La Filosofía aprende a vivir como ‘maría’

Profesores y filósofos responden a estas preguntas: ¿a quién se le ocurre relegar el pensamiento en la enseñanza? ¿Qué repercursión tiene esta ausencia en el aprendizaje de la vida?

La Escuela de Atenas, de Rafael, muestra en su parte izquierda a Pitágoras rodeado de estudiantes.

Profesores y filósofos responden a estas preguntas: ¿a quién se le ocurre relegar el pensamiento en la enseñanza? ¿Qué repercursión tiene esta ausencia en el aprendizaje de la vida?

Pero ¿a quién se le ocurre quitar la Filosofía de la primaria, de la secundaria, del bachillerato? Al Gobierno. Y, ¿por qué? Además, ¿a quién sirve que el pensamiento se relegue entre las materias que forman parte del aprendizaje de la vida? ¿Cómo han reaccionado los filósofos? ¿Y los que enseñan Filosofía? Pues con estupor, cómo van a reaccionar.

Fuimos con esas preguntas y otras a distintos representantes del primer argumento de la educación: la enseñanza. Respondió así Xavier Serra, profesor de Filosofía y Ética y responsable de Filosofía en el Instituto Salvador Espriu de Girona. ¿Qué supone este desmejoramiento de la Filosofía en la enseñanza?: “En realidad, hay que decir que la Filosofía en sí está en plena forma, que la gente —los ciudadanos reflexivos, sensibles a los valores, conscientes de su responsabilidad...— sigue pensando con profundidad filosófica. Lo que está muy mal es la clase política, que mete su zarpa en la capacidad crítica y la autonomía mental de los ciudadanos permitiendo, sin inmutarse, la telebasura y la pobreza mental en el ámbito público”.

“No es cómoda para los amigos de lo convencional”, dice Ángel Gabilondo

Serra cree que “leyes ideológicas de educación como la que se acaba de aprobar pretenden eliminar —sencillamente, a un plazo no muy largo— un área docente de la enseñanza secundaria y, si pudieran, de la universitaria: la filosofía se enseña al menos desde la Academia de Platón hace 2.500 años, y una generación de personajes pendientes solo de los votos, de los resultados PISA y de moverse para seguir flotando, la pretenden aniquilar”.

Serra constata, con cierto regocijo melancólico, el acuerdo unánime del Parlament de Cataluña a favor de la enseñanza de filosofía y ética “en un currículum básico del alumnado”. “Es una proposición no de ley... Se pide al Gobierno catalán que comunique al Gobierno del Estado el error que está cometiendo en este punto. Pero lo importante no es solo la unanimidad, ni tan solo la claridad, sino la explícita aseveración de dar esa formación a nuestros jóvenes. ¿Quién podría oponerse? Nunca se respetará la dignidad humana, ni la pluralidad de opiniones, ni el deseo noble de buscar el bien común si se niega la filosofía: en eso están de acuerdo el 100% de los representantes electos de Cataluña”.

Países como Francia o Finlandia incluyen esta formación desde la primaria

Y mucha más gente. Por ejemplo, el filósofo Ángel Gabilondo, que fue ministro de Educación en el último Gobierno socialista y que sigue siendo catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma. Él dice: “La filosofía es determinante para impulsar el camino hacia un pensamiento crítico, racional y razonable. Es indispensable conocer no solo la historia de las ideas, también la historia del pensamiento, la generación de determinados conceptos, la visión que procuran, sus efectos y su funcionamiento. Pensar no es una mera actividad mental, comporta todo un modo de hacer y de proceder. Y requiere conocimiento”.

