Si quiere cambiar algo, firme aquí

Los ciudadanos se organizan en plataformas para defender causas que la política no atiende

Son luchas espontáneas y de vida efímera

Internet favorece alianzas rápidas y eficaces

La lucha contra la privatización del suministro de agua en Candeleda. / Carlos Rosillo

Una causa y ganas de luchar por ella. Una página web desde la que exponer el problema que se quiere solucionar y reunir apoyos. Estos son los pasos habituales para crear una plataforma ciudadana. Evitar el cierre de un colegio, contra la privatización del abastecimiento de agua o para reunir fondos y mantener una ruta escolar. Este tipo de asociaciones civiles informales defienden, por definición, reivindicaciones muy concretas. Esta receta, conocida en EE UU como grassroot organizing (organizaciones con base social, traducido al castellano), está muy arraigada como método para lograr cambios en la cultura de ese país. En el resto del mundo, el desplome de la confianza en la clase política y la falta de respuesta institucional a ciertos problemas ha propiciado la eclosión y multiplicación de este tipo de organizaciones, según los expertos. En España, el ejemplo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que ha conseguido colar en la agenda política el drama de los desahucios, ha alentado además las esperanzas de quienes creen que pueden cambiar la realidad.

“Hay una proliferación de plataformas ciudadanas. La razón más importante es la pérdida de credibilidad de los partidos políticos para dar respuesta a los problemas de los ciudadanos”. Así lo considera Jesús Casquete, profesor de Historia del pensamiento y los movimientos sociales en la Universidad del País Vasco. “Se ha abierto un abismo entre la élite política y la calle. Los ciudadanos entienden cada vez más que no les representan”, coincide Francisco Polo, director en España del portal online de cambio social Change.org. “Esto está acompañado del descrédito de otras instituciones, como los sindicatos. La gente siente que ya no trabajan para satisfacer sus necesidades”, añade. Esta desconexión entre la clase dirigente y la población se agudiza además por la crisis económica e institucional en el momento actual. “En épocas de recesión ningún partido va a poder satisfacer las reivindicaciones de los ciudadanos. En vez de eso, se ven obligados a recortar”, explica Manuel Jiménez, profesor de Sociología, especializado en movimientos sociales, en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla.

La combinación de descrédito de las instituciones y las medidas que toman, muchas veces contrarias a los deseos de las personas a las que representan, aumenta la contestación. “Cada vez más grupos se atreverán a movilizarse”, opina Rafael Cruz, profesor de Historia del Pensamiento y Movimientos Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. Según el experto, este año puede haber un incremento de protestas lideradas por plataformas ciudadanas. “En épocas de recesión es normal que se den protestas coyunturales para conservar derechos que ya se habían adquirido. Mientras que en épocas de expansión económica es más común que se den movimientos sociales de gran recorrido en el tiempo para reivindicar nuevos derechos”, añade el profesor Casquete.

Los alcaldes suelen prestar más atención a estos movimientos locales

El auge y éxito de este tipo de organizaciones se debe, según los investigadores, a que se centran en una causa concreta (más asequible), son espontáneas (responden rápidamente a un problema, frente a la lentitud de las organizaciones tradicionales) y tienen una vida efímera (hasta que se resuelve —favorablemente o no— el problema).

“La gente se ha cansado de luchar por grandes causas, contra el hambre o la pobreza, y que no se solucionen. Pero estos problemas tienen ramificaciones que se manifiestan en el pueblo, el barrio o la calle. Ahí es más fácil lograr un cambio”, explica Polo. Y pone un ejemplo: “La gente sabe que el medio ambiente es importante. Pero la conservación de la naturaleza es una causa muy amplia. Sin embargo, si se movilizan contra la construcción de un complejo hotelero en una playa protegida y lo consiguen parar, ven el resultado”. Casquete coincide. El investigador considera que es más fácil la movilización por causas puntuales y concretas, como los desahucios, en vez de abstracciones, como la crisis en general.

“La plataforma antideshaucios ha sido un punto de inflexión en términos de organización de gente. Hay un antes y un después. Han mostrado que se puede cambiar la realidad”, explica Polo. Para Jiménez, la fórmula del éxito de la PAH es su doble actividad. “Paralizan desahucios, es decir, solucionan un problema individual de las personas a las que ayudan, y han entrado en la agenda política nacional, con una alternativa a la normativa actual en materia de vivienda”. Este proceso de generalización de un conflicto que “raramente se produce” ha sido posible, puntualiza el profesor, “porque desgraciadamente han coincidido en el tiempo y en el espacio muchos afectados”.

