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LA UNIVERSIDAD EN CRISIS (1)

La Complutense se asfixia

La falta de fondos para investigar, la reducción de plantilla y la escasez de presupuesto amenazan al buque insignia de las universidades públicas españolas

EL PAÍS inicia una serie de reportajes sobre la situación de los campus tras cinco años de recesión

El rector de la Complutense, José Carrillo, en una concentración contra los recortes en la universidad celebrada el 22 de mayo de 2012.

Los abucheos llegaban desde varias filas del aula magna. Con el curso recién iniciado, el rector decidió en octubre de 2012 recorrer las facultades para explicar las cuentas del año más duro. En el campus de Somosaguas, la tribuna más crítica de toda la institución, los alumnos pedían a gritos “insumisión o dimisión” a José Carrillo, el rector de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), el campus presencial más grande de España. Aquí conviven cerca de 85.000 alumnos, un centenar de edificios, 5.900 docentes y una deuda, arrastrada durante lustros, que ahora ronda los 140 millones de euros.

Sus parámetros la convierten en una excepción, un navío difícil de trasladar a puerto, al filo de cruzar la línea roja de la calidad en docencia e investigación. Sus dimensiones y su historia le otorgan, a su pesar, un papel de buque insignia en zozobra sobre el que están puestos todos los focos en un momento de crisis y recortes —más de 1.200 millones menos para educación superior desde 2010—, de subidas de tasas y becas más difíciles de conseguir que tienen soliviantados a alumnos, docentes y rectores.

"Las movilizaciones van a seguir; cada vez hay menos pública"

El estudiante Miguel Rodríguez dice que los recortes se notan en la atención que reciben los docentes.

Miguel Rodríguez, estudiante de 24 años, está terminando la carrera de Ciencias Políticas en la Complutense. Fue uno de los estudiantes que protagonizó el encierro de 21 días en el Rectorado con el que se denunció la existencia de alumnos que no podían afrontar el pago de matrículas tras la subida de precios.

Pregunta. ¿En qué ha notado los recortes?

Respuesta. Sobre todo, en gente que no puede seguir estudiando. Para los que sí seguimos, se nota también en el material que tiene la universidad, en el propio mobiliario y en que los profesores asumen cada vez más horas y preparan peor las clases porque tienen cuatro grupos de 50 alumnos y no pueden mandar un trabajo para corregir cada semana.

P. ¿Cómo ha vivido la evolución desde que empezó a estudiar hace cinco años?

R. Lo que más se nota es el cambio en el tipo de gente que accede a la universidad, de estratos económicos cada vez más altos. Los profesores, que antes se planteaban las clases de otra manera y dedicaban más tiempo, ahora no te hacen tanto seguimiento personal.

P. ¿Por qué decidieron encerrarse?

R. La movilización es a veces la única opción. Éramos sistemáticamente ignorados. También es cierto que hay mucha gente que cree que aunque te movilices no te van a escuchar.

P. ¿Prevén movilizaciones el curso que viene?

R. Van a seguir de una forma u otra, tanto desde el colectivo de estudiantes como del de profesores. Cada vez hay menos universidad pública, más tasas, menos alumnos. Intentan que la universidad pública sea cada vez más pequeñita para favorecer a la privada.

Y, en ese contexto, la UCM es el escaparate en el que se reflejan otros campus: aquí surgió la iniciativa de sacar las universidades a la calle para denunciar que viven casi a la intemperie, sus estudiantes fueron los primeros que alertaron con un encierro-protesta de las dificultades de pagar matrículas con los nuevos precios. A principios de octubre, con el brutal incremento de tasas recién aprobado, Carrillo auguraba tormenta ante un público poco afín: “Vivimos la peor situación en 35 años”. “La primera responsabilidad de un rector es que la universidad no cierre y pagar las nóminas”, explicaba entonces. Nueve meses después, los sueldos se siguen pagando aunque se han recortado, la plantilla de profesores ha descendido sensiblemente y los proyectos de investigación disponen de menos recursos de los necesarios. Los dirigentes del gran campus español auguran que el año más duro —y el lustro más funesto desde 2009— ha pasado, pero lo cierto es que ha dejado huellas que va a ser difícil borrar.

El presupuesto de la UCM ha caído un 15% desde 2009 hasta 516 millones de euros, o lo que es lo mismo, baja de 7.039 euros a 6.072 euros por alumno, un 14% menos, mientras las matrículas que pagan se han disparado por encima del 38% este curso y se espera que vuelvan a subir el que viene.

