Transformar la educación

En la era de las redes sociales, el profesor no puede limitarse a transmitir conocimiento

Tiene que instruir sobre cómo encontrar, compartir o redistribuir la información

Bruselas ha dejado claro que los alumnos deben aprender las herramientas tecnológicas, que son ya imprescindibles para desenvolverse en la vida. / LUIS SEVILLANO

Durante siglos eran pocos los elegidos que aprendían a leer y escribir y recibían esta instrucción en su casa a cargo de tutores. Hasta que llegó la revolución industrial y surgieron las primeras escuelas. Hacía falta enseñar al menos los rudimentos básicos del cálculo y la escritura a los trabajadores de las fábricas o de los mercados. Desde entonces, y han pasado más de 200 años, el mundo se ha globalizado y los avances técnicos son meteóricos, pero las clases se siguen impartiendo en el mismo espacio con el mismo método que entonces: el maestro o profesor dicta una lección y los alumnos toman apuntes y, de vez en cuando, preguntan. Así que toca voltear el sistema de arriba abajo, desde la escuela infantil hasta la universidad.

No queda otra opción que transformar la educación para no perder comba en un mundo en constante cambio. El escenario lo plantea muy bien Cristóbal Cobo, investigador de la Universidad de Oxford: “Si a lo largo del año pasamos casi tres meses conectados a Internet y cerca de cuatro dormidos, nos queda muy poco tiempo para pensar”. Por eso considera que no hay que intentar competir con las máquinas, sino “desarrollar la capacidad de encontrar, de compartir o redistribuir esa información”. Y para ello se necesita echar mano de la última tecnología. Según un estudio del banco de inversión Ibis Capital, la industria del e-learning (contenidos, plataformas, portales de aprendizaje) movió en 2012 más de 66.400 millones de euros en todo el mundo, y la expectativa de crecimiento es del 23% hasta 2017.

COMUNICACIÓN Y TECNOLOGÍA

Xavier Prats Monné, el nuevo director de Educación de la Comisión Europea, va más allá y opina que por primera vez los alumnos son los que lideran el cambio educativo. “¿Por qué? Porque traducen en la escuela y la universidad su experiencia diaria: están acostumbrados a colaborar gracias a Internet y a que sus amistades no dependan de su situación geográfica”, explicaba recientemente en una entrevista en este diario. Y se comparaba con ellos: “Para mi generación, la diferencia entre comunicarse físicamente o virtualmente por Skype es muy fuerte; pero para la de mis hijos, la comunicación es algo mucho más sofisticado porque la tecnología es parte natural de su experiencia cotidiana”.

“Internet tiene ventanas en todas partes y la función del profesor debe ser la de cribar. Igual que hasta ahora elegía lecturas”, dice un catedrático

“Hubo un tiempo en el que la escuela tenía garantizada esa opción de ver mundo. Pero hoy no tiene ningún sentido que existan maestros maravillosos como el de la película La lengua de las mariposas, que encandilaba a sus alumnos contando historias asombrosas sobre cosas que ocurrían fuera del pueblo”, sostiene Mariano Fernández-Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. “Internet tiene ventanas a todas partes y la función del profesor, más que impartir conocimiento, debe ser la de cribar. Igual que hasta ahora elegía las lecturas”. En los campus universitarios se repite la misma situación. “No tiene sentido que en un aulario enorme los alumnos de Medicina vean cuatro huesos alrededor del profesor. Para eso están los vídeos”, subraya Josep Valor, profesor de Sistemas de Información de la escuela de negocios IESE.

“Hay quien asegura que el problema de la educación con las nuevas tecnologías es el mismo que el de los fabricantes de hielo cuando surgieron las neveras. Pero nosotros no ofrecemos hielo, sino frío. Nosotros, los educadores, enseñamos a aprender”, precisó Cobo en el foro Educar para transformar de la Universidad Europea de Madrid. Bruselas ha dejado claro a los países de la UE que sus alumnos deben aprender estas herramientas imprescindibles para ser capaces de desenvolverse en la vida y usar la tecnología. Los profesores deben, por tanto, enseñar de otra manera para que sus pupilos aprendan mejor. Pero el aprendizaje no termina ahí. “Es un asunto de los políticos, la comunidad educativa y los padres. A mí me sorprendía ir por la calle y que la gente me dijese: ‘¡Qué mal tiene usted la educación!”, ironizaba recientemente Ángel Gabilondo, el último ministro socialista.

