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Muere el religioso Manuel García Viejo, infectado por el virus del ébola

El misionero, que se infectó en Sierra Leona, trabajaba como director médico y pertenecía a la Orden de San Juan de Dios. Su estado de salud había sufrido un empeoramiento esta mañana

Imagen tomada en 2013 de Manuel García Viejo en Sierra Leona. AP

El religioso español Manuel García Viejo ha fallecido este jueves por la tarde, a las 17.55 horas, en el hospital Carlos III de Madrid, donde permanecía ingresado después de ser repatriado desde Sierra Leona en la madrugada del lunes. El misionero, que se infectó de ébola en la localidad de Lunsar, en cuyo hospital trabajaba como director médico, pertenecía a la Orden de San Juan de Dios. De la misma orden era el sacerdote Miguel Pajares, el primer paciente de ébola repatriado a Europa, que falleció el 12 de agosto, a los cinco días de llegar a Madrid. El estado de salud de García Viejo, de 69 años, grave desde su llegada, había empeorado en las horas previas.

García Viejo era médico especialista en medicina interna y diplomado en medicina tropical, y pertenecía a la Orden de San Juan de Dios desde hace 52 años. En los últimos 30 años había trabajado en África. Llevaba 12 como director médico del hospital que tiene la orden en Lunsar. El centro había estado en cuarentena a causa de la epidemia de ébola que afecta al África Occidental.

El hospital de Lunsar reabrió sus puertas para atender a parturientas unos días antes de que García Viejo empezara a notar los síntomas de la enfermedad. El religioso fue trasladado en ambulancia desde Lunsar unos 120 kilómetros hasta las afueras de la capital de Sierra Leona, Freetown, el pasado jueves por la tarde para ingresar en un hospital especializado en ébola que dirige la ONG italiana Emergency. Le hicieron los análisis el viernes, los resultados llegaron de madrugada, y el Gobierno anunció el sábado por la tarde su repatriación, que él mismo había pedido horas antes.

El religioso llegó a Madrid en un avión medicalizado del Ejército español. Padecía una severa deshidratación y tenía afectados el hígado y los riñones. "Su situación es grave", dijo Francisco Arnalich, jefe de Medicina Interna del Carlos III el lunes, durante la primera y última rueda de prensa que ofrecieron las autoridades sanitarias para hablar del estado del religioso. García Viejo había pedido que la información se diera únicamente a su orden.

Al cuerpo del religioso no se le realizará la autopsia, según indican los protocolos sanitarios. Será incinerado en un féretro sellado herméticamente. El personal sanitario que ha estado en contacto con él seguirá en observación 21 días (se les toma la temperatura dos veces al día).

Ninguno de los remedios barajados llegó a tiempo para intentar salvar la vida del religioso ingresado en Madrid

El equipo médico que ha atendido a García Viejo evaluó desde el primer momento qué tratamientos experimentales se le podrían administrar. Las existencias del suero experimental ZMapp, el que se suministró a Pajares, están agotadas, así que la mejor opción parecía la de administrarle suero de un donante superviviente de ébola. La Agencia Española del Medicamento estuvo en conversaciones con el hospital alemán donde se recuperó un epidemiólogo de la OMS contagiado en Sierra Leona. Se barajaron también posibilidades como el fármaco TKM-Ebola, pero finalmente ninguno de estos remedios llegó a tiempo para intentar salvar la vida del religioso.

"Agradecemos mucho el cariño que han dedicado a nuestro tío y a nosotros en estos días. Estamos muy afectados", ha relatado con voz llorosa Edi García, sobrina de García Viejo en breve conversación telefónica. La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios ha agradecido las muestras de apoyo recibidas y lamentó “la triste noticia”.

"Cada tarde, sobre las cinco y media, después de rezar, paseaba por Mabesseneh, el barrio donde se encuentra el hospital, y era impresionante ver la cantidad de personas que se acercaban a saludarlo. Los pacientes lo adoraban. Los niños lo seguían. Todos lo conocían y lo querían. Era un tío entrañable", ha contado este jueves al teléfono, muy afectado, el médico y odontólogo español Federico Gerona, amigo de García Viejo que cada año viajaba a Sierra Leona para trabajar como voluntario en el hospital de Lunsar. Siempre "estuvo disponible para los demás".

"Aprendías todos los días de él. Manuel enseñaba que era mucho más importante mirar a los ojos de los pacientes que manejar un bisturí", cuenta. A su amigo le gustaba pasear, hablar de gastronomía y de su tierra, León. "Yo soy ateo, pero la gente creyente dirá que era un santo. Nunca jamás intentó convertir a nadie, era absolutamente respetuoso. Cuando miraba a alguien veía a una persona, no una religión", ha recordado.

"Hay cosas que no se pueden describir", ha comentado José Luis Garayoa, misionero de los Agustinos Recoletos y amigo de García Viejo, en conversación telefónica desde Sierra Leona. Ha asegurado que esta es la noticia que menos esperaba: "Ayer por la noche se me murió una niña de 11 años, no de ébola, de otra cosa por la que no hubiera muerto en Europa. Por la mañana fui a llevar arroz a una aldea porque murió un muchacho. Y ahora se me muere Manuel".

Manuel decía que el cielo no lo tenía aún ganado

La casa de su hermano Antonio era el refugio de Manuel García Viejo cada vez que regresaba a su pueblo natal, Folgoso de la Ribera, en El Bierzo (León). Allí solía pasar un mes al año. Y aunque aterrizaba feliz, generalmente en agosto, era llegar a las calles de su infancia y querer coger otro avión, a los pocos días, rumbo a Sierra Leona, según relatan sus familiares. Allí pasó los últimos 15 años, después de "dedicarse a los demás" otros tantos en Ghana.

"Él siempre deseaba volver a África", cuenta su familia, que no le sacaba esa idea de la cabeza pese a insistirle y recordarle sus 69 años, la malaria y una dolencia de corazón. Males que no impedían a este cirujano caminar más de 10 kilómetros a diario — "le encantaba andar"— cuando se recogía en ese hogar leonés con un huerto que García Viejo frecuentaba cada mañana y donde le recibía el mayor de sus cuatro hermanos —él era el más pequeño; otro falleció—. "Manuel era feliz allí, en su hospital de África", cuentan sus allegados, que lo han pasado "muy mal" desde que empezaran las sospechas de contagio.

El misionero llegaba a España con unas chancletas y unos pantalones de flores, pero su cuñada rápidamente se apresuraba en arreglarle los que se dejaba en el armario de su habitación. Porque sólo cabían medicamentos en la maleta que agarraba cuando retornaba a África. Por eso, su familia le metía a escondidas en los bolsillos algo de comida, "porque allí estaban muy abandonados, no tenían recursos", recuerdan. Y todo terminaba dándoselo a los demás: "Porque él decía que el cielo no lo tenía todavía ganado".

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