En lugar de grandes causas, la gente se centra en batallas más concretas

Jiménez añade, sin embargo, que un factor esencial en los logros cosechados por la PAH es que ha conseguido “movilizar a amplios sectores sociales que, en principio, no son afectados directos, pero que sí podrían considerarse afectados morales, una vez que entienden que se está produciendo una injusticia y que sienten la obligación moral de actuar”. Esta plataforma, de hecho, consiguió reunir más de 1.400.000 firmas, con el apoyo de sindicatos y otras organizaciones sociales, para avalar la iniciativa legislativa popular (ILP) presentada en el Congreso de los Diputados. El proyecto de ley, que promueve la dación en pago retroactiva, la paralización de los desahucios y el alquiler social, ya cuenta con el apoyo de varios grupos parlamentarios. Todo apunta, sin embargo, a que el PP, con mayoría absoluta, impedirá su aprobación.

Lo habitual, aseguran los expertos, es que las plataformas surjan y se queden en el nivel local. “Es más fácil conseguir cambios porque los alcaldes son más sensibles a las demandas de los ciudadanos. Los costes políticos de no atenderlas pueden ser más inmediatos”, afirma Jiménez. Este tipo de organización, el conocido como grassroot organizing en EE UU, está muy impregnado en ese país, donde según Polo, “en cualquier barrio hay una organización ciudadana para provocar cambios”. El modelo, sin embargo, es universal. Los periódicos de todo el mundo se hacen eco cada día de las peticiones de las plataformas aunque por su carácter microlocal, pocas veces saltan a las páginas nacionales. Solo en caso de la generalización de un conflicto, como la experiencia de la PAH, se consigue esa difusión que suele servir de trampolín al éxito.

La gente se ha dado cuenta de que puede cambiar las cosas en su entorno cercano, explica Polo. Eso fue lo que pensó Antonio Vas, vicepresidente de la asociación de padres y madres del Conservatorio de Mérida, que lidera una plataforma ciudadana contra el cierre del centro de estudios musicales. Esta organización pide que la consejería de Educación de Extremadura asuma cuanto antes la gestión del conservatorio —está planeado que lo haga en seis o siete años— ya que el Ayuntamiento ha manifestado que no tiene recursos para mantenerlo abierto. “Creamos un blog y empezamos a reunir apoyos”, resume Vas. En solo un mes han juntado 10.000 firmas, presencialmente y por Internet, que entregaron en el registro de la Asamblea regional el pasado 7 de marzo. Incluso la soprano Ainhoa Arteta ha respaldado esta causa a través de una carta. “A los políticos les tiene que hacer pensar”, considera Vas, que también ha acudido al Defensor del Pueblo y ha mantenido entrevistas con representantes de la comunidad. “Es una plataforma espontánea. Y si se soluciona el problema, desaparecemos”, zanja.

Ainhoa Arteta se sumó a la defensa del Conservatorio de Mérida

La transitoriedad es, de hecho, una de las principales características de las plataformas. “Cuando el problema por el que surgen se soluciona, en uno u otro sentido, desaparecen”, explica Casquete. Es el caso de las surgidas para luchar contra el cierre de las urgencias nocturnas en Castilla-La Mancha, como la de Tembleque, que lideró encierros y manifestaciones para evitar que se aprobara la medida. “Cuando se consolide una decisión, bien sea el cierre o mantenerlas abiertas, perderán su razón de ser”, apunta el investigador de la universidad del País Vasco.

En ocasiones, las plataformas se mantienen latentes, sin actividad, y se vuelven a reorganizar cuando surge un nuevo problema en su ámbito de actuación. Es el caso de la plataforma contra la especulación urbanística en Candeleda, un pueblo al sur de Ávila. Algunos vecinos de esta población, de poco más de 5.000 habitantes, se organizaron a finales de 2006 para paralizar la construcción de una gran urbanización de más de 400 viviendas. Lo consiguieron por la vía judicial. “Hubiera sido una catástrofe para el entorno natural del pueblo”, recuerda Pilar Diego, una de las impulsoras de la plataforma. En enero de 2013 la organización ha retomado con fuerza su actividad, esta vez, contra la privatización del suministro del agua que ha decidido el consistorio a pesar de las protestas de los candeledanos.

“Esta lucha por el bien de todos que impulsamos algunos ciudadanos, la deberían hacer los políticos, o al menos apoyarnos”, lamenta Diego. Pero esta candeledana, y el medio centenar de miembros estables de la plataforma —“que pagan la cuota de 20 euros al año”, precisa Diego— no se resignan a aceptar decisiones que no comparten de sus dirigentes con la complacencia de la oposición. “Protestar significa trabajo, pero la gente que nos metemos en estas historias ya no podemos mirar para otro lado”, subraya.

