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OBITUARIO

Karlheinz Deschner, abogado del diablo

Escribió a lo largo de más de cuatro décadas los diez volúmenes de su ‘Historia criminal del cristianismo’

Karlheinz Deschner, historiador, en 1999.
Karlheinz Deschner, historiador, en 1999. AP

El 8 de abril pasado, a poco más de un mes de cumplir los noventa años, le llegaba la muerte al escritor e historiador alemán Karlheinz Deschner (Bamberg, Baviera, 1924), que el año pasado publicaba el décimo tomo de su Historia criminal del cristianismo. Por razones de edad y salud, con él tuvo que dar por concluido uno de los más monumentales, pormenorizados y documentados alegatos contra esta confesión de todos los tiempos, cuya redacción había comenzado hacía más de 25 años, tras otros 17 de estudios preparatorios. A lo largo de sus cerca de 5.000 páginas en la edición alemana, Deschner desgrana de forma exhaustiva el milenario rosario de desmanes violentos, mezquindades dogmáticas y conductas hipócritas en las que incurrieron a través de los siglos todo tipo de sectas, confesiones y príncipes cristianos, y muy en particular la Iglesia católica, desde sus orígenes en el judaísmo hasta las dictaduras del pasado siglo, a las que el estudioso alemán dedicó otros dos tomos complementarios, editados en español como Política de los papas del siglo XX por Yalde en 1994. Traducida a múltiples idiomas, la editorial Martínez Roca fue publicando los siete primeros tomos de esta obra a lo largo de los años noventa.

Deschner veló sus primeras armas literarias con la novela de 1956 Die Nacht steht um mein Haus. Al año siguiente publicaba Kitsch, Konvention und Kunst, una recopilación de certeros y en ocasiones visionarios ensayos de crítica literaria. Casi simultáneamente presentó una colección de entrevistas a figuras literarias del momento —como Heinrich Böll, Arno Schmidt, Max Brod o Arnold Zweig— sobre su postura en materia de fe. Cinco años después dió a la luz Abermals krähte der Hahn, estudio dedicado a desmitificar la Iglesia de los primeros tiempos y los orígenes del papado. Apoyado en un aparato textual apabullante, fue su carta de presentación cuando, en 1970, planteó a la editorial alemana Rowohlt el colosal proyecto al que acabaría dedicando sostenidos y titánicos esfuerzos. En 1986 apareció el primer tomo de su Historia criminal, en el que indaga en las raíces veterotestamentarias de la peculiar relación del cristianismo con la violencia política y sigue sus pasos hasta la época de Agustín de Hipona.

Nacido en el seno de una familia católica (su madre, de familia protestante, se convirtió a esa religión antes de casarse), Deschner cursó sus estudios elementales y medios en instituciones de diversas órdenes religiosas. En 1942, junto al resto de su promoción, se incorporó a las filas de la Wehrmacht. Fue herido en varias ocasiones y cuando el III Reich se desplomó era paracaidista.

Finalizada la contienda, asistió a clases de Teología, Psicología. Filosofía, Derecho y Literatura alemana moderna en las universidades de su ciudad natal y Würzburg, donde se doctoró en 1951. Ese mismo año contrajo matrimonio con la que sería compañera de su vida, Elfi Tuch. Tuch estaba separada y la pareja fue excomulgada por el entonces obispo de Würzburg, Julius Dörpfner, figura señera del catolicismo de posguerra que andando el tiempo presidiría la conferencia episcopal germana y desempeñaría un destacado papel en el Concilio Vaticano II. Hasta el momento de su excomunión, Deschner no había publicado una sola línea en contra de la Iglesia.

Sus detractores, previsiblemente numerosos, mal podían negar los hechos que describía Deschner, o acusarle de exagerarlos o tergiversar su sentido. Sí le reprochaban con cierta razón falta de contextualización histórica, escasa neutralidad —cosa que el jamás negó (“escribo por enemistad”, afirmó, “porque la historia de aquellos a los que describo me ha convertido en su enemigo”)—, y el escaso o nulo recurso a fuentes primarias, aunque no se acaba de ver cómo los custodios de los archivos eclesiásticos podrían haberse prestado a colaborar con un proyecto como el suyo.

Nunca obtuvo un puesto docente u oficial y, al margen de los ingresos por publicaciones y conferencias, su sostén económico principal fueron los diversos mecenas que le apoyaron a lo largo de toda su vida.

Historiador minucioso e implacable, crítico acerado y certero, estimable creador de ficción, polemista feroz y brillante epigramático, la mayor parte de su obra no histórica aguarda su versión española.