La policía asocia la muerte de seis jóvenes en Portugal a una novatada

La Universidad Lusófona de Lisboa tiene una comisión de alumnos veteranos dedicada a organizar estas bromas

El único superviviente dirige este grupo

Playa de Meco, cerca de Lisboa, donde murieron los seis jóvenes. / FRANCISCO LEONG (AFP)

En la madrugada del 15 de diciembre, una ola descomunal que llegó a la playa de Meco (40 kilómetros al sur de Lisboa) se llevó por delante la vida de seis estudiantes que se encontraban en ese momento allí vestidos con las típicas capas negras universitarias lusas, parecidas a las que en España llevan los tunos. Sólo el séptimo integrante del grupo, João Gouveia, de 23 años, sobrevivió. Buscó en la arena el gorro donde había guardado el móvil y llamó a la policía, que lo halló, según ha revelado el semanario Expresso, medio ahogado, y con espuma de mar en la boca. Horas después, ya en el hospital, le dieron el alta, casi al mismo tiempo en que aparecía el primer cadáver: Tiago Campos, de 21 años, había muerto desnucado del brutal golpe de ola.

El país entero se sacudió por la tragedia, que todos achacaron, en un principio, a la fatalidad, a la mala suerte y a la mortífera potencia del mar en esa zona. Tras los funerales y los homenajes, y tras el silencio algo extraño del superviviente (que se limitó a contar en los primeros momentos a los policías que una ola sorpresiva les atrapó) los padres de los otros jóvenes comenzaron a hacerse la pregunta obvia: ¿Qué hacían a la una de la madrugada de un noche helada de invierno vestidos con la capa universitaria en una playa desierta?

Desde hace días, crece la certidumbre de que todos acudieron allí a celebrar una suerte de novatada elaborada, reservada a los estudiantes veteranos miembros de una jerarquizada sociedad secreta que se encarga, a su vez, de imponer las novatadas a los recién llegados.

Esto ha levantado una agria polémica sobre las novatadas, una extendida práctica que prospera en Portugal gracias a la aceptación de gran parte del alumnado, a la permisividad de las autoridades académicas y a la tibieza de los responsables políticos.

Todos los que estaban en esa playa de Meco esa noche estudiaban en la privada Universidad Lusófona de Lisboa, y pertenecían a la Comissão Organizadora da Praxe Academica (COPA), esto es, la Comisión Organizadora Académica de las Novatadas. En español suena un poco a burla. En portugués, no. El joven que sobrevivió era el líder de esta comisión, el denominado Dux (Duque), esto es, el escalafón más alto en la jerarquía.

Los siete alquilaron una casa situada a unos kilómetros de la playa para pasar el fin de semana. Algunos vecinos, según varios medios portugueses, vieron a algunos, en el jardín, haciendo flexiones a las órdenes del Duque, que se paseaba siempre armado de una cuchara de madera, símbolo de autoridad en este mundillo de las novatadas. Y el dueño de un chiringuito recordaba al semanario Sábado haberse fijado en los siete jóvenes camino del mar en fila india a las doce y media de la madrugada.

La cadena de televisión TVI ha llevado a cabo, a base de testimonios de otros estudiantes que aparentemente han celebrado ceremonias parecidas, una sobrecogedora reconstrucción de lo que pasó esa noche. Los seis estudiantes que murieron, que debían sobrepasar un rito iniciático para subir un escalafón en la jerarquía de esta Comisión de Novatadas, se colocaron, hombro con hombro, de espaldas al mar, con los ojos vendados. Enfrente de ellos, sin venda, se situó el Duque, esto es, João Gouvela.

Basándose en un cuento iniciático de Fernando Pessoa, Hora do diabo, en el que Satanás se le aparece a una mujer una noche de luna llena (el 15 de diciembre era también luna llena), Gouvela comenzó a hacer preguntas a los otros. Cada vez que uno fallaba, daba un paso atrás. Todo esto duró más de una hora. Los reporteros de TVI afirman que, después, sin ser advertidos por los que tenían los ojos vendados, algunos estudiantes más, puestos de acuerdo previamente con el Duque, se deslizaron hasta llegar a ese punto de la playa, acercándose sin hacer ruido a los neófitos, a fin de susurrarles al oído e infundirles aún más miedo y desconcierto.

Una ola arrastró a los jóvenes durante un rito iniciático

Si esto es así, hay más testigos de la tragedia que mantiene en vilo al país y el joven que llamó desesperado a la policía después de que una ola se llevara a sus compañeros al fondo del mar no es el único que puede decir lo que pasó.

Por lo pronto, la Policía Judicial interrogará a Gouvela la semana que viene. De su testimonio se deducirá si, efectivamente, todo fue producto de una novatada estúpida celebrada en un día nefasto y, si esto es así, el grado de coacción hacia los neófitos.

Las familias de las víctimas se presentarán en el caso, y su abogado, Vítor Parente Ribeiro, ya ha advertido que deberá investigarse la implicación y responsabilidad de la Universidad Lusófona.

Mientras, los defensores de las novatadas tratan de separarlas de lo que ocurrió en la playa de Meco. Entre estos no solo hay estudiantes y autoridades universitarias, que exaltan este tipo de prácticas como formas de integración. La ministra de Justicia, Paula Teixeira da Cruz, afirmaba hace días: “No tiene sentido prohibir inocentadas que, en determinados casos, son bonitas. Prohibir no es la solución”. Algunos de sus partidarios ponían de ejemplo novatadas que consisten en ir de puerta en puerta recogiendo alimentos para la gente pobre.

Las autoridades políticas y académicas son permisivas

Pero este tipo de práctica es anecdótica. Un demoledor reportaje de Bruno Moraes Cabral, titulado Praxis, rodado en 2010 en varias ciudades portuguesas, registró algunas de estas bromas (sólo las que le permitieron rodar novatos y veteranos). Muchas, cuando menos toleradas por la universidad ya que se llevaban a cabo en los campus o dentro de las facultades, consistían en lo siguiente: escenificar que fornicas con otro novato a la vista de centenares de estudiantes; obligación de ir con el dedo en la boca durante toda una mañana; comer guindillas de pie con un gorro de payaso en la cabeza; formar en un patio disfrazado y con la cara pintada; responder a preguntas idiotas sin solución que acarrean invariablemente un castigo. En otros casos las novatadas se hacían en el campo: andar a cuatro patas en un establo al lado de vacas o arrojarte a un camino lleno de barro y estiércol. Siempre, en todos los casos, ante la mirada de los veteranos, vestidos con las inevitables capas negras.

El ministro de Educación, Nuno Crato, se ha reunido estos días con asociaciones de estudiantes para tratar el asunto sin adelantar por ahora ninguna medida concreta. Mário Soares, el veterano político socialista portugués de 90 años, en un artículo publicado hace días en el Diário de la República, fue mucho más claro y tajante: “Las novatadas son incomprensibles e inaceptables (…) una suerte de fascismo. Deberían estar prohibidas”.

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