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Bienestar Inteligente
eficiencia energética

Ya es otoño, ¿ponemos la calefacción?

La temperatura ideal en invierno está entre los 19 y 21° centígrados, aunque no para todos

Por cada grado de más, aumenta un 7% el consumo de energía

Las mujeres son más frioleras que los hombres.
Las mujeres son más frioleras que los hombres.

Se acabó el verano. Con los primeros días frescos (fríos para algunos) del otoño, sacamos las chaquetas, las rebecas y las camisas de manga larga y empieza la vieja y cíclica disputa sobre la calefacción. ¿La encendemos? ¿Nos ponemos un jersey y aguantamos? ¿A qué temperatura tiene que estar el termostato? Ocurre en las casas, en las oficinas, en las comunidades de vecinos, en los medios de transporte colectivos: unos pasan frío y otros calor; unos todavía calzan las sandalias y otros las botas. La temperatura de confort en invierno, en la que la mayoría de las personas se sienten cómodas, es entre 19 y 21° centígrados. Mantener el termostato en ese rango es una cuestión que además tiene mucho que ver con el ahorro y la eficiencia energética. Pero la grasa corporal, la ropa o el género influyen en la sensación térmica individual de cada uno. ¿Es posible un acuerdo?

El medio ambiente agradece si retrasamos el momento de encender la calefacción, aunque algunos días haga frío. El gasto energético es importante –hasta el 50% del consumo en el hogar—y por cada grado que se suba la temperatura, el gasto aumentará un 7%. La temperatura de confort en invierno es entre los 19 y 21 grados, y durante la noche basta con que el dormitorio esté entre 15 y 17º, según indica el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDAE).

Pero es muy posible que, aun siguiendo estas indicaciones, en casa, en el trabajo o cualquier entorno cerrado, surjan divergencias. “Ningún ambiente térmico tupe satisfacer a todo el mundo. En una misma sala siempre habrá alguien insatisfecho”, señala Sami Karjalainen, investigador científico del VTT Technical Research Centre de Finlandia, autor del estudio ‘El confort térmico y el género’.

Consejos prácticos para ahorrar energía y dinero en calefacción

Estas son las pautas a seguir que propone el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía

1. Una temperatura de 21ºC es suficiente para mantener el confort de una vivienda.

2. Apague la calefacción mientras duerme y por la mañana espere a ventilar la casa y cerrar las ventanas para entenderla.

3. Ahorre entre un 8 y un 13% de energía colocando válvulas termostáticas en radiadores o termostatos programables, son además soluciones asequibles fáciles de instalar.

4. Reduzca la posición del termostato a 15ºC (posición “economía” de algunos termostatos, si se va a ausentar durante unas horas.

5. No espere a que se estropee el equipo: el mantenimiento adecuado de la caldera individual le ahorrará un 15% de energía.

6. Cuando los radiadores están sucios, el aire contenido en su interior dificulta la transmisión de calor desde el agua caliente al exterior. Este aire debe purgarse al menos una vez al año, al iniciar la temporada de calefacción. En el momento que deje de salir el aire y comience a salir solo agua, estará limpio.

7. No deben cubrirse los radiadores ni poner ningún objeto al lado, porque se dificultará la adecuada difusión del aire caliente.

8. Para ventilar completamente una habitación es suficiente con abrir las ventanas 10 minutos para renovar el aire.

9. Cierre las persianas y cortinas por la noche: evitará importantes pérdidas de calor.

La cantidad de grasa corporal, el género y la cantidad de ropa que se lleve puesta, influyen en esa sensación de confort térmico. “El gordo es más resistente al frío, sea hombre o mujer. Pero las mujeres además tienen la capacidad de, si hace frio, cerrar los vasos sanguíneos de la piel. Por este mecanismo se produce la paradoja de que conservan el calor sus órganos centrales (cerebro y vísceras), pero como no llega sangre caliente a la piel, donde están los receptores del frío, siempre son las primeras en notar cualquier bajada de la temperatura”, explica Francisco Mora, catedrático de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. “El hombre no tiene ese mecanismo. Estos son diseños genéticos adquiridos a lo largo de la evolución”, añade.

Esta es la explicación científica de por qué Inmaculada C. tiene “un conflicto sin resolver” con su pareja. “Yo siempre tengo frío y quiero la calefacción más alta. Él tiene calor en cuanto la casa se pone a más de 19 grados en invierno. A ver qué pasa este año”, detalla.

Esto mismo es lo que le ocurre, a la inversa, a Xavier Aragall con su compañera de trabajo. En la oficina cuentan con un sistema de climatización centralizado en el que los trabajadores no pueden regular la temperatura a la que sale el aire (23ºC), pero sí la cantidad. “Mi compañera tiene siempre un jersey para contrarrestar el frío y yo, a menudo, me avengo a reducir el aire a pesar de que lo agradecería”, afirma Aragall. “Se precisa buena convivencia para que las diferencias térmicas no vayan a más. Sobre todo en épocas de cambio de estación, como la primavera y el otoño, cuando las percepciones son más subjetivas”, añade. Reconoce, sin embargo, que el respeto mutuo no impide que a veces, unos y otros, regulen el termostato a su gusto cuando nadie les ve.

