El aborto provoca un cisma entre católicos

Cristianos de base y algunos teólogos cuestionan la posición oficial de los obispos

Ante las arengas antiabortistas, responden: “Que lo que para algunos es pecado no se convierta en delito para el resto”

Manifestación contra la ley del aborto en 2010.

Como si por España no pasasen los años, las preguntas retóricas o agresivas sobre el aborto voluntario resurgen con fuerza tres décadas después del debate que concluyó con la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo y su aceptación por el Tribunal Constitucional. ¿Es usted proabortista o antiabortista? ¿Es “licencia para matar a inocentes” la conocida como ley del aborto, como sostienen una y otra vez los obispos? ¿Hay unanimidad en el catolicismo sobre esta cuestión? Si no la hay, ¿cuál es la hondura del cisma? La semana pasada, la Conferencia Episcopal Española (CEE) lanzó otra campaña sobre el tema y proliferan las manifestaciones tremendistas intentando forzar al Gobierno para que cumpla la promesa de reformar a la baja la actual legislación.

El ministro encargado de concretarla, Alberto Ruiz-Gallardón, se comprometió a presentar esa reforma en las Cortes “en el primer trimestre de 2013”. Superado el plazo, se ha convertido en objetivo de las protestas de los grupos extremistas autodenominados provida, con manifestaciones y exhibiciones de pancartas que lo execran severamente. “La ley más urgente”, apremian las banderolas. Unos manifestantes se presentaron en una de esas demostraciones públicas con dos gallinas. “Gallardón, el ministro gallina”, querían decir. Pero ni hay unanimidad en la derecha sobre la urgencia y el alcance de esa reforma (ni siquiera, sobre si conviene hacerla), ni los obispos cuentan con el respaldo de gran una parte de sus propios fieles, en un cisma nada soterrado.

“Este soy yo… humano desde el principio”, titula la Conferencia Episcopal la que llama Campaña por la Vida 2013. Se gasta 150.000 euros anunciándola en diferentes formatos por toda España con 1.300 vallas publicitarias, 100.000 estampas, 15.000 carteles, 50.000 dípticos, 12.000 ejemplares de una carta episcopal, 15.000 subsidios litúrgicos y un vídeo de dos minutos en el que personas anónimas, de diferentes edades, recuerdan momentos especiales de sus vidas, “desde que estaban en el vientre de sus madres y eran seres humanos que iban a nacer”. Así lo explica el comunicado oficial de la CEE. Entre otras propuestas, los obispos piden a sus fieles que cambien la foto en el perfil de Facebook por una ecografía en el vientre materno.

El prelado Munilla dice que se trata de un “holocausto silencioso”

En el mensaje emitido con motivo de esta campaña, los obispos también buscan intervenir en política, sin disimulo. “Una conciencia cristiana bien formada no debe favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Nuestra obligación es ayudar al discernimiento acerca de la justicia y de la moralidad de las leyes. La actual legislación es gravemente injusta. Es urgente su modificación, para que sean reconocidos y protegidos los derechos de todos en lo que toca al más elemental y primario derecho de la vida”.

Varios prelados han calentado la campaña con manifestaciones de grueso calibre. Los más explícitos han sido el cardenal de Madrid y líder del episcopado, Antonio María Rouco, en su discurso inaugural de la asamblea plenaria de la CEE, el lunes pasado; el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, denunciando “el holocausto silencioso del aborto” (“¡No los matéis! Dádselos a quienes les aman y están dispuestos a dar su vida por ellos”, proclama); el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz (“Me sorprende enormemente que este gobierno conservador aún no haya modificado la ley del aborto”, ha dicho), y el inevitable Juan Antonio Reig Plan, prelado de Alcalá de Henares y presidente de la Subcomisión de Familia y Vida en la CEE, promotor, por tanto, de todas estas propagandas. “La batalla contra el aborto y por la vida será larga, seguramente como la que pretendía abolir la esclavitud”, dijo hace una semana. La comparación de la lucha contra el aborto voluntario con la lucha contra las leyes esclavistas es ya un tópico en el agitado movimiento antiabortista de Estados Unidos.

Más a la derecha, si cabe, varios grupos reclaman la derogación absoluta de esa norma, es decir, la prohibición y penalización de todo aborto voluntario. “Si es un crimen, no puede aceptarse en ningún supuesto”, sostienen. Son los más críticos con el Gobierno y el PP, acusados de “conservadores de los avances del PSOE”.

Hasta aquí, la posición del episcopado y sus grupos afines. Enfrente se alzan las bases católicas que pisan la calle y ven el sufrimiento de las mujeres que afrontan un embarazo no deseado. ¿Querrían los obispos añadir a su drama la tragedia de la cárcel? Es una pregunta retórica.