La travesía del desierto de la Complutense comenzó a finales de 2008, cuando la Comunidad de Madrid hizo saltar por los aires el plan de inversiones firmado con sus seis campus públicos. Se redujo hasta el tuétano el dinero destinado a construcción y mantenimiento de edificios. Las goteras comenzaron a eternizarse. El propio rector reconocía en 2012 que llevaba dos años conviviendo con una en el despacho de su facultad, Matemáticas. Hace ya meses que no es noticia la falta de fondos para hacer fotocopias, encender el aire acondicionado, comprar libros o poner membrete oficial a los folios que se usan en los exámenes para evitar cambiazos.

Los dos últimos rectores (Carrillo y su predecesor, Carlos Berzosa) pusieron en marcha planes de ahorro con recortes en servicios de biblioteca, cierre temporal de sedes, reducción de conferencias... El margen es estrecho y el ajuste empieza a hacer mella en las dos patas principales de la universidad, la docencia y la investigación.

El Rectorado admite que las investigaciones se han resentido. “Ninguna de las puestas en marcha se ha parado del todo, pero sí están disminuidas”, explica Joaquín Plumet, vicerrector de Política Económica de la UCM, que culpa al Gobierno del retraso en el abono del dinero para investigación y de mantener en suspenso la convocatoria del Plan Nacional de I+D+i, que debía haberse materializado en enero. “Han bajado los gastos de personal y no se han podido contratar los colaboradores y becarios necesarios, ni tampoco adquirir todo el material previsto”, señala Plumet. Una plataforma de investigadores denunció además en junio, tal como recogió EL PAÍS, que el dinero que el Ministerio de Economía asigna de forma directa a los proyectos científicos de la Complutense no fue puesto de forma inmediata a disposición de los investigadores, lo que ha aumentado el impago de facturas a proveedores y el bloqueo en sus trabajos.

En uno de los laboratorios de Biología, lo primero que se percibe es un recorte climático. Demasiado frío en invierno, demasiado calor en verano, explica Mario Benito, catedrático de Genética. “El aire acondicionado no funciona y así no se puede trabajar”, comentaba a inicios de julio, “pero es lo de menos comparado con lo de las facturas”. Hay proveedores que no cobran desde hace más de un año y casas de productos químicos que han dejado de servir a la Complutense, como admite el vicerrector de Política Económica. La deuda del campus asciende a 105,4 millones de euros. “No nos llega material para iniciar distintos procesos de genética molecular”, denuncia Benito, que asegura que deben elegir entre “pagar al personal del proyecto o abonar el producto químico”.

Proyectos con pocos recursos y aulas con menos personal. El catedrático Mario Benito, igual que otros colegas, señala el ajuste en la docencia como otro de los grandes males llegados con los recortes. La UCM ha perdido 345 profesores desde 2008, según las cifras oficiales, un 5,3% menos. No ha habido despidos, pero la tasa de reposición fijada por el Gobierno (solo se pueden sustituir el 10% de las jubilaciones) ha envejecido y ajustado las plantillas de los departamentos mientras aumentan las figuras más precarias, los docentes sin contrato y peor pagados. El número de interinos ha subido un 11% hasta 165 docentes y los ayudantes doctores casi se han triplicado de 130 a 341.

"Ganamos poco y pagamos la investigación de nuestro bolsillo"

Isabelle Marc, profesora ayudante doctora de la Complutense.

Está en el último escalón. Isabelle Marc, es profesora ayudante doctor y ha completado la carrera, la tesis, ha hecho méritos para conseguir la acreditación y ha dedicado cinco años de su vida a terminar la formación como docente antes de obtener una plaza. Hasta ahora. La falta de oferta y los recortes amenazan su futuro. Marc, de 38 años, está a la espera de que se convoquen unas oposiciones inciertas.

Pregunta. ¿Cómo ha notado los recortes?

Respuesta. En primer lugar, en el sueldo. Las clases se han masificado y tenemos menos dinero para investigar. Hay muchos congresos a los que no asisto por falta de presupuesto. La Complutense pagó solo 120 euros de los 350 que costó el último en el que estuve. Y cobro cerca de 1.500 euros. Ganamos poco y tenemos que poner de nuestro bolsillo para investigar.

