“Tú das pena, queriendo estar con una niña de 13 años como yo”

La familia y amigas de Almudena, asesinada en El Salobral, dicen que Juan Carlos Alfaro la mató porque le había dejado

Él se quitó la vida tras esconderse durante dos días

Adela, madre de Almudena, la niña asesinada, a su llegada al cementerio. / Cristóbal Manuel

Mientras el sacerdote despedía a Almudena en el tanatorio de Albacete ante el desgarro inconsolable de su madre y abuela, a unos 15 kilómetros, en ese preciso momento, pasadas las tres de la tarde, Juan Carlos Alfaro salía de la caseta en la que llevaba varias horas atrincherado y se pegaba un tiro en la cabeza. De nada sirvieron los esfuerzos de la Guardia Civil por tratar de convencerle, durante varias horas y hablando con él a través de un teléfono móvil, de que se entregara pacíficamente. Habían pasado dos días desde que mató a tiros a la menor, de 13 años, de la que decía estar enamorado, y a otro vecino del pueblo, Agustín Delicado, de 40, al que alcanzó una ráfaga de tiros en la puerta de su casa. Acababa de salir a fumarse un cigarro.

Alfaro, de 39 años, no murió en el acto. El disparo en la cabeza lo dejó clínicamente muerto, pero mantenía las constantes vitales. Fue trasladado en helicóptero al Hospital General de Albacete, donde falleció a las 18.30. A esa misma hora, la pedanía albaceteña de El Salobral acababa de enterrar a Delicado después de que decenas de vecinos recorrieran junto al féretro el camino desde la iglesia al cementerio. Su cuerpo reposa junto al de Almudena, que fue enterrada dos horas antes. Las dos familias habían velado juntas los cuerpos de ambas víctimas durante toda la noche anterior.

La madre del asesino dijo que él actuó así por presión de la familia de ella

La Guardia Civil había buscado a Alfaro denodadamente por toda la zona, rodeada de altos maizales, desde el sábado. Fue entonces cuando, sobre las siete y media, disparó a Almudena, entró a la casa en la que vivía con sus padres y hermanos, cogió un rifle, volvió a salir, y lanzó una ráfaga de tiros en la calle Mayor de El Salobral. Los disparos alcanzaron a su segunda víctima, Delicado, y al marido de la abuela de Almudena, que iba en su coche y que resultó herido en un hombro. Después, huyó. Lo encontraron ayer por la mañana en el lugar en el que la madre de Almudena, Adela, estaba convencida de que se escondía: unos terrenos propiedad de su familia situados enfrente del pueblo en los que tenían una caseta. Una vez descubierto, se atrincheró allí durante horas. Pidió tabaco y un teléfono móvil con el que poder seguir hablando con la Guardia Civil —la Unidad Especial de Intervención se encargó de la negociación—. Su propio padre, Antonio, participó en la intervención tratando de convencer a su hijo de que se entregara. Pero todo fue en balde. Alfaro acabó quitándose la vida.

Los conmocionados vecinos de El Salobral llevan dos días tratando de construir un relato de lo sucedido; un relato al que es difícil dar sentido y en el que lo único cierto era que Alfaro y la pequeña Almudena habían tenido algún tipo de relación en algún momento consentida por la niña; que él se había obsesionado; que la madre y la abuela de la niña se oponían rotundamente a ese vínculo; y que él había dicho que estaría con ella quisieran o no y que podía llegar a matarlos si se oponían, según el relato de la prima y una de las mejores amigas de la abuela de Almudena, Jose. Pero la niña, que empezó a tratarlo hace unos dos años, cuando tenía 11, y de forma consentida, ya no tenía tan claro si quería seguir con él, algo que Alfaro no aceptó.

“A veces venía a buscarla al colegio y la insultaba cuando ella le decía que la dejara en paz”, recuerda una de sus compañeras. La niña presenció, hace un mes más o menos, la siguiente conversación entre ambos:

Nadie se tomó en serio la amenaza de un hombre armado y obsesionado

—Te he traído un regalo, un collar. Toma.

—No lo quiero. Para ti.

—Eres igual de puta que tu madre.

—Y tú das pena con una niña de 13 años como yo

“Ese día, se había pintado los ojos, y a él no le gustaba”, dice otra compañera. "Ella había empezado a cambiar. Antes era una niña muy solitaria, que solía salir con su perro sola y escuchar su música. Iba vestida con ropa oscura, como de heavy. Pero ahora estaba mucho más sociable. El otro día hasta la vi con una sudadera blanca, algo que antes no hacía. Yo creo que se había dado cuenta de que lo que pasaba con ese hombre no era normal. Tenía 26 años más que ella”.

“Finalmente, todo parecía ir un poco mejor. La niña había empezado a ir a un psicólogo de los servicios sociales”, asegura Jose, la íntima amiga de su abuela. “Pero, justo cuando llegó un poco de ayuda, pasa esto. La familia está devastada. Ellos sabían que nada de esto era normal y por eso lo habían denunciado. Pero nadie les hacía caso porque supuestamente era consentido. No sé yo cómo puede ser consentida una relación de un adulto con una niña tan pequeña”.

Las trifulcas de Alfaro con la familia de Almudena eran constantes. Llegaron a hablar con la madre de él, Cándida, que les decía que no hacían nada malo, que estaban enamorados y que no era tan importante la diferencia de edad. Según la familia de Almudena, Cándida les dijo que no quería que a Juan Carlos le pasara lo mismo que a sus otros dos hijos, que jamás salen a la calle —el propio Juan Carlos había pasado también algún tiempo encerrado—. La madre de Alfaro declaró ayer a dos televisiones que la presión que sufría su hijo por parte de la familia de Almudena era tal que quizá por eso había actuado así.

Alfaro, en todo caso, parece que no asumió la decisión de Almudena de no seguir con él. Por eso continuaba buscándola y persiguiéndola. Quizá por eso la mató. El entorno familiar de la víctima se lamenta de que en el pueblo nadie se tomara en serio la amenaza que suponía un hombre de 39 años obsesionado por una niña de 13 y que, además, era un amante de las armas. “Delante de mí llamó Adela al sargento de la Guardia Civil para decirle que llevaba un arma en el coche y que podía hacer cualquier cosa”, explica una amiga de la madre de Almudena poco después del entierro de la niña. “Pero claro, como tenía licencia, y armas legales, y todos pensaban que el asunto era una exageración, no le hacían caso. Creo que solo la familia se dio cuenta de lo loco que estaba este hombre y de lo que era capaz. Lamentablemente, estaban en lo cierto”. Los rostros de la madre de Almudena y de la abuela, que no dejaba de abrazar la foto de su nieta, con la imagen volcada sobre su regazo, reflejaban un dolor indescriptible.

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