Redes Cristianas defiende las bases éticas y jurídicas de la norma actual

Se trata de católicos que se sienten dentro de la Iglesia romana, pero alejados de muchos de sus mandatos o proclamas, no solo en el tema del aborto. Como señala el teólogo Juan José Tamayo, “se trata de creyentes que han interiorizado el mensaje que el fundador cristiano sostuvo ante las jerarquía religiosas de su tiempo: que lo más importante es aliviar (y a ser posible, suprimir) el sufrimiento, por encima del cumplimiento de una ley temporal”. Tamayo es director de la cátedra de Teología y Ciencias de la Religión en la Universidad Carlos III, en Madrid.

La organización Redes Cristianas pone el punto de mira en el ministro de Justicia. “Cuando el mar estaba en calma, llega Gallardón y con él, por motivos ideológicos, la minoritaria voz del nacionalcatolicismo emerge con fuerza hasta alborotar la pacífica posesión de la ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo. En buena sintonía con los Derechos Humanos y las últimas adquisiciones de las ciencias antropobiológicas, esta ley nos sitúa ética y jurídicamente entre los países modernos de nuestro entorno sociocultural. Crear un problema social, con el 83% de la ciudadanía en contra de la anunciada reforma, es una temeridad y una torpeza de primera magnitud”, afirma.

Redes Cristianas agrupa a centenares de iglesias de base y a grupos organizados en toda España, como las asociaciones Somos Iglesia, el Foro de Curas y la Asociación de Teólogos Juan XXIII.

Igual contundencia exhibe la Plataforma en Defensa de los Derechos Sexuales y Reproductivos. Afirma: “El Gobierno debe garantizar que lo que para algunas personas es pecado, no se convierta en delito para el resto, y defender el Estado de Derecho de esos sectores integristas religiosos. La legislación restrictiva nunca es un instrumento para evitar la práctica del aborto, sino la causa de un mayor índice de mortalidad materna. Con la nueva ley, las mujeres con fortuna acudirán a la clandestinidad; las desfavorecidas, a peligrosos remedios caseros”.

La teóloga Margarita Pintos, presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso, señala que el problema debe analizarse “desde la perspectiva de los derechos humanos, como un problema social y de salud pública”. Añade: “La salud sexual y reproductiva es un estado general de bienestar que excede al mero hecho de tener acceso a métodos anticonceptivos o a servicios de planificación familiar. Los derechos sexuales aseguran a todas las personas la posibilidad de tomar decisiones sobre su sexualidad y ejercerla libremente, sin presión ni violencia. Los límites del derecho al aborto están relacionados con las creencias religiosas, no solo con razones culturales o motivaciones socio-económicas”.

Entre otras propuestas, los obispos piden a sus fieles que cambien la foto en el perfil de Facebook por una ecografía en el vientre materno.

Sobre la posición de la jerarquía, Pintos sostiene que “todas las religiones establecen el principio general del respeto a la vida y la dignidad humana, pero solo en la Iglesia católica el aborto es siempre un crimen, doctrina que no forma parte del magisterio extraordinario o dogmático y, por tanto, es tema abierto a interpretación”. Concluye: “En el fondo, un patriarcado religioso no admite que las mujeres decidan en libertad y sin coerción sobre su cuerpo. Si la mujer no cumple con el papel que el patriarcado le ha asignado, estará cometiendo un acto de rebeldía contra la voluntad divina. La mayoría de las mujeres no tenemos miedo a esas amenazas. Somos conscientes de que nuestros cuerpos han estado colonizados. Ahora sabemos que no somos indignas, pero sí estamos indignadas”.

Juan Masiá Clavel, jesuita y teólogo, considerado una autoridad mundial en cuestiones de bioética, confiesa que le incomoda este debate. “Decían los viejos manuales de urbanidad que un buen postre quita el empacho del segundo plato. Me empachan las declaraciones asfixiantes de algún eclesiástico. Releo unos párrafos de la biografía del papa Juan el Bueno [Juan XXIII]. Era por julio del 62, cuando un calor sofocante hacía sudar a los cardenales en las comisiones de trabajo conciliares. El biógrafo de los papas, Peter Hebblethwaite, nos lo cuenta así en Juan XXIII: El Papa del Concilio: El papa Juan comenzó a distanciarse de algunos de los borradores preliminares para el Vaticano II. Un día midió una página con su regla y dijo: Quince centímetros de condenas y solo dos centímetros de alabanza. ¿Acaso es esta la manera de dialogar con el mundo contemporáneo? Correspondió al cardenal Montini, luego Pablo VI, la tarea de hacer comprender esta idea al concilio. Los anatemas y las condenas, dijo, no son la respuesta contra los errores contemporáneos. En el mundo moderno los remedios contra los errores son la misericordia, la caridad y el testimonio de vida cristiana”.

