cada vez más en el discurso de los grandes partidos de masas moderados. Esto es un problema serio. Con esta base, es difícil avanzar en la integración”, alerta la profesora.

Una abrumadora mayoría de analistas y políticos coincide en que la solución a la crisis que postra a buena parte del continente se halla precisamente en una mayor integración entre sus países. Europa atraviesa un momento crítico. Como un hombre en el medio de un río, no puede quedarse donde está: o bien logra avanzar decidido hacia la otra orilla —un mayor nivel de integración— o retrocederá inexorablemente hacia donde venía, la orilla del pasado. Una orilla, estaría bien no olvidarlo, plagada de conflictos.

Una inteligente maniobra legal evitó una carnicería en el Mercader de Venecia. Shylock no cobró su libra de carne. Europa necesita ahora mucha inteligencia por parte de sus líderes. Pero también es esencial que los sentimientos populares no obstaculicen el proceso. Cada discurso populista, cada mención a un estereotipo, cada invectiva nacionalista contribuye a encender los peores instintos. El recuerdo de las lecciones del pasado quizá ayude a apagarlos.