La república de los abuelos

Un grupo de 81 jubilados crea una comunidad utópica en la que vivir autónomamente

Torremocha de Jarama 7 JUL 2013 - 00:25 CET

Los jubilados en la residencia autogestionada. / Santi Burgos

El coro de Torremocha de Jarama tiene dos miembros más. María Pilar García lo celebra entusiasmada. “Van a disfrutar muchísimo. En invierno, cuando en la iglesia haga frío me los traigo aquí a ensayar a mi salón con el brasero”. La torremochana tenía dónde elegir. Acaban de llegar al pueblo 81 nuevos vecinos, el más joven con 67 años.

A finales de los noventa un grupo de amigos de Madrid entrados en la cincuentena pensaron que sería “bonito” vivir juntos una vez jubilados. Felisa Laíz, maestra de primaria entonces, recuerda la historia junto a Pepa Salamanca, una septuagenaria abrumadoramente risueña. Se pusieron en contacto con otras personas que perseguían la misma idea. En el año 2000 un centenar de jubilados en puertas formaron Trabensol como sociedad cooperativa y comenzó la búsqueda de terrenos por toda España. En grupos, patearon la Península en busca del rincón perfecto para instalarse.

Torremocha de Jarama fue el lugar elegido, un municipio de 917 habitantes gobernados desde 1979 por el mismo alcalde de un partido independiente y con una oposición ecologista. Allí han levantado un complejo de 6.720 metros cuadrados con 54 apartamentos y zonas comunes donde viven oficialmente desde el pasado fin de semana, aunque la portavoz, Laíz, lleva ya instalada tres meses en sus 52 metros cuadrados.

El sábado decidieron invitar a los vecinos del pueblo a conocer sus 10 bloques de dos pisos pintados de miel y amarillo con huerto a las espaldas. Más de medio centenar acudieron a la invitación. A la mayoría les gusta la idea, otros matizan: “Los pueblos son complicados, funcionan con sus propios códigos. Incluso con un proyecto excepcional el que viene de fuera es un intruso”. Un aviso que no hizo mella en los jubilados, esa es su nueva casa a todos los efectos: se están empadronando en el pueblo, han registrado los coches y van a hacer que el centro de salud tenga el doble de trabajo. Han cambiado su médico de cabecera a Torremocha porque quieren seguir usando la sanidad pública. Y cuando lo necesiten, contratarán asistencia especial a cargo de la comunidad vecinal.

Laíz recurre a la memoria para explicar las razones de esta aventura. Vio a sus abuelos y padres envejecer en sus casas sin poder atenderles al 100% por falta de tiempo. “Queríamos decidir sobre nuestro propio futuro. Es algo que no suele hacerse”. Y tampoco depender de un sistema que deja a la mayoría de los jubilados fuera. “En las residencias públicas no somos admitidos por tener hijos o propiedades, y las privadas no están al alcance de una pensión media”, justifica.

Laíz da paso a Juan Luis Olives mientras mueve la cabeza sonriente. Sabe que lo explicará todo al detalle. Tiene 73 años, tez bronceada y viste camisa blanca de lino. La viva imagen de la felicidad. Trabajaba en archivos y bibliotecas universitarias, una labor que alimentó un cerebro organizado y detallista. Cuenta que desde el principio el grupo se planteó ser muy participativo y democrático. “Nos reunimos para todo, desde elegir la constructora al color de cada una de las paredes. A veces tratamos un tema durante días”. Lo corrobora Paloma Rodríguez, una activista feminista que ahora preside Trabensol. Cumplirá 70 años en unos días. Su pelo gris oscuro, rizado a mechones sobre la frente, es el único indicio.

La portavoz enumera con voz pausada las actividades que ellos mismos organizan para toda la jornada. Desde el taichi para los madrugadores a la contemplación de estrellas para los noctívagos. Han sido ciudadanos responsables socialmente a lo largo de la vida: miembros de asociaciones culturales y de vecinos, cooperativistas de enseñanza, o voluntarios. Y todos tienen un enfoque místico de la vida que han plasmado en la llamada Sala de Espiritualidad, donde la semana pasada hubo un concierto de cuencos tibetanos que resonaron en los largos pasillos.

Su nuevo hogar fue construido con un presupuesto de cinco millones de euros de los que tres fueron concedidos con un crédito hipotecario por la banca ética Fiare. Pertenece a la italiana Banca Popolare Etica, una entidad con ausencia de lucro adscrita a un Fondo de Garantía de la Unión Europea. Financia en España 29 proyectos. El resto ha sido ahorrado por los socios a lo largo de los años, vendiendo sus propias viviendas o con préstamos. Para formar parte de la cooperativa hay que hacer un pago de 145.000 euros. Esa cantidad no da derecho a “poseer” nada, todos insisten en esto. José María García, el exfuncionario de voz grave que hace de profesor de taichi, explica que la base capital es que no hay propiedad, es cesión en uso. “Mi apartamento no es mío ni nunca lo será. Eso a la gente le choca muchísimo. Pero nada de esto es a fondo perdido”. Si te vas la cooperativa te devuelve la cantidad aportada inicialmente; si mueres se destina a lo que dicte el testamento.

La portavoz ha puesto todos sus ahorros y su pensión en esto. Todos lo han hecho. Para mantener el complejo hay unas cuotas mensuales de uso y consumo. Laíz y su marido pagan 1.050 euros al mes porque son dos. Si el alojamiento está sin ocupar el coste es de 682 euros; para una sola persona 850 euros. Esto incluye la comida central que se sirve en un diáfano salón con mesas que están desprendiéndose del olor a madera nueva. Estas cuotas están destinadas a pagar los servicios que ya funcionan, todos enfocados a la biosostenibilidad. La Comunidad de Madrid subvencionó el proyecto con 82.000 euros y Endesa les dio el segundo premio de sostenibilidad en 2011. Desde el gimnasio hasta el baño terapéutico está climatizado por geotermia.

Los expertos apoyan la iniciativa. Mariana Galdós, psicóloga especializada en la tercera edad, asegura que la convivencia continua es enriquecedora y aleja la sensación de soledad. “Todo depende de cada individuo. Lo importante es que mantengan la mente abierta y positiva”.

Esa mentalidad es la base de esta tendencia en la vivienda, el cohousing nació en los años sesenta en Dinamarca. Se basa en compartir espacios comunes y mantener la intimidad en la propia vivienda. En España está empezando a despegar impulsada por la crisis. “Pero no hay nada como lo que hemos construido”, asegura Laíz. Es cierto. Valladolid, Málaga y Losar de la Vera en Cáceres tienen proyectos que nacieron con la misma idea. Finalmente, se han convertido en centros para mayores al uso o en bloques de apartamentos para jubilados. Todo lo que no quería este grupo que ha plantado en sus jardines decenas de ginkgos biloba, un árbol superviviente del Jurásico. Allí, por la noche, charlan y cantan. En Trabensol afinan bien: ya aportan dos nuevas voces al coro de Torremocha.

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