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Ahora voy a contarles toda la verdad

Las memorias de exgobernantes se venden como reveladoras de grandes secretos

Decepcionan siempre

El político es político

José Bono acaba de publicar un libro de memorias.  Cristobal Manuel
José Bono acaba de publicar un libro de memorias. / Cristobal Manuel

Existe un consenso universal: los libros de memorias de los políticos contemporáneos suelen decepcionar a quienes los leen, que suelen ser apenas una pequeña fracción de los que los compran. Se presentan como portadores de grandes y polémicas revelaciones, pero, a la hora de la verdad, menos lobos, Caperucita. No hay secretos de Estado porque no puede haberlos: el político que los contara quedaría estigmatizado para siempre, y con él, su partido. Como mucho, contienen algunas anécdotas y varios ajustes de cuentas con rivales y, casi con mayor frecuencia, correligionarios. Por supuesto, poca o nula autocrítica: el político, incluso tras haber dejado el poder, está convencido de que no pudo hacer las cosas de otra manera, aplastado como estaba por la realidad.

Si al menos desprendieran sinceridad y estuvieran bien escritas, esos libros podrían ser más interesantes. Pero la franqueza parece ser una virtud que los políticos que terminan triunfando llegan a ver como un vicio, y en cuanto a la calidad de la prosa, las actuales generaciones de profesionales de la conquista y el mantenimiento del poder están muy lejos de los Winston Churchill, Manuel Azaña y Charles De Gaulle.

Nada de eso impide que los políticos que se lanzan a ese género reciban adelantos millonarios y que, en no pocos casos, sus memorias se vendan muy bien. Los seguidores incondicionales de tal o cual exgobernante que potencialmente pueden comprar su libro se cuentan por decenas de miles, cientos de miles, millones en el caso de Estados Unidos. Y la promoción está garantizada: los medios siempre están dispuestos a acoger al ex que reaparece para contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

No es extraño, pues, que España se haya ido incorporando al género, y cada vez con menor distancia entre la salida del palacio y la aparición del libro. Ahora mismo, José Bono, ex presidente de Castilla-La Mancha y del Congreso de los Diputados, promociona el primer tomo de Les voy a contar, unas memorias basadas en los diarios que ha ido llevando durante su carrera política. Lo más reseñable son las pullas que le lanza al que fuera su gran rival en el seno de la familia socialista, Alfonso Guerra, al que presenta como “un perito en intrigas” y alguien que “tiene una idea del poder en la que sólo caben subordinados”.

Se desprende de este libro algo tal vez no pretendido por su autor: la atmósfera de conspiración permanente en la que parece moverse la dirigencia socialista en la última década del pasado siglo, con González, Guerra, Serra, Bono, Borrell y Almunia como protagonistas. Y, al fondo, un Rubalcaba que, en el momento en el que la cúpula va a regresar en avión desde Bilbao, donde ha asistido al entierro de Ramón Rubial, a Madrid, bromea así: “Me dan ganas de quedarme en el aeropuerto porque, si se produce un accidente, yo sería el único sustituto de todos vosotros”.

No desvelan cuestiones de Estado porque quedarían estigmatizados

Es sabido: al final se llevaría el gato al agua un entonces desconocido político leonés llamado José Luis Rodríguez Zapatero, que lideraría el PSOE durante la primera década del siglo XXI, obtendría dos victorias consecutivas en las legislativas y terminaría siendo sustituido por… Rubalcaba. A comienzos de este año se informó de que Planeta le ofrecía a Zapatero unos 700.000 euros por sus memorias, una cifra semejante a la recaudada por Bono. El leonés rechazó la propuesta, aunque, eso sí, se puso a escribir un libro sobre los asuntos económicos que amargaron sus últimos años en La Moncloa. Y a su redacción parece que dedica ahora buena parte de su tiempo. El pasado junio, citando fuentes próximas al ex presidente, Luis R. Aizpeolea auguró en EL PAÍS que “será autocrítico, pero no crítico hacia otros”. Veremos.

En todo caso, los rifirrafes en público de la familia socialista española son pescozones al lado de los navajazos que se han propinado los laboristas británicos en una serie de recientes libros de memorias.