Fernández-Enguita, más extremista que casi todos los expertos educativos, está seguro de que el docente dentro de un aula “no ha muerto ni va a morir” porque la educación hasta los 16 años es obligatoria y tiene una función de custodia para los más pequeños, pero que si no lo haría. Muchos expertos creen que cuanta mayor es la información que se puede consumir, menor es nuestra concentración en algo concreto. “El alumno se pregunta: ‘¿Por qué tengo que atender a eso y no estoy haciendo otras cosas?’. Es difícil captar su interés. Por eso han subido las tasas de déficit de hiperactividad”, subraya Fernández-Enguita.

Vamos, piensa este sociólogo, hacia una educación en la Red en la que no queda claro quién enseña y quién aprende y sin límites de espacio y tiempo. Una idea en la que también ahonda Cobo: “La tecnología ha diluido las barreras entre distintas disciplinas. Rompe con la idea de un aula, un docente y unos contenidos”. Y al establecer un nuevo paradigma, “el aprendizaje es la Red y nos hace entender la sociedad como algo en permanente evolución”. Este desfase actual entre los avances tecnológicos y una enseñanza en los centros anclado en el siglo XVIII ha provocado en Estados Unidos un aumento de los niños que reciben clase en casa (home schooling).

“Hay que adaptar el aprendizaje a las necesidades. Se habla mucho del cambio de currículo, pero no de las aplicaciones”, observa Pierre-Antoine Ullmo, al frente de la empresa PAU Education. “En los últimos dos años ha habido una irrupción de tecnología más accesible para los alumnos y formadores”. Ullmo dirige un ambicioso proyecto, Open Education Challenge, apadrinado por la Unión Europea, que pretende crear una incubadora que promueva la creación de nuevas empresas (start-ups) relacionadas con la innovación, el desarrollo de tecnologías y el diseño web.

Detrás de este programa hay inversores habituados a arriesgar su dinero en la Bolsa y sectores punteros. Porque en esta nueva era, la educación, piensan muchos, debe dejar de ser vista como un campo acotado al Estado y perder el miedo a su mercantilización, como ocurre ya en Estados Unidos o Israel. “Si la gente compra juegos para su portátil, ¿por qué no productos educativos? El mayor error es pensar que la educación está reñida con la diversión”, reflexionó el director de Educación de la Comisión Europea en EL PAÍS.

Cada vez faltan menos medios en las clases. El 86,7% de las aulas habituales tienen conexión a Internet en colegios e institutos y baja la proporción de alumnos que comparten ordenador (el curso pasado, 3,2; en el caso de centros públicos, 2,8). En la universidad es otro cantar. Las diferencias entre campus son abismales. Así, mientras que en la Pompeu Fabra o La Rioja hay una computado­ra para cada estudiante, en la Politécnica de Madrid la ratio es de una por cada 189 alumnos. Y repartidos en distintas modalidades. En la de Murcia hay un servicio de préstamo de portátiles, por ejemplo.

Según los expertos, los docentes con un nivel de usuario de informática están preparados para adaptar sus clases a la tecnología con un curso de dos o tres meses. Antes de la crisis, las consejerías de Educación ofertaban muchos cursos de formación gratuitos. Ya no son tantos, y quedan aún muchos profesores reticentes al cambio. Otro problema añadido son las averías que inhabilitan muchos ordenadores por tiempo.