¿Qué supone esta dejadez? Según el filósofo Gabilondo, “la filosofía es un modo de saber, necesario para comprender el seguimiento de las categorías que constituyen nuestro presente, que se cuestiona sobre el estado de cosas, lo problematiza y abre posibilidades de pensar de otra manera. En este sentido, no resulta cómoda para los amigos de lo convencional. Que se lo plantee no significa que no aporte respuestas, que siempre zanjan la pregunta, sino que a menudo la desplazan hacia posiciones menos cómodas y más ricas”. Para quienes consideran que el conocimiento ha de ser inmediatamente aplicable, añade Gabilondo, “y es únicamente interesante como medio o instrumento, semejante pensar les resulta infecundo”.

Su ausencia provoca falta de sentido crítico en el alumnado

Por ahí va el argumento de Antonio Campillo, presidente de la Red Española de Filosofía. Él cree que la reducción drástica de los estudios de Filosofía en la LOMCE “responde a razones claramente ideológicas”. Y cita estas dos: “Por un lado, la Ética de Cuarto de la ESO (actualmente denominada Ético-Cívica) se suprime, al igual que la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de Segundo de la ESO, para potenciar en su lugar la Religión, de modo que la Ética deja de ser una materia filosófica común para todo el alumnado y se convierte en una alternativa a la Religión bajo el nombre de Valores Éticos, devaluando su dimensión filosófica y eliminando su obligatoriedad”.

“Importa más el mercado de trabajo”, se queja profesor Manuel Cruz

La segunda razón “ideológica”, según Campillo: “La Historia de la Filosofía de segundo de Bachillerato también deja de ser obligatoria para todo el alumnado (ni siquiera es obligatoria en el bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales), porque se trata de potenciar la Historia de España, reservándose el ministerio la fijación del 100% de los contenidos de esta última asignatura, para no dejar margen competencial alguno a las comunidades autónomas, especialmente Cataluña y el País Vasco”.

¿Esto es así tan solo, profesor Campillo, o es una tendencia europea? “No hay una norma común en toda Europa. Hay países que incluyen la formación filosófica incluso desde la educación primaria, como Francia o Finlandia, porque la entienden como una manera de aprender a pensar desde la infancia, y hay otros países que, por el contrario, prefieren potenciarla en la Universidad, incluyendo títulos mixtos de Economía y Filosofía, o Derecho y Filosofía, etcétera, como en el Reino Unido. No obstante, hay una preocupante tendencia a identificar la sociedad del conocimiento con la trinidad I+D+I, de modo que se está imponiendo una concepción cada vez más tecnocrática y mercantilista del conocimiento, con la consiguiente devaluación de los saberes artísticos y humanísticos...”.

Aporta Campillo un preocupante ejemplo: “Se está llevando a cabo una reforma educativa en las Escuelas Europeas, que dependen de la UE y tienen centros en varios países del continente, entre ellos, España: pues bien, en esa reforma se pretende suprimir la Filosofía en los cursos de Ciencias, mientras que los alumnos de Humanidades contarían solo con una optativa, de modo que sería perfectamente posible estudiar en las Escuelas Europeas, sea en la modalidad de Ciencias o en la de Humanidades, sin haber cursado ninguna materia de Filosofía; en resumen, la reforma prevista supondría la eliminación casi completa de la Filosofía en las Escuelas Europeas”.

José Luis Pardo, filósofo ejerciente, analiza así las consecuencias que este desentendimiento de la filosofía tendrá en la enseñanza. “Todas las políticas educativas que se han emprendido en los últimos tiempos (como el plan Bolonia en las Universidades) tendrán, en el plazo medio y largo, graves consecuencias. Por lo que hace a esta reforma, no creo que hagan a nuestros jóvenes más sabios en matemáticas (a pesar de que esta es una de sus principales coartadas), estoy seguro de que no los harán mejores en Lengua (porque para ser bueno en lengua hace falta la poesía, que tampoco da de comer —ni siquiera de merendar, decía José Hierro—), y aunque la otra gran coartada es que mejorará nuestro puesto en el informe PISA esta es una promesa de futuro que permanece aún en lo quimérico, mientras que los daños provocados por el ‘recorte intelectual’ que constituye la disminución del horario lectivo de la Filosofía y de la Ética son bien ciertos e irrefutables”.