Tony Blair cobró 5 millones de libras (6,1 millones de euros) de Random House por A Journey (Un viaje), unas memorias publicadas en 2010 en las que pone a caldo a Gordon Brown, su número dos y rival en el Partido Laborista y su sucesor en Downing Street. Poco antes, las memorias de otro líder del nuevo laborismo, Peter Mandelson, conocido popularmente como el Príncipe de las Tinieblas, habían confirmado la intensidad de la tirria que Blair le tenía a Brown, al que, según Mandelson, tildaba de “loco, malvado y peligroso”.

Pero lo que más llamó la atención de los tabloides británicos en el libro de Blair fue su defensa de las aventuras extramatrimoniales de algunos de sus ministros, a los que justifica afirmando que las mujeres intentan seducir a los políticos con un empeño que no usan con otros, excepto con los “multimillonarios feos”. “El poder”, escribe, “es una especie de afrodisiaco”. Blair también le echa un capote a su amigo Bill Clinton: si mintió sobre sus amoríos con Monica Lewinsky fue solo “para proteger a su familia”.

La historiadora Isabel Burdiel afirma que una de las grandes diferencias entre las memorias, las autobiografías y los diarios de españoles y anglosajones, y eso vale tanto para los políticos como para los demás, es que los primeros establecen una clara separación entre la vida privada y la pública, eludiendo de modo clamoroso la primera. En cambio, los anglosajones no hacen una distinción tan clara y hablan de modo más suelto sobre sus asuntos personales y familiares.

En efecto, Blair no rehúye en A Journey hacer alguna velada alusión a sus relaciones carnales con su esposa: “Aquella noche del 12 de mayo de 1994, yo necesitaba egoístamente el amor que Cherie me dio. Lo devoré para tomar fuerzas. Fui un animal siguiendo mi instinto”. También revela que, de joven, intentó colarse en el saco de dormir de su mejor amiga, la “sexy y exuberante” Anji Hunter, en una fiesta en Escocia. “Sin éxito”, precisa. Y cita la detención de su hijo Euan a los 16 años de edad por alcoholismo. Euan durmió esa noche en la cama de sus padres en Downing Street, aunque Blair piensa que hubiera sido mejor que la pasara en una celda.

Lo más reseñable que dice Bono son las pullas a Guerra, “perito en intrigas”

Pero incluso en el caso anglosajón, la transparencia tiene sus límites. En un artículo publicado en 2010 y titulado ¿Por qué las memorias de los políticos son tan decepcionantes?, el historiador británico Dominic Sandbrook contaba que la gran mayoría son una sucesión de “banquetes de Estado y cumbres económicas”, una catarata de páginas “secas de cualquier vida, sabor o color”. Sandbrook le había dado vueltas al asunto de por qué no aprovechan el que supuestamente ya están retirados para liberar su pluma, contar la verdad, descargar su conciencia y entretener a los lectores. Al final, había llegado a esta conclusión: “Se me había olvidado que eran políticos”.

Sí, lo siguen siendo hasta el final: buscadores del aplauso de cuantos más mejor, encubridores de sus dudas y debilidades, adictos a las maquinaciones, profesionales de la autojustificación. En cientos de páginas, Blair no expresa, ni tan siquiera de pasada o de modo indirecto, el menor lamento por su mayor error político: la guerra de Irak.

¿Escriben, pues, libros los políticos tan solo para sacarle dinero a su notoriedad? Esa es, sin duda, una razón importante, pero concedámosles también el deseo de explicarse, de exponer su visión del mundo y de detallar el porqué de sus decisiones, incluidas aquellas que sus electores no esperaban de ellos. El problema, sin embargo, es que luego no terminan de hacerlo y sus textos suenan una y otra vez a absoluciones que ellos mismos se conceden.

Clinton cobró 15 millones de dólares (11,5 millones de euros) de la editorial Knopf por Mi vida, las memorias que publicó en 2004. Pese a ser el adelanto más rumboso de la historia, el libro no está, desde luego, a la altura de clásicos de la literatura política estadounidense como los vitriólicos diarios de John Quincy Adams. O de otras memorias contemporáneas como El largo camino hacia la libertad, de Nelson Mandela o Los sueños de mi padre, de Barack Obama. Eso sí, vendió 2,3 millones de ejemplares tan solo en su versión en inglés.