EDUCACIÓN CREATIVA

En este nuevo modelo adaptado a los tiempos, el crecimiento personal desempeña un papel clave. “En los países anglosajones y nórdicos, la educación es más creativa y está basada en el juego. Mientras, en los mediterráneos como España hay un acercamiento a la educación a la francesa, más intelectual”, piensa Christopher Clouder. El director de la Plataforma para la Innovación en Educación –un programa de la Fundación Botín en los colegios– está convencido de que los alumnos que luego tienen éxito en la vida son quienes “se sienten respetados por el profesor, que los apoya, que los conoce bien y no busca resultados, sino sacar lo mejor de ellos”. Para ello sostiene que en el aula “hay que crear un microcosmos de lo que es el mundo, en el que sociabilicen y aprendan a ser tolerantes”. Y frente a la polémica en España sobre la ratio de alumnos por clase –que ha crecido– es permisivo: “Se pueden tener 30 o 35 alumnos si el profesor los conoce bien”.

Esta necesidad de Clouder puede chocar con el uso constante de la tecnología a ojos de Tomás de Andrés Tripero, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense. Recuerda que en Silicon Valley, el lugar con más expertos en informática por metro cuadrado del mundo, los niños no tienen móvil ni ordenador hasta pasados los 10 años. “Los padres quieren que sus hijos desarrollen la estabilidad emocional y se sociabilicen, y las tecnologías aíslan”, asegura Tripero. Y alerta sobre el uso continuado que hacen niños casi bebés de las tabletas, porque el cerebro no está adaptado para esos estímulos perceptivos. Ello le lleva a preguntarse: “¿Cómo van a conducir de mayores solo a 120 kilómetros por hora si su sistema nervioso se ha adaptado a la rapidez?”. Lo veremos en un mundo sin tizas, ni mapas de plástico, ni proyectores de diapositivas.

Un profesor en el portátil

Cuando la crisis ahoga casi toda posibilidad de encontrar empleo, reciclarse y estar a la última es vital. A esta necesidad responden cada vez con más fuerza en todo el mundo los MOOC (cursos masivos online y abiertos, en sus siglas en inglés). Muchos son gratuitos (algunos cobran por emitir un título) y están en fase experimental, pero con mucha proyección por delante. Los españoles se han incorporado a esta modalidad de aprendizaje con ímpetu, hasta el punto de ser la séptima comunidad de estudiantes más grande de la plataforma edX, de la que forma parte el MIT.

La demanda es enorme –al primer curso de sus creadores, dos profesores de Stanford, se apuntaron 120.000 personas en 2008–, pero también el desapego. Un 95% abandona y aun así se manejan unas cifras desorbitadas. Por ejemplo, casi 60.000 estudiantes de 90 países se apuntaron al primer curso gratuito de la escuela de negocios IE, Critical perspectives on management, que termina ahora. “No tenemos aún datos, pero aunque la tasa de abandono fuese del 90% terminarían 6.000 personas, que son más que las que tenemos en la Business School”, explica la vicedecana Didina González. “Nuestra idea es llegar a la gente de los cinco continentes para que nos conozca con una transmisión de conocimiento de forma desinteresada”, prosigue, y “experimentar metodologías y dinámicas” que emplearán en sus cursos online de pago. “A los MOOC les falta calor humano, interacción social. Porque para que haya intervención, debate, no puede haber más de 35 alumnos”.

El IE no es el único que se ha lanzado a esta nueva vía de profesores del siglo XXI. También el IESE, con un curso de globalización de las empresas. Dispone de conferencias online de entre 10 y 20 minutos, foros de discusión, y los alumnos tienen que presentar un proyecto final. “Esta tecnología está pensada para un curso corto, nunca uno largo. Y te permite conocer a los profesores y a los alumnos. Un marketing que te permite enseñar que estás aquí”, explica Josep Valor, profesor de Sistemas de Información.

A la plataforma edX se han apuntado 37.000 estudiantes españoles (el 2,3% del total) y han expedido 5.400 certificados (el 5,6% del total), lo que demuestra que son más fieles a los cursos que la media mundial. “Pero es importante reconocer que solo alrededor del 25% de nuestros alumnos pretenden obtener el certificado cuando se inscriben en el programa”, explica Dan O’Connell, director asociado de comunicación de edX. Interesan en especial a los españoles los cursos de computación y salud pública.

 

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