P. ¿Cómo cree que afecta esta situación al alumnado?

R. Es sangrante. Se ha multiplicado el dinero que pagan y se está favoreciendo una relación mercantilista entre profesores y estudiantes, una lógica clientelar. Cuando aumenta el alumnado, el trabajo de investigación y docencia o el papeleo que tenemos que hacer no se puede exigir más calidad. La subida de tasas debería haber supuesto un aumento de la inversión.

P. ¿La calidad ha disminuido?

R. Claro, ¿cómo vas a trabajar mejor con menos tiempo y más cargas?

P. ¿Cómo se plantea el futuro?

R. Hay mucho desánimo, vemos cómo se trunca nuestra carrera. Me gustaría vivir tranquila y tener la seguridad de que seguiré aquí dentro de un año. Creo que merecemos un sueldo más digno y no hablo solo de mis 1.500 euros, sino de lo que cobran los interinos, que no llegan ni a 1.000. He pensado muchas veces en irme de España. En otras universidades europeas, la gente de mi generación ya tiene cargas de responsabilidad y reconocimiento, mientras aquí pasamos años padeciendo.

P. ¿Alguna consecuencia positiva de la crisis?

R. Los recortes nos han hecho concienciarnos más. Han surgido iniciativas preciosas, como #lacompluenlacalle o la Plataforma de Profesores No Permanentes, con la que hemos ganado visibilidad. Hemos tomado conciencia de que el destino individual pasa necesariamente por el destino del colectivo.

“Cuando yo entré como alumno, casi todos eran catedráticos. Ahora prolifera el profesorado, mal pagado”, señala Julio Carabaña, catedrático emérito de Sociología, con 65 años y casi 40 de carrera. Un ayudante doctor cobra casi un tercio de lo que recibe un catedrático, con unos 1.500 euros de sueldo frente a 4.000. Son puestos reservados durante cinco años. El fin debería ser una plaza propia, pero eso ya casi no ocurre. Los interinos rozan los 900 euros mensuales en el mejor de los casos. “La media de las clases de universidad se pagan peor que las de primaria, y eso que estamos dedicados a tiempo completísimo”, señala Carabaña.

Los sindicatos denuncian que las plazas de interinos, previstas para cubrir contingencias puntuales, se eternizan, según Jesús Escribano, de CC OO. Plumet defiende que las figuras de profesores asociados y contratados doctores se aplican “tal y como están tasadas y recogidas en la normativa”, pero admite que la figura del interino “se ha prostituido”. “Con demasiada frecuencia, no tanto en nuestra universidad como otras, se le ha dado carta de naturaleza. La tasa de reposición es un suicidio”, admite el vicerrector.

Frente a esto último, la situación se atenúa con la buena voluntad y el esfuerzo de la plantilla. “Nuestra labor es cada vez más difícil, la presión sobre el profesorado ha aumentado enormemente”, señala Juan Varela, catedrático de Filología Italiana que lleva casi una década impartiendo clases en la universidad. Es uno de los impulsores de #lacompluenlacalle, el movimiento de protesta que sacó la precariedad de las aulas a las plazas públicas y se extendió a otras facultades españolas. “El proceso de prejubilación que inició Berzosa iba a suponer teóricamente un rejuvenecimiento de la plantilla pero al final ha supuesto un ERE encubierto que nos impide dar la buena docencia y la evaluación continua que exige el Espacio Europeo de Educación Superior”.

El haz de luz sobre este panorama sombrío ha venido de manos de los tribunales y de un plan de refinanciación a proveedores en el que tienen puestas todas sus esperanzas. Cuando comenzaron los recortes de la Comunidad de Madrid, el anterior rector Berzosa inició en solitario una campaña de denuncias judiciales para recuperar un dinero comprometido y rubricado por la expresidenta regional Esperanza Aguirre. La Complutense ha recuperado 97,5 millones de euros en cuatro sentencias, de los que hasta el momento ha cobrado 18 con intereses, según los datos ofrecidos por el campus.

El 11 de julio, el Gobierno autónomo aprobó una iniciativa, dentro del plan del Gobierno central de pago a proveedores, con el que la UCM recibirá 58 millones. La universidad espera así empezar a respirar tras el curso más complejo de su historia. “Estoy convencido de que el próximo año será mejor, definitivamente mucho mejor”, resume el vicerrector de Política Económica. Plumet añade que la Complutense también está buscando todo tipo de nuevas fuentes de financiación. “Hay ofertas enormes que se pueden rentabilizar. Tenemos un patrimonio artístico diseminado brutal, imagine lo que sería englobarlo todo en un único espacio museístico. Jubilados y colegios entrarían gratis, pero el resto no”