¿Estos son los daños que produce la dejadez?: “Desde luego”, dice Pardo, “es cierto que la filosofía no da dinero ni poder, pero la cuestión es que ni los mercados ni los ministerios pueden evitar que los seres humanos no estemos hechos exclusivamente para la rentabilidad. Alguien puede tener la ilusión de que, con estos cambios neoliberales en la cultura educativa, nuestra sociedad volverá pronto a la prosperidad... Pero la cuestión es que —como la crisis económica nos ha enseñado—, esa presunta riqueza hoy tan añorada puede ser también una forma de pobreza que, aunque sea menos ostentosa que la de las hambrunas, no es ni menos grave, ni menos injusta ni menos inhumana”.

“Y para combatir esa otra miseria que asola los países dejando en los huesos su espíritu”, dice el catedrático de Corrientes Actuales de la Filosofía de la Complutense, “de nada sirven los discursos propagandístico-ideológicos ni los rankings internacionales. La filosofía, y en general las humanidades, son justamente lo único con lo que poder alimentar un hambre de la que parece que quieren quitarnos hasta el gusanillo, a ver si a fuerza de disimular nuestra indigencia cultural nos resignamos a ser pobres de espíritu, sumisos y tristes”.

Sumisos y tristes, dice Pardo. ¿Cómo le ve su colega Manuel Cruz, filósofo también, que imparte su cátedra en la Universidad de Barcelona? ¿A qué se debe este desdén?. “Creo que se trata, en efecto, más de un desdén que de una planificada campaña en contra de la filosofía. Parece claro que las más altas autoridades tienen una concepción del proceso educativo extremadamente técnico-instrumental. No les importa otra cosa que no sea la adecuación al mercado de trabajo por parte de programas de estudio en sus diferentes niveles. De hecho, el propio ministro José Ignacio Wert llegó a hacer recientemente unas declaraciones en las que consideraba motivos espurios para decidir a qué se quería uno dedicar en la vida (esto es, a la hora de elegir una carrera) cosas tales como la pasión por una disciplina, la vocación, el deseo de enriquecer la propia tradición o similares. Lo que debía primar, según él, eran “las necesidades de la sociedad (esto es, del sistema económico)”.

Dos testimonios más, una profesora ejerciente de instituto y una profesora ya jubilada. Esperanza Rodríguez insiste en motivos ideológicos: “Eliminar la Historia de la Filosofía de las troncales obligatorias en segundo de Bachillerato facilita la implantación de la Historia de España como asignatura obligatoria para la prueba de evaluación final. Igualmente ideológica es la decisión de eliminar la obligatoriedad de cualquier materia ética, ahora sólo será alternativa a la Religión... Me temo que nuestros políticos (algunos) son un poco ciegos y no saben ver la importancia propedéutica que para la lectura comprensiva y la argumentación tiene esta materia”.

Ana Hardisson, ¿qué repercusión tiene en la formación de los chicos esta ignorancia? “La carencia fundamental en la formación del alumnado que no estudia filosofía es la falta de pensamiento crítico. Además de la carencia cultural que implica ignorar la historia del pensamiento occidental. No conocer el pensamiento lleva a no entender adecuadamente los distintos momentos históricos y culturales. Por ejemplo, no se puede entender la Revolución Francesa y la Ilustración, sin conocer el pensamiento moderno racionalista y empírico. De igual modo, no entenderíamos el romanticismo sin conocer El idealismo de Kant y Hegel. Asimismo, no se entienden las revueltas europeas del XIX sin conocer a Marx. El resultado de todo esto será un alumnado más sumiso, menos culto, menos crítico, menos maduro intelectualmente hablando y más fácil de convencer con cualquier propaganda”.

Como diría Pardo, la ausencia de filosofía construirá un ciudadano más gris y más triste. Pobre filosofía, camino de ser una ‘maría’ más.

 

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