Por el Museo del Greco se han aliado empresarios, alcaldes y vecinos

Este tipo de actitud activa ante los problemas es la que echa de menos Antonio Casado, responsable de una biblioteca de la Universidad de Castilla-La Mancha y especialista en Historia del Arte. “Mucha gente se queja tomando café pero luego no hace nada”, opina. Por eso, cuando el pasado enero se enteró de que María Dolores de Cospedal apoyaba la decisión de la Diputación Provincial de Toledo de trasladar el Museo Nacional del Greco a las instalaciones del museo provincial Santa Cruz, no dudó en crear una plataforma. “Esto me indignó especialmente. Lo comenté con amigos, profesores de Historia y artistas de la ciudad, y algunos pensamos que esta decisión es una barbaridad. Supone derrochar los seis millones de euros que se invirtieron en la remodelación del Museo del Greco. Y los cuadros quedarían descontextualizados”, explica entre otras objeciones.

El pasado 6 de marzo nació la plataforma contra el traslado del Museo del Greco. Sus primeros pasos han sido los de la mayoría de plataformas de creación reciente: abrir un blog, crear perfiles en las redes sociales para difundir su mensaje e iniciar una recogida de firmas presencial y online. Su reivindicación ya cuenta con el apoyo público de las asociaciones de vecinos, de empresarios y de exalcaldes de la ciudad. “Ahora empezaremos a llamar a las puertas de los políticos, a ver si nos quieren recibir y escuchar”, adelanta Casado.

Los métodos tradicionales de protesta, manifestaciones, encierros o recogidas de firmas, combinados con las nuevas tecnologías, multiplican sus posibilidades de presión y, con ello, de éxito. Bien lo sabe el director de Change.org. Polo ha visto cómo ha aumentado la cantidad y calidad de peticiones en la web. “Al principio la gente no sabía hacer peticiones”, confiesa. “Tienen que ser mensajes breves y claros, exponiendo lo que se que quiere cambiar y por qué”, añade. Unas directrices que cada vez tiene que explicar menos a los usuarios que, además, van en aumento. El portal registra más de 1.000 peticiones al mes, según datos de la empresa. “Muchas acaban con victoria. Casi una al día”, celebra el director.

Estas páginas recogen peticiones de grandes asociaciones como Amnistía Internacional o Cruz Roja, pero también de cualquier ciudadano indignado. “Con Internet, una persona ya no tiene barreras para liderar un cambio y puede elaborar una campaña sin mucho dinero”, añade Polo. Muchas de las reivindicaciones de las plataformas ciudadanas acaban en estos portales. Según relatan algunos usuarios, no solo permiten hacer visible un problema, sino que sirven para recoger firmas y hacer presión al responsable de una decisión, ya que por cada apoyo se le envía un correo electrónico.

Las nuevas tecnologías de la información eliminan, de algún modo, la necesidad de organizaciones formales para coordinar movilizaciones, según Jiménez. Apoyar una causa ahora es tan fácil como hacer clic con el ratón del ordenador, sin carné de abonado ni reuniones periódicas. Cabe cuestionarse, sin embargo, la legitimidad, veracidad y conveniencia de algunas reivindicaciones sin una asociación reconocida detrás que las avale. Es habitual que al mismo tiempo surjan peticiones para una causa y la contraria, reconoce Polo. ¿Cuál es la correcta? “Es el ciudadano el que tiene que decidir si apoya o no un cambio”, opina el director de Change.org, que considera positivo que se “genere un debate sano y saludable” sobre determinados problemas. “Es fantástico que la gente participe más allá del voto cada cuatro años. Eso es ser ciudadano”.

Hay quienes piensan, sin embargo, que esta explosión de plataformas y microreivindicaciones resquebraja la unidad de la ciudadanía frente a la clase política. Se dispersan los esfuerzos y cada uno lucha por su causa. Para evitarlo, José Luis Rodríguez se propuso el pasado verano aglutinar a todas las plataformas ciudadanas en una sola —plataformaciudadanaya—, un bloque sólido capaz de hacer frente al bipartidismo en unas elecciones. “No queremos ser un grupo más que en definitiva sirva para crear más separación”, apunta. “No decimos ‘únete a nosotros’, decimos ‘vamos a unirnos todos’, detalla el coordinador. Para ello, un blog, una página web y una cuenta en Twitter son sus únicas herramientas.

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