Ayudado por Justin Cooper, un editor profesional, Clinton dedicó dos años y medio a esa obra. Le salió un truño de 1.008 páginas que provocó bromas en los programas humorísticos nocturnos de la tele estadounidense del tipo de: “Tengo que confesarlo, no he leído todo el libro, me quedé en la página 12.000”. Encuestas publicadas después revelaron que solo el 30% de los compradores habían terminado de leerlo.

Los españoles hacen una clara separación entre vida pública

y privada

Aquellos que buscaban detalles sobre la relación de Clinton con la becaria Lewsinky, o sea, la gran mayoría, se quedaron con las ganas. Quizá puedan saciarlas pronto porque, al parecer, Lewinsky está escribiendo sus propias memorias. Según ha adelantado la prensa anglosajona, está dispuesta a publicar las “cartas de amor” que le envió el entonces presidente y a contar su afición por los tríos sexuales.

Blair cuenta que se llevaba muy bien con Diana de Gales. “Los dos”, escribe, “éramos a nuestro modo gente manipuladora, capaz de percibir con rapidez las emociones de los otros y de jugar instintivamente con ellas”. Pero no va tan lejos en la explotación de la leyenda de su compatriota como el francés Valéry Giscard d'Estaing. En una reciente novela, La Princesse et le Président, el muy serio Giscard sugiere que, en sus tiempos de presidente de la República Francesa, tuvo una relación amorosa con la esposa del heredero de la Corona británica. Aunque el texto se presente como ficción, el autor da tantos detalles que la duda ha quedado sembrada en la prensa del corazón.

Lo más probable es que Giscard fantasee en esa obra, así que, una vez en Francia, resulta más provechoso recordar que ese país dio en el siglo XX algunos ejemplos espléndidos de libros de recuerdos políticos, entre ellos, las Mémoires de guerre, del general De Gaulle, que escribía con mucho estilo, y Les Chênes qu'on abat, de su colaborador André Malraux, que era un escritor profesional. Una y otra son obras situadas en el nivel de excelencia literaria de las que están consideradas las mejores memorias políticas del siglo XX: las del británico Winston Churchill.

Churchill, el primer ministro que lideró la resistencia del Reino Unido frente a la Alemania nazi, siempre se consideró más un escritor que otra cosa y durante largos periodos se ganó la vida como periodista e historiador. Sus textos autobiográficos como My Early Life y The World Crisis tienen tanta calidad que le valieron el Premio Nobel de Literatura. Pero Churchill tenía un defectillo: se llevaba documentos secretos oficiales a su casa y los usaba para sus libros, así que, cuando él dejó Downing Street, las autoridades británicas tuvieron que establecer unas hasta entonces inexistentes reglas para impedir la repetición de ese comportamiento en el futuro.

También tuvo la España del siglo XX muy buenos memorialistas políticos. El presidente de la República Manuel Azaña es el indiscutible, pero también lo fueron Ramón Serrano Suñer, el cuñado de Franco, y, en la izquierda, Jorge Semprún con Autobiografía de Federico Sánchez, redactada en castellano, y Federico Sánchez se despide de ustedes, redactada en francés.

Ya sé lo que se están preguntado a estas alturas: ¿escriben siempre los políticos sus memorias? Pues la verdad es que en algunos casos sí, y, entre los contemporáneos, eso suele notarse para mal. Tras otros libros se esconde, sin embargo, la mano de un negro, un escritor profesional. El problema surge cuando se intenta ocultar a toda costa como le ha ocurrido a Sarah Palin. La muy derechista exgobernadora de Alaska y fallida candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos en 2008 publicó el año siguiente un libro autobiográfico de 413 páginas, Going Rogue, que dijo haber escrito en apenas cuatro meses. Muchos no se lo creyeron y algunos facilitaron incluso el nombre del ghostwriter, un tal Lynn Vincent, de la revista cristiana World.

Suelen tener los políticos dos características muy desarrolladas: la capacidad para tragar sapos y culebras y seguir sonriendo como si tal cosa, y una vanidosa pasión por los micrófonos y las cámaras. Así que la publicación de un libro de memorias es un modo bastante bueno para reaparecer tras la derrota haciendo el signo de la victoria.