Por eso, los fieles que asumen por razones humanitarias la despenalización del aborto se muestran escandalizados cuando alguno de sus pastores ha llegado a decir que un aborto voluntario es peor que el abuso sexual a menores por parte de eclesiásticos, o que “la violación de la fe es diez mil veces peor que violar a una niña”. La primera afirmación es del cardenal Antonio Cañizares, exprimado de Toledo y actual prefecto (ministro) de la Pontificia Congregación para el Culto y la Disciplina de los Sacramentos. La segunda frase salió de la boca de un destacado eclesiástico argentino, Jorge Gómez, de la archidiócesis de Buenos Aires.

Lo que dicen los teólogos y la historia

“En bioética, la opinión pública está dividida en extremismos”, afirma el jesuita Juan Masiá. De sobra se ve en España. Masiá era director de la cátedra de Bioética en la Universidad Pontificia de Comillas y fue destituido sin miramiento en 2006 por presiones de la jerarquía católica. Hoy vive en Japón, pero vuelve a Europa con frecuencia, muy reclamado en foros y debates. Acaba de publicar Cuidar la vida. Debates bioéticos (Herder/Religión Digital). No defiende el aborto (¿quién querría abortar por abortar?), pero reclama misericordia ante la mujer que lo reclama legalmente. “La pastoral es mucho más amplia que la moral. Debemos estar con quienes toman una decisión tan grave. Hay que acompañar a las personas. Una vez que lo deciden y pasan un punto de no retorno, no hay que decir que no lo hagan, eso solo aumentaría su culpabilidad”, dice.

Pese a lo que parece escuchando a jerarcas como el papa Francisco o el cardenal Rouco, nunca ha habido unanimidad en torno al aborto en el cristianismo romano. Tampoco en los otros cristianismos. Siempre ha sido un asunto de intensos debates a lo largo de su historia, con pluralidad de planteamientos, actitudes y prácticas conforme a las concepciones antropológicas de cada época y de las escuelas de pensamiento.

Durante siglos, la teoría predominante en la Iglesia, bajo la influencia griega, fue la de la hominización tardía o la animación del feto, seguida por los más prestigiosos teólogos medievales e incluso modernos. Según esta teoría, el feto era informado por el alma a los tres meses del embarazo. Hasta entonces no había propiamente vida humana, sino solo vegetativa primero y animal después. Por eso, el aborto de un feto durante las 12 primeras semanas no sería homicidio, infanticidio o asesinato, al no estar animado. Algunas teorías, siguiendo cálculos machistas, distinguían incluso entre la animación del feto masculino y el femenino, adelantando la primera a los 40 días y la segunda a los 90.

La idea de la animación fue sostenida nada menos que por san Agustín de Hipona, santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, san Alberto Magno y otros muchos teólogos medievales, e incluso modernos como el jesuita Luis de Molina.

Son multitud —y quizás mayoría— los teólogos que se apartan ahora de las intransigencias del Vaticano y sostienen sus posiciones con aplomo doctrinal. Decir que la vida empieza en el momento de la concepción, como sentencian los obispos (¿y por qué no ya en el espermatozoide entero?), es tan extravagante como imponer la idea a sangre y fuego de que la Tierra era el centro del universo y que no había otros mundos que el conocido por los papas. Copérnico, Galileo y Giordano Bruno —este, sobre todo— se habrían ahorrado muchos disgustos.

El alemán Karl Rahner (1904-1984) dijo que ningún teólogo podía probar que la interrupción del embarazo es, en cada caso, un asesinato. Opinan igual pensadores tan importantes y escuchados como Hans Küng, Juan José Tamayo y Marciano Vidal, entre otros muchos. Enfrente, el magisterio eclesiástico actual califica el aborto de asesinato en todos los casos, sin tener en cuenta las circunstancias del mismo y los plazos en que se realiza.

Hablando de España, los colectivos católicos —movimientos de mujeres, teólogos y teólogas, iglesias de base, el Foro de Curas, etcétera— desoyen el repique episcopal y se expresan públicamente partidarios de la actual ley sobre el aborto. Muchos lo hacen por razones humanitarias —¿querrían meter en la cárcel los obispos a las decenas de miles de mujeres que abortan cada año?—. Otros apelan a la doctrina, que nunca ha sido unánime, y escuchan, además, la voz de los científicos, que también es plural. En todo caso, piden a sus jerarcas que respeten el pluralismo en la sociedad y en la Iglesia católica y escuchen la voz de teólogos y científicos. Sin condenas ni anatemas.