La temperatura en el trabajo no es cuestión trivial. La ley española es bastante flexible en cuanto al número que debe marcar el termómetro en los centros de trabajo. Según la Guía Técnica del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, la temperatura en entornos laborales sedentarios debe oscilar entre 17 y 27ºC; mientras que para aquellos donde la labor sea física, debe estar entre 14 y 25ºC. Por debajo de 14ºC o encima de 27, se puede producir estrés térmico.

Sin llegar a esos extremos, unos grados más o menos, no solo pueden afectar a las relaciones laborales entre compañeros, sino también a su productividad. Así lo demuestra un estudio de Alan Hedge, profesor del departamento de diseño y análisis ambiental de la Universidad Cornell de Nueva York. La investigación revela que los empleados en entornos por debajo de los 20ºC cometen un 44% más de errores y son menos productivos (pierden tiempo corrigiéndolos). Sin embargo, cuando se sube levemente la temperatura, se reducen los fallos y aumenta la eficiencia.

Sea en la oficina o en el salón de casa, además del termostato, “las personas son una parte activa de su propio bienestar térmico”, apunta Karjalainen. “Llevando más ropa, abriendo ventanas, tomando bebidas frías y calientes o dando un paseo”, detalla.

La tecnología también ayuda para que más gente esté a gusto en un espacio cerrado y para lograr una reducción del gasto energético. Un respiro para el medio ambiente. Así, hay sistemas para que la temperatura de una oficina o una vivienda, se pueda regular por zonas. Los termostatos programables permiten además ajustar distintas temperaturas para diferentes franjas horarias, en función de si vamos a estar en casa o no.

En este sentido, el IDAE recomienda bajar el termostato hasta los 15ºC en las horas en las que que nadie ocupe la casa; y si la ausencia es por varios días, sugiere bajarlo a 5. Tampoco en la cocina hace falta que se regule a 21ºC. “Tiene sus propias fuentes de calor y requieren menos calefacción”, explica el organismo en su informe ‘Ahorra energía’. Con ello, se consiguen importantes ahorros de energía y dinero. La calefacción supone en torno a la mitad de energía que se consume en cada hogar y hasta un 60% en las comunidades de vecinos con sistemas centralizados.

La clave del ahorro no está solo en regular la temperatura adecuada en las horas y épocas del año necesarias. Un buen aislamiento, contribuye a que el calor del hogar no se nos escape por las rendijas. Las ventanas son uno de los mayores enemigos para los frioleros, por ellas se pierde la mayor parte del calor. Unas ventanas eficientes --cristales térmicos o doble acristalamiento-- pueden reducir un 30% las necesidades de calefacción.

Las comunidades de vecinos, una caldera de disputas

 

Según el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDAE), la calefacción central colectiva está perdiendo presencia en favor de sistemas individuales –que permiten que cada vecino regule la temperatura de su casa--, aunque los sistemas centralizados tienen grandes ventajas: disponer de calderas grandes y la compra de mayores cantidades de combustible facilitan el acceso a mejores tarifas, el coste de la instalación colectiva es inferior a la suma de muchas individuales, y ya existen sistemas de regulación y control adaptados a cada vivienda para que cada uno pague solo lo que consume.

Sin embargo, cada otoño, cuando comienzan a bajar las temperaturas, el encendido o no de la calefacción es uno de los “temas estrella de conflictos” en muchas comunidades, afirma Ángel Hernández, presidente del Colegio de Administradores de Fincas de Salamanca, y miembro de la Junta de Gobierno del Consejo General de Colegios de Administradores de Fincas. Las disputas se centran en cuándo poner en marcha la caldera y a qué temperatura, según su experiencia.

En cuanto a la fecha, en opinión de Hernández no es muy eficiente, por mucho que algunos vecinos lo pidan, encender la calefacción las primeras semanas del otoño. “Unos días hace frío y otros calor; y el gasto en este concepto es una de las partidas más importantes de una comunidad. En otoño o primavera, lo más eficiente es que cada uno busque sus propias soluciones, como poner un calefactor eléctrico si se tiene frío”, explica. ¿Y cuándo la encendemos? “Depende de cómo venga el tiempo”, responde Hernández.

Respecto a las horas “cada uno mira por lo suyo”, dice. En sus años como administrador ha visto de todo: “Unos pasan todo el día en la casa y quieren que esté puesta todo el día; los que tienen hijos, quieren que se encienda temprano para que los pequeños no pasen frío (y se resfríen) en la ducha antes de irse al cole, los que trabajan no necesitan la vivienda caliente hasta la tarde”. “Se trata de hablar y llegar a acuerdos”, zanja Hernández. En el edificio de Carmen G., en Madrid, las reuniones para discutir sobre esta cuestión se repiten cada año. “Algunos vecinos nos tienen cocidos al resto”, se queja.

En invierno, las disputas se relajan. La mayoría de las comunidades optan por poner la calefacción en las horas diurnas para que todos los vecinos estén confortables independientemente de sus hábitos. Pero en las pugnas vecinales por la calefacción hay otros factores, además de las propias costumbres, que incrementan las diferencias entre las peticiones de unos y otros. La orientación de los pisos, la altura o las mejoras que cada uno haya hecho en el aislamiento de la vivienda; hacen que los hogares sean más o menos fríos. ¿Quién no conoce a un vecino del octavo que dice que pasa frío mientras el del primero va en manga corta por la casa?