Tribuna:

El Fondo Mundial para la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria: un sueño compartido

VANESSA LÓPEZ 17 MAY 2010 - 20:55 CET

Siempre he creído que si el conjunto de los ciudadanos del planeta supieran que con una cantidad determinada de millones de dólares podríamos eliminar la transmisión del VIH de una madre embarazada a su bebé, lograr que todas las personas recibiesen los medicamentos para el SIDA que les mantendrán con vida o eliminar la malaria, harían el esfuerzo sin dudarlo. El Fondo Mundial de lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria (Fondo Mundial) nació para hacer posible este sueño compartido y deseado.

Quizás algunos se pregunten por qué a los países ricos nos toca financiar este esfuerzo. Son muchas las respuestas y necesitarían de más líneas para ser explicadas, pero una de ellas es clara y sencilla: financiar el Fondo Mundial y la respuesta a estas enfermedades hace que la gente viva, que esté sana y que pueda trabajar por el futuro de sus países. Este círculo virtuoso motiva que a largo plazo estos fondos mundiales sean menos necesarios y la inversión de la comunidad internacional menor. De la misma manera, invertir adecuadamente en una vacuna preventiva contra el SIDA no solo podría evitar las 7500 infecciones que se producen a diario, si no que a largo plazo reduciría drásticamente el coste de la pandemia. Todos sabemos que la realidad es más compleja, pero la enfermedad es uno de los palos más firmes en la rueda del desarrollo.

Cuando en el 2002 los gobiernos del G8 y de Naciones Unidas crearon el Fondo Mundial menos de 400.000 personas con VIH/SIDA recibía tratamiento. A día de hoy, gracias en gran parte a este organismo de financiación, son más de 4 millones de personas quienes reciben medicación para el SIDA. Sigue siendo insuficiente, sólo acceden 4 de cada 10 personas, pero son 10 veces más que en 2002. Esta iniciativa sin precedentes no surgió de la nada, sino que se creo tras el consenso que en 2001 alcanzaron todos los gobernantes bajo el paraguas de Naciones Unidas: el SIDA era una problema global sin precedente que había hecho decrecer el desarrollo humano alcanzado hasta los ochenta en varias regiones del planeta y se comprometían a crear y a financiar un Fondo Mundial para evitar las muertes por SIDA que la falta de acción política contundente había hecho perder en las décadas anteriores. A día de hoy más de 25 millones de personas ya han fallecido a causa del SIDA. La tuberculosis y la malaria, las otras dos epidemias que también asolaban a los países empobrecidos fueron incorporadas a este proyecto global. Los gobiernos de los estados ricos dijeron a los países empobrecidos que estarían con ellos en una tarea compartida. Les pidieron que planificaran buenos programas de prevención y tratamiento del VIH/SIDA, para la tuberculosis o para reducir la malaria y les prometieron que los países con recursos económicos les ayudaríamos. Reunirían dinero en el bote común del Fondo Mundial y aquellos países afectados por las tres pandemias con planes de calidad recibirían financiación a largo plazo para alcanzar el objetivo de Acceso Universal para el SIDA o la erradicación de la malaria. Además, la financiación se iría desembolsando si el dinero se invertía bien y si los programas funcionaban. Era lo que siempre se había querido: eficacia, agilidad en las decisiones, dinero en base a resultados.

Ahora hay quienes se empeñan en arremeter contra este instrumento y en tirar por la borda las vidas que se han logrado preservar. Es difícil aislar los motivos: para unos es el SIDA. Se han cansado de verlo en los titulares de los periódicos y en las primeras páginas de los planes nacionales de salud. Para otros, el Fondo Mundial hace sombra a la Organización Mundial de Salud o que al focalizarse en estas tres enfermedades no presta atención a otros problemas de salud. Aunque el argumento de la crisis económica también se saca a pasear, en realidad está enmascarando un cambio brusco de prioridades con dramáticas consecuencias. En resumen, hay menos voluntad de la que había antes para luchar contra el SIDA y financiar el Fondo Mundial. Aunque en esencia no debería importar. No pedimos voluntad si no responsabilidad. Responsabilidad con los compromisos suscritos por los gobiernos en nombre de sus ciudadanos, con los organismos que ellos mismos han creado y con la esperanza que dieron a las todas las personas que han conseguido vivir o no enfermar gracias al Fondo Mundial.

En los últimos meses informes de MSF o ITPC ya han ofrecido evidencias de que los donantes están recortando los fondos económicos para el SIDA. En 2012 en Kenia se espera que haya un 13% menos de personas en tratamiento con respecto a 2010. También en el Fondo Mundial hemos asistido en vivo y en directo a un reciente recorte en la financiación. Hace dos semanas, en la reunión de su Junta Directiva, se aprobó el lanzamiento de una nueva convocatoria de programas para 2010 pero con recortes cuya magnitud aún está por ver. Los gobiernos donantes allí presentes, entre ellos España, presionaron para tomar esta decisión, pero podrían haber tomado otra opción y exigir a los países que no están pagando adecuadamente que aporten más recursos. ¿Acaso resulta más fácil decir a una país pobre que se quedará sin financiación que decirle a un país rico que tiene que pagar?, ¿por qué España, que desde 2008 ha venido aportando su "couta justa" al Fondo Mundial, en lugar de apoyar el recorte de la financiación no pide a los países ricos que están contribuyendo con recursos por debajo de sus posibilidades que aporten lo que tienen que aportar?

En el próximo mes de octubre los gobiernos harán sus compromisos financieros para los próximos tres años. El Fondo Mundial ya ha dicho que si obtienen los fondos que necesita en 2015 se podrá eliminar la transmisión del VIH de una madre infectada a su bebé. Sé que si le preguntáramos a la gran mayoría de los ciudadanos, querrían que nuestro gobierno y el resto de los países ricos hicieran el esfuerzo necesario para conseguirlo.

Vanessa López es directora de GlobalSIDA

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