‘Excusez-moi’, deje sitio al español

La pujanza mundial del castellano amerita mayor presencia en la diplomacia

Las autoridades prefieren que se vaya abriendo camino sin forzarlo

En el Parlamento Europeo conviven 23 idiomas, muy duro para los intérpretes. / P. Naj-Oleari

Sato Sinichi fue enviado a Granada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón tras aprobar las oposiciones a la carrera diplomática. Durante un año se dedicó plenamente al estudio del español, una lengua que le fue asignada tras insistir en que le dieran la oportunidad de aprender castellano, quería saber “otro idioma influyente”. Ya hablaba inglés. Un año después fue trasladado a Madrid para combinar el estudio de la lengua con un posgrado. Sato, actual jefe de la sección política de la Embajada en Madrid, cuenta en un magnífico español que no estuvo solo aquel bienio. “Vinimos siete diplomáticos de mi promoción, la 96-98”.

El español avanza pujante en hogares, calles y aulas de muchos rincones del mundo. Son muchos más los que tienen el español como idioma materno (410 millones de personas, según el Instituto Cervantes) que el inglés (375 millones, según el British Council), aunque la ventaja de este como segunda lengua es incomparable. Pero la diplomacia es un ámbito que aún se le resiste al castellano. Y no debería. Al menos si tomamos en consideración las cifras.

El francés —con unos 74 millones de hablantes nativos y unos 220 millones en total— aún le lleva la delantera en las instituciones europeas y multilaterales. Académicos, diplomáticos y políticos hispanohablantes coinciden, no obstante, en que nuestra lengua merece un mayor peso en las relaciones y los foros internacionales. Pero ¿reúne ya el español condiciones para colocarse en el pelotón de cabeza junto al inglés y el francés?, ¿puede hacerlo en las actuales circunstancias?, ¿podría incluso reemplazar al francés? Los consultados sostienen que sí cumple las condiciones teóricas, pero piensan que no ocurrirá por ahora debido a la tradición, la fortaleza de la francofonía y la negativa de las autoridades (al menos las españolas) a lanzar una ofensiva en toda regla.

“La única manera de ganar presencia es ganar peso político”, dice un académico

Ya se sabe que romper con las tradiciones es tarea titánica. El francés ha sido históricamente la lengua por excelencia de la diplomacia y defiende ese estatus con uñas y dientes. Y como indicio, los compañeros diplomáticos del señor Sato. Mientras siete de ellos se sumergían en la lengua en España, otros “ocho o nueve futuros diplomáticos” se dedicaban al estudio del francés. El japonés recalca que fue enviado a España por el ministerio desde el convencimiento de “la importancia del idioma”.

Recuerda David Fernández Vítores, doctor en Lengua Española y profesor de Traducción e Interpretación en la Universidad Complutense, que el lingüístico fue el primer reglamento aprobado por la Comunidad Económica Europea, germen de la actual Unión Europea. Acordemos, de entrada, las normas para comprendernos.

El español es la cuarta lengua más utilizada en la UE —una babel con 23 idiomas oficiales— y es una de las seis lenguas oficiales de las Naciones Unidas —es decir, en todas las reuniones oficiales de la ONU se pueden usar el árabe, el chino, el francés, el español, el inglés y el ruso, y todas las intervenciones y documentos son traducidos siempre a todas esas lenguas— aunque solo inglés y francés son idiomas de trabajo. El primero, lógicamente, se oye más en los pasillos de la sede de Nueva York —donde, por cierto, el español está entrando desde la base a medida que va ganando hablantes y espacio en Estados Unidos—. El segundo, en cambio, reina en la sede de Naciones Unidas en Ginebra (Suiza).

Ciertamente, la ubicación de las sedes es uno de los factores fundamentales para explicar la fortaleza del francés en las instituciones europeas. Junto a Bruselas, como la principal, Estrasburgo (Francia) acoge el Parlamento Europeo y Luxemburgo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Francia, siempre vigilante y temerosa de que la ampliación al Este le arrebatara terreno, ofreció clases gratuitas de francés a los representantes de aquellos nuevos socios, recuerda un excorresponsal.

Muchos envidian el activismo de la francofonía para promover su lengua

El diagnóstico de la situación que hace el director académico del Instituto Cervantes, Francisco Moreno Fernández, es tajante. “La presencia del español en los organismos internacionales es claramente insuficiente, porque no se corresponde ni con el peso internacional de este idioma ni con el nivel de dominio de español que suelen tener los representantes en estos foros”, sostiene. Aunque se declara convencido de que “el español está en condiciones de ser utilizado como lengua franca románica de trabajo con fines diplomáticos y de relaciones internacionales”, propone, de entrada, un objetivo más modesto: la UEFA. El poderío del fútbol español es indiscutible, basta comprobar la inmensa cobertura que le prestan los canales por satélite de todo el planeta. “Dado el espacio que ocupa el fútbol de España en Europa y el amplio conocimiento de nuestra lengua que suelen mostrar sus profesionales, resulta chocante que las lenguas oficiales de la UEFA sean el inglés, el francés y el alemán, y no el español. Sería más que razonable que el himno de la Liga de Campeones incluyera también alguna sentencia en lengua española”. La consigna parece ser que planteemos batallas factibles, no una ofensiva general.

Fernández Vítores, codirector del estudio El español en las relaciones internacionales, publicado por la Fundación Telefónica, se declara “muy pesimista”. Opina que “la única manera de ganar representación [en los foros internacionales] es ganar peso político”. Y es obvio que, balompié al margen, no son estos los mejores tiempos para España. A su juicio, el francés y el alemán están sobredimensionados en la Unión Europea —herencia dejada por los padres fundadores— y reflejo de su peso político. Es un asunto difícil de modificar, recuerda este experto, porque la reforma del reglamento lingüístico de la UE requiere unanimidad.

Para Fernández Vítores, la vía para obtener un peso más acorde con la pujanza de la lengua “no es esgrimir banderas lingüísticas” sino el trabajo de base, fomentar la industria científica y cultural en castellano. Pero, lamentablemente, dice, existen indicios preocupantes como la tendencia a publicar en inglés. Wikipedia bien puede ser un ejemplo. La versión inglesa es la más precisa, porque recoge las aportaciones de muchos millones más de usuarios (sea o no el inglés su primera lengua) que las otras versiones. “El inglés ha dejado de ser patrimonio de los ingleses, es claramente internacional”, recuerda el experto. En esa lengua se celebran, por eficacia y comodidad, una muy buena parte de las reuniones de menor nivel en las instituciones multilaterales.

Un directivo del Cervantes propone empezar por el himno de la UEFA

El inglés, con 1.500 millones de hablantes (casi una cuarta parte de la población mundial), es sin duda la lingua franca global de la diplomacia y de la economía. Pero incluso la revista británica The Economist sostiene, con la vista puesta sobre todo en Naciones Unidas, que el español merece un mejor puesto. “La ONU debería recompensar la creciente influencia económica y social de los hispanohablantes y su extraordinaria implicación en el sistema internacional con un asiento mayor en la mesa lingüística”, escribía tras reconocer que el chino y el árabe tienen más hablantes, pero usan alfabetos no latinos.

El embajador español para la Diplomacia Cultural, Santiago de Mora-Figueroa, confirma que no existe ningún plan concreto para fortalecer el español en las relaciones internacionales. Una llamada a la Misión Permanente de España ante la ONU en Nueva York confirma que la actitud es la de no plantear frontalmente la batalla al francés, ni asomar demasiado la cabeza. “No tenemos intención de hacer ninguna campaña de promoción, la idea es que se utilicen los seis idiomas [oficiales] por igual, que los seis prevalezcan porque eso, a la larga, nos beneficia”. La actitud de las autoridades españolas sería la de laissez faire: dejar hacer. Que las cosas sigan su curso. Una portavoz de la misión insiste en el convencimiento de que “el español se va a extender de forma natural, mientras el francés está en retroceso”. Y esgrime un segundo argumento de peso: “Enfrentarse al francés o a otro idioma supone que al final gana el inglés”. La portavoz declara que, aunque no existe una instrucción explícita, la veintena de funcionarios de la misión utiliza siempre el español si hay interpretación. “Hablar en español es un privilegio. Recordemos que la ONU tiene 193 Estados y solo seis son oficiales”, insiste una veterana intérprete que prefiere permanecer en el anonimato. Lengua que, por cierto, entró en la Naciones Unidas en 1945 gracias a países latinoamericanos y a propuesta de Filipinas porque la España de Franco no se incorporó hasta 1955.

Un trabajo esencial el del intérprete, porque la buena calidad de este servicio permite, como recalca Fernández Vítores (intérprete de inglés y griego), que “a las reuniones acudan los mejores profesionales y no los que mejor dominan la lengua”. Una veintena del centenar de intérpretes de la ONU en Nueva York pertenecen al departamento de español que dirigió Ingeborg Möller-Rizo, colombiana de padre alemán. “Yo me he visto en la situación tan paradójica de interpretar al español a un delegado cuya lengua materna es el español” aunque interviene en otro idioma, relata en el citado estudio. Son casos esporádicos.

Desde la ONU: “Enfrentarse a otro idioma supone que triunfa el inglés”

El embajador español para la Diplomacia Cultural, nombrado el verano pasado, recalca que antaño “había mucho embajador extranjero en Madrid que no hablaba español”. Eso ya no ocurre. Y, aunque pueda sorprender, un embajador hispanohablante puede trabajar en su lengua muy lejos de casa. Es el caso del embajador de México en Pekín, Jorge Guajardo: “Por lo regular, las reuniones de trabajo con la cancillería china son en español. En el servicio exterior chino tienen a muchos hispanoparlantes”, explica en una entrevista por correo electrónico. Añade que, como el actual ministro asistente encargado de América Latina no habla español “las reuniones con él son en inglés” y cuando la formalidad de la ocasión lo requiere, en español con traducción al chino. “China tiene excelentes traductores, todos ellos diplomáticos de carrera”, precisa el embajador del país hispanohablante más poblado.

El embajador Guajardo destaca —a título personal, insiste— que a menudo resulta eficaz recurrir al inglés: “Mi experiencia es que todos los que estamos en este oficio hablamos mejor el inglés que los idiomas de los otros, es decir, pocas son las veces que haya tenido problemas hablando con un no-hispanoparlante en inglés”.

Precisa el profesor de Traducción e Interpretación que a menudo en los foros internacionales se negocia en un idioma que no sea el materno de nadie, de modo que todos están en idénticas condiciones y resulta más ágil que la traducción simultánea.

A juicio del veterano diplomático De Mora-Figueroa, uno de los cambios notables es la evolución que ha sufrido la percepción respecto del español, que “ya no es una lengua con gracia y color”, hoy se la percibe con mucho mayor empaque, con capacidad de mirar de tú a tú a los idiomas más extendidos.

El doctor Fernández Vítores envidia —no es para nada el único— la determinación de la francofonía. “[Los franceses] tienen una eficaz estrategia en el ámbito institucional con muy poco poder real. Y el español no ha sabido hacerlo, pese a que tiene un gran potencial de crecimiento porque sus hablantes son muy jóvenes”. El responsable académico del Cervantes, Moreno Fernández, admite que “la francofonía tiene aspectos envidiables. Francia lleva décadas practicando una política cultural seria y eficaz”. Y añade la anónima intérprete de Naciones Unidas que los franceses y los países africanos francófonos no dejan pasar una. Un ejemplo: elevan una protesta formal en cuanto un documento no está traducido al francés. Defienden su lengua en el día a día y mediante una institución ad hoc: la Francofonía. Esta comunidad lingüística, que engloba a 56 países que incluyen 200 millones de francoparlantes, “no se limita a tener una lengua común, sino que comparte también los valores humanistas transmitidos por la lengua francesa”, asegura la versión española de su página en Internet.

El directivo del Cervantes, donde se enseña español a un cuarto de millón de alumnos en todo el mundo, admite que “España se ha incorporado más tarde a esa carrera” cultural, pero con “una enorme ventaja”, opina, “el deseo de que la política cultural hispánica no se planifique y ejecute solamente desde España, sino que sea resultado de un consenso en el que se conjuguen los intereses de todos los países hispanohablantes”. En estos tiempos de vacas flacas para España, quizá los países latinoamericanos más vigorosos puedan ser la vanguardia.

El babel de la diplomacia

N.G.

• Unos 410 milones de personas tienen el español como lengua materna frente a 375 millones cuyo idioma nativo es el inglés, aunque la ventaja de este como segunda lengua es incomparable. Unos 74 millones tienen el francés como primer idioma.

• La UE acoge 23 lenguas oficiales. El español ocupa el cuarto o quinto puesto en su entramado institucional.

• La ONU tiene seis lenguas oficiales (árabe, chino, francés, español, inglés y ruso), pero solo inglés y francés son lenguas de trabajo.

• Solo las lenguas de los miembros del Consejo de Seguridad (EE UU, Reino Unido, Rusia, China y Francia) iban a ser oficiales, pero gracias a la contribución de los países latinoamericanos a la conferencia por la que se creó la ONU, y a petición de Filipinas, se sumó el español, según el informe El español en las relaciones internacionales.

• El Tratado de Versalles que puso fin en 1919 a la Primera Guerra Mundial supone la primera aparición del inglés como lingua franca institucional. El presidente de EE UU, Woodrow Wilson, insistió en que el acuerdo se publicase en francés e inglés. Se consideró normal porque los representantes de EE UU y Reino Unido en las reuniones preparatorias no sabían francés, pero su homólogo francés conocía la lengua de sus